
Se cumple un nuevo aniversario de la partida de Elsa Bornemann, la poeta, cuentista y novelista argentina que, desde hace más de cuatro décadas, atraviesa generaciones de lectores como una de las voces más influyentes de la literatura infantil y juvenil.
La fuerza de sus historias abrió debates y produjo rupturas culturales al abordar temas como el amor, la memoria y la muerte, asuntos que hasta entonces no se consideraban parte del universo infantil. Su obra también formó a toda una generación de escritores y escritoras del género. Entre los títulos que integran su legado se encuentran El libro de los chicos enamorados, No somos irrompibles, Queridos monstruos, el emblemático Un elefante ocupa mucho espacio y Socorro.
Nacida el 20 de febrero de 1952 en Parque Patricios, Buenos Aires, Bornemann inició su carrera literaria al comienzo de su adultez. A los 18 años publicó Tinke tinke (1970), un libro de poemas que había escrito en la adolescencia y que se agotó rápidamente, impulsado por los elogios de la periodista Paloma “Blackie” Efron en su programa radial. Un año después apareció El espejo distraído, otro poemario infantil que en 1972 recibió la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Luego llegarían cuentos como Cuento con caricia, Cuello duro, El cumpleaños de Lisandro y Sobre la falda, que dejaron una marca perdurable en lectores que hoy ya son adultos.
Entre las obras más disruptivas de Bornemann se encuentra la antología Un elefante ocupa mucho espacio, incluida en la lista de libros prohibidos durante la última dictadura militar. El cuento que da título al libro narra la historia de Víctor, un elefante de circo que un día decide “pensar en elefante”, es decir, en grande, distinto, y desobedecer a los domadores. Cuando la autora pudo leer el decreto 3155/1977 que censuraba su obra, descubrió que se la acusaba de tener “finalidad de adoctrinamiento” y de preparar a los lectores para la “captación ideológica del accionar subversivo”. Lo que incomodaba al régimen era que los relatos proponían personajes que se salían de la norma y funcionaban como parábolas de libertad, solidaridad y justicia.
Durante 1976 y 1977, Bornemann dirigió la colección Pétalos de Editorial Latina, dedicada a difundir poesía para las infancias sin exigir que los textos hubieran sido escritos específicamente para ese público. Entre los autores seleccionados incluyó a María Elena Walsh y a Federico García Lorca.
Su vínculo con la poesía y su espíritu innovador confluyeron en El libro de los chicos enamorados (1977), una obra que abordó el amor desde la mirada infantil en un momento en que el tema estaba reservado a los adultos. En una entrevista de 2003, Bornemann reflexionaba sobre los cambios en torno al amor infantil y la mayor libertad que percibía en las nuevas generaciones. A pesar de las críticas iniciales, el libro fue un éxito y dio pie a otros títulos como No somos irrompibles (1981), Corazonadas (1992) y Amorcitos sub-14 (2003).
En No somos irrompibles aparece el conmovedor cuento Mil grullas, donde la bomba de Hiroshima interrumpe un amor infantil. Las grullas, símbolo de paz en la cultura japonesa, se convirtieron en un puente emocional para muchos lectores. La educadora y escritora Eliana Bratok recuerda haber llenado su escuela de grullas de origami tras leer el cuento de niña, una experiencia que la marcó profundamente.
Otra temática tabú que Bornemann abordó fue la educación sexual, aún incipiente en la posdictadura. En Niño envuelto (1981), un niño intenta descubrir cómo llegó al mundo y desmonta las explicaciones falsas de los adultos hasta obtener una respuesta cercana a la realidad. Con la recuperación democrática y un clima cultural más optimista, Bornemann —junto a otros autores y autoras— contribuyó a revalorizar a las infancias como sujetos lectores. En ese contexto, la editorial REI le encargó un libro de cuentos de terror para niños: ¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo, que se convirtió en un fenómeno inmediato y sigue sumando reediciones.
Hoy su obra continúa circulando con la misma vitalidad de siempre en escuelas, librerías, ferias y programas educativos. María Fernanda Maquieira, editora en Loqueleo, destaca que quienes la leyeron en los años 70 hoy son madres, padres y docentes que transmiten ese amor a nuevas generaciones.
