HISTORIA DE LA CALLE LAVALLE

PARTE I

por Gabriel Luna

Veremos pasar el tiempo -desde el año 1811 hasta el 2011- ubicados en las inmediaciones de dos esquinas muy porteñas y céntricas: Lavalle-Suipacha, y Lavalle-Esmeralda, que están separadas una de otra por una cuadra.

Y como las cosas no fueron como parecen, antes de viajar a una esquina de hace doscientos años, lo primero será considerar el nombre de las calles para entender el espíritu de la época. La valle o la del valle, que sugiere apacibles paisajes de sierras o montañas, debe en realidad su nombre al general Juan Galo Lavalle, un soldado impenitente, que peleó en las guerras de la Independencia y después en las guerras encarnizadas de la “Dependencia” entre unitarios y federales, hasta que lo mataron en Jujuy y su tropa debió llevar el cadáver a Bolivia para que no lo mutilaran los enemigos. Pero antes de llamarse Lavalle, la calle se llamó Parque. Aquí sí parecería haber una intención bucólica y solaz de los vecinos, al bautizar la calle como un lugar arbolado propicio para el esparcimiento. Sin embargo, tampoco fue la intención. La calle se llamó Parque o Del Parque, porque conducía al Parque de Infantería y Fábrica de Armas, que estaba en la manzana ocupada hoy por el Palacio de los Tribunales, que suministró la artillería a los ejércitos emancipadores del Norte y de los Andes. Y antes de eso, en 1808, la calle se llamó Merino. Entonces uno podría pensar en un homenaje al creador de la famosa raza ovina, que pobló por millones los campos del país y dio con la industria de la carne y de la lana tanto alimento y trabajo a muchísima gente. Pero no. El nombre honraba a Jerónimo Merino, un héroe de las Invasiones Inglesas. La calle Suipacha alude a la batalla de Suipacha, librada por el ejército del Norte contra los realistas en 1810. Antes de eso, se llamaba Correa, otro héroe inmolado en las Invasiones Inglesas. Y la calle Esmeralda, que sugiere la alegría pura y cristalina de la joya, en realidad le debe su nombre a la fragata española que fuera apresada en el puerto de Callao en 1820, acción muy festejada en Buenos Aires, coincidente con el fin del poderío naval español en el Pacífico.

Como puede apreciarse, nuestros porteños de principios del siglo XIX estaban más interesados por las ideas libertarias, el romanticismo revolucionario y la guerra, que por la introspección y el romanticismo estético. Por otro lado, como abastecer ejércitos resulta caro, la guerra imponía a la Ciudad una economía austera, no del todo propicia para el esparcimiento y el desarrollo de las artes.

Precisamente, en 1811, la Ciudad termina hacia el oeste en la calle De Las Artes -actual Carlos Pellegrini-, más allá empezaba el Suburbio, el Parque de Infantería, los cercos de pita, las quintas, los tunales, el campo. A diferencia con el Suburbio, la Ciudad tiene veredas para salvaguardar al caminante de las calles anegadas o caladas por la descarga pluvial y el tráfico de las carretas.