
Una ciudad que defiende sus libros mientras el gobierno nacional busca derogar la Ley del Precio Uniforme
En la vereda de Corrientes, una librería de esas que sobreviven a fuerza de café frío y presentaciones improvisadas acaba de abrir. El librero acomoda las novedades con la parsimonia de quien sabe que cada título tiene su lugar, su lector, su historia. Afuera, la ciudad avanza con su ruido habitual, pero adentro hay una calma rara, como si el tiempo se detuviera entre las mesas de saldos y los estantes que crujen.
En ese pequeño refugio cultural, la noticia cayó como un baldazo: el gobierno quiere derogar la Ley de Defensa de la Actividad Librera (25.542) y modificar la Ley de Fomento del Libro y la Lectura. La reacción fue inmediata. En Buenos Aires, donde las librerías son parte del paisaje emocional de la ciudad, el anuncio se sintió como una amenaza directa.
“Si esto pasa, nos quedamos sin laburo”, dice el librero sin levantar la vista del estante. No es una exageración. Es una advertencia.
La ley que sostiene lo invisible
La Ley 25.542 establece algo tan simple como decisivo: el precio uniforme del libro. Un mismo título debe venderse al mismo valor en cualquier punto del país. La norma evita que las grandes cadenas, los supermercados y las plataformas digitales “revienten” precios para atraer clientes y destruir la competencia.
La ley no le cuesta nada al Estado. No subsidia, no financia, no asigna partidas. Pero sostiene algo que no aparece en ningún presupuesto: la supervivencia de las librerías independientes y la diversidad editorial.
La Ley de Fomento del Libro y la Lectura, por su parte, organiza políticas culturales y de acceso a la lectura. Su modificación, en este contexto, se lee como parte de una misma ofensiva.
El mapa del riesgo
En el sector editorial ya circula un diagnóstico claro: si se deroga la ley, cerrarán cientos de librerías pequeñas y medianas, especialmente en el interior del país. No es una hipótesis apocalíptica. Es lo que ocurrió en otros lugares.
En Inglaterra, la desregulación del precio fijo derivó en el cierre de miles de librerías independientes. Las grandes cadenas y Amazon concentraron el mercado, redujeron la variedad de títulos y empujaron a la desaparición de editoriales pequeñas.
En Francia, en cambio, la Ley Lang protege desde 1981 la bibliodiversidad y garantiza la supervivencia de librerías y editoriales diversas. El Estado francés entendió que el libro no es un producto más: es un bien cultural que necesita reglas específicas para existir en pluralidad.
Argentina está hoy frente a esa bifurcación.
Imaginar una ciudad sin librerías
¿Qué sería Buenos Aires sin sus librerías? Sin esas vidrieras que iluminan la noche de Corrientes. Sin las mesas de usados en Parque Rivadavia. Sin las librerías del barrio que organizan talleres, clubes de lectura, presentaciones. Sin esos espacios donde la cultura se sostiene sin subsidios, sin marketing, sin algoritmos.
La desaparición de las librerías no solo afecta a quienes venden libros. Afecta a toda la cadena editorial: editores, correctores, diseñadores, ilustradores, impresores, distribuidores, traductores. Miles de trabajadores que dependen de un ecosistema que funciona como una red: si se corta un hilo, se desarma todo.
La ofensiva y la resistencia
El gobierno insiste en que la derogación es necesaria para “modernizar” el mercado. Las cámaras del libro, las editoriales y las librerías independientes responden que no hay ahorro fiscal ni beneficio económico para el Estado. La medida solo favorece a grandes cadenas y multinacionales.
La resistencia se organiza. Más de 14 cámaras del libro de todo el país participan de la campaña “La ley del libro no se toca”. Hay reuniones con legisladores, comunicados, acciones públicas. En las librerías, los libreros explican a los clientes lo que está en juego. En las redes, los lectores se suman con la convicción de que la cultura no es un lujo: es un derecho.
Una ciudad que lee se defiende
La derogación de la Ley del Libro no abarata la cultura: la debilita. El precio uniforme protege la bibliodiversidad, la existencia de librerías independientes y el acceso federal a la lectura. La evidencia internacional y local muestra que, sin regulación, la cultura se concentra y se empobrece.
En Buenos Aires, donde cada librería es un pequeño faro, la defensa del libro se volvió una causa común. No es nostalgia. Es supervivencia cultural.
La cultura no se toca. Leer es un derecho. Y esta ciudad, que siempre se pensó a sí misma entre libros, lo sabe mejor que nadie.
