lunes, junio 8

EL INDIO Y SU ALMA INSURRECTA

Carlos “Indio” Solari nació, pero su verdadera patria fue siempre ese territorio movedizo donde la música se mezcla con el arte, lo transgresor y la intemperie. En los años setenta, mientras el país se endurecía, él, junto a un grupo de jóvenes de la Universidad de La Plata, buscaba manifestarse a través de un arte transgresor, casi irónico, desobediente y, por qué no, desconsolado. Algo parecido a un conjuro, a un ritual, a una misa pagana.

En Valeria del Mar conoció a Skay Beilinson, y ese encuentro, donde dos rarezas se reconocieron, fue el germen de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que nunca comenzó como una banda, sino como un mito doméstico, una cooperativa de delirios, un laboratorio. Patricio Rey, ese dios inventado —extraído de un recetario doméstico para fabricar bollos de ricota—, fue la excusa para que todo lo improbable pudiera ocurrir.

Sus primeras actuaciones fueron casi rituales paganos: funciones de teatro insubordinado, música que se desbordaba, cuerpos desnudos que se agitaban alrededor de minúsculas multitudes. En ese caldo nacieron las primeras canciones, en las que el Indio ya ensayaba esa forma de cantar que parecía provenir de un narrador que observa el mundo desde un ángulo distinto. La consagración llegó tras un festival organizado por la revista de rock Pan Caliente; entonces estábamos en 1982, con los milicos en retirada y las bandas sonando sobre un territorio devastado por las secuelas de la dictadura y el rotundo fracaso de la Guerra de Malvinas.

Si algo distinguió a Los Redondos era esa vocación autogestiva; no transaban con discográficas, producían sus propias grabaciones, clandestinas y tan apetecibles como todo lo prohibido. La Negra Poli comandaba la batuta comercial, los representaba, conseguía escenarios, los hacía sonar en las radios piratas y las FM tuneadas. Y más tarde, con el primer long play bajo el brazo, los distribuyó en las disquerías.

Así nació Gulp! en 1985, el disco debut de la banda, en el que la voz del Indio sonaba por momentos como un cuchillo y por momentos como plegaria. En una de sus canciones más recordadas, dejaba caer una frase que hoy es casi un tatuaje generacional: “El futuro llegó hace rato”. Una advertencia, un diagnóstico, una forma de mirar una época que exigía juicio y castigo a los perpetradores del genocidio desatado tras el Golpe de Estado de 1976.

En 1986, irrumpió con Oktubre; entonces Los Redondos se volvieron multitud. El país todavía estaba aprendiendo a respirar una democracia tan artificial como prefabricada, plagada de amenazas, contradicciones y cobardía, y Los Redondos traducían esa realidad, hablaban el idioma de quienes desconfiaban del relato oficial. El Indio cantaba sobre cuerpos que bailan en el borde del abismo, sobre ciudades que mastican a sus hijos, sobre la belleza que aparece donde nadie la espera. En una de sus líneas más icónicas, repetía casi como un rezo la idea de que “todo preso es político” y esa frase se volvió pancarta, consigna, contraseña.

Los años noventa fueron el tiempo del estallido masivo. La Mosca y la Sopa (1991), Lobo Suelto / Cordero Atado (1993) y Luzbelito (1996) consolidaron la leyenda. El Indio era un narrador de pesadillas luminosas, un cronista de la marginalidad y el deseo. En Luzbelito, por ejemplo, dejaba caer una línea que parecía escrita para un país entero: “el diablo está en el detalle” (1996, Luzbelito). Y así lo estaba.

Pero la masividad también trajo sombras. La tensión con la policía, la violencia en los recitales, la presión de ser un símbolo. El asesinato de Walter Bulacio en manos de la policía tras una razzia ilegal en un recital en Obras Sanitarias. El Indio, que siempre había preferido el misterio al espectáculo, empezó a sentir que la criatura se le escapaba de las manos. En 2001, los Redondos se disolvieron sin despedida. Como si Patricio Rey, ese dios inventado, hubiera decidido evaporarse.

La carrera solista del Indio —desde El tesoro de los inocentes (2004) hasta El ruiseñor, el amor y la muerte (2018)— profundizó en su costado más introspectivo. Canciones en las que la voz, su voz ronca, parece salir de un cuarto oscuro, donde cada palabra pesa como una confesión. En una de ellas, casi susurrando, dice: “Nadie es un buen perdedor” y la frase funciona como una radiografía emocional de su obra.

Hoy, ya fallecido, el Indio parece haber renacido como una presencia que vibra. Su figura opera como un faro oblicuo, una brújula para quienes buscan un modo de vivir sin domesticar la sensibilidad.
Su historia —la de un hombre que eligió la sombra para iluminar a otros— sigue latiendo en cada recital ricotero, en cada fogón, en cada pibe que descubre que hay canciones que no se escuchan: se habitan.

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