LA REVOLUCION OLVIDADA

por Roberto Lago

El 8 de octubre es una fecha marcada en el calendario de los argentinos por dos hechos históricos: el nacimiento de Juan Domingo Perón (1895) y la captura en Bolivia de Ernesto “Che” Guevara (1967), pero muy pocos la asocian con 1812 y el inicio definitivo del camino independentista que muchos saboteaban desde adentro de la propia revolución.

La Asamblea de 1813, de cuyo inicio de deliberaciones se cumplen 200 años, tuvo su génesis en ese 8 de octubre olvidado, cuando el centralismo porteño sufrió un duro revés con la caída del Primer Triunvirato, que con su accionar claudicante se negaba a convocar un Congreso para declarar la independencia, saboteaba  la campaña de Belgrano en el norte y mantenía la paz con el continuismo realista de Montevideo.

La figura de Bernardino Rivadavia, emergente de sectores sociales y políticos que no simpatizaban ni ahora ni entonces con la independencia real de los argentinos, había sido decisiva desde la creación del Triunvirato, que reemplazó a la Junta Grande en septiembre de 1811, como un titiritero en las sombras.

Fue un José de San Martín aún teniente coronel, recién llegado de Europa y con un persistente acento andaluz, quien le cerró el paso a esas claudicaciones en un servicio a la Patria nunca debidamente reconocido por la historia oficial que fraguaron Bartolomé Mitre y los mitristas que le sucedieron al frente del establishment local (o la “intelligentzia” como la denominaba Don Arturo Jauretche).

En la mañana del 8 de octubre de 1812 el regimiento de Granaderos a Caballo, con San Martín a la cabeza, acompañado por sus compañeros de la Logia Lautaro y otros cuerpos militares como los batallones de cívicos de Francisco Ortiz de Ocampo, se reunieron en la Plaza de Mayo para exigir un Cabildo Abierto y el cambio del Gobierno.

Muchos detractores de Libertador han querido ver en ese gesto una asonada militar, un gesto de sedición y hasta algo ocultable para su biografía. Nada más ajeno a la verdad. Junto a los regimientos ese día marchó a la Plaza el pueblo de Buenos Aires, convocado por  la denominada Sociedad Patriótica con su lema “Independencia y Constitución”.

Los testimonios de la época relatan que la Plaza se colmó de ciudadanos que legitimaron el reclamo, y lo que se propusieron y obtuvieron fue la convocatoria a un Cabildo, lo más parecido de la época a una asamblea popular. Fueron los representantes del pueblo quienes sesionaron y determinaron el nacimiento del Segundo Triunvirato, para poner en marcha el programa revolucionario inconcluso desde 1810.

Ese gesto de San Martín lo enemistaría de por vida con Rivadavia de quien lo separaban visiones irreconciliables. Las adhesiones a uno y otro líder se suceden en el tiempo hasta nuestros días, y no es difícil leer en las noticias de cualquier diario qué dirigentes de nuestro tiempo continúan el pensamiento del primero y cuáles del segundo.

Desde su regreso a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812, San Martín comenzó a ejercer una influencia decisiva que resultó el contrapeso imprescindible para el poder de Rivadavia.

Junto a Carlos María de Alvear, José Matías Zapiola, Andrés Bello, Tomás Guido y Bernardo de Monteagudo, entre otros, conformó la Logia Lautaro, una sociedad secreta independentista y de características masónicas similares a otras que ya funcionaban en el continente, como la Gran Reunión Americana de Francisco de Miranda y Simón Bolívar que operaba en Venezuela.

El Segundo Triunvirato cumplió con el plan revolucionario del 8 de octubre. Concretó de inmediato la convocatoria a un Congreso General de Diputados de todas las provincias, que ya figuraba en los proyectos de la Primera Junta de 1810.

El 31 de enero de 1813 se inauguró la Soberana Asamblea General Constituyente y eligió como presidente a Alvear, prueba irrefutable de la influencia de la revolución de octubre y de la Logia Lautaro que éste lideraba junto a San Martín, quien tres días más tarde protagonizó en San Lorenzo el bautismo de fuego de sus Granaderos a Caballo.

La Asamblea nunca declaró la independencia ni redactó una constitución como querían San Martín y otros revolucionarios –para eso habría que esperar a 1816-, pero realizó un trabajo formidable en el que se podía leer la influencia del iluminismo y de los revolucionarios franceses que 20 años antes fundaban su propia república.

Se suprimieron los títulos de nobleza. Se abolió el sistema de encomiendas que explotaba a los pueblos originarios. Se declaró libres a los hijos de los esclavos. Se prohibió introducir al país nuevos esclavos. Se abolieron los instrumentos de tortura. El celeste y el blanco usados por Belgrano como bandera de su Ejército del Norte –que le valió una reprimenda del Primer Triunvirato-, fueron utilizados para el Escudo Nacional. Se aprobó el Himno Nacional. Se eliminó la figura del rey de España de todo documento oficial.

La Asamblea fue el triunfo post mortem para el ideario de Mariano Moreno, la primera víctima que se habían cobrado los sectores claudicantes y conservadores de 1810.

Por supuesto que hubo claroscuros. Se rechazó la participación de los congresales enviados por el líder federal de la Banda Oriental, José Gervasio de Artigas, aduciendo problemas de forma en su elección, argucia utilizada para rechazar las propuestas independentistas y federalistas de los enviados por el caudillo montevideano.

Luego sobrevino la salida definitiva de San Martín de Buenos Aires. Su viaje al norte para encontrarse con Belgrano y después a Cuyo para organizar el Ejército de Los Andes. El autoritarismo del Directorio. La defección de Alvear que hasta propuso transformar las Provincias Unidas en un protectorado inglés. El inicio de las guerras internas.

Hubo que esperar hasta 1816 para lograr la declaración definitiva de la Independencia, aunque 200 años más tarde su consolidación es todavía un trabajo cotidiano para los 40 millones de argentinos.