martes, abril 14

LA TRANSFORMACIÓN DE LA MANSIÓN MIHURA

Por décadas, la Mansión Mihura, escondida entre edificios modernos sobre la parte angosta de la avenida Las Heras, fue una presencia silenciosa. Su fachada neoclásica —premiada en 1922 y coronada por la figura de Ceres— parecía resistir el paso del tiempo sin revelar demasiado. Hoy, más de un siglo después de su construcción, el histórico petit hôtel vuelve a cobrar vida con la apertura de un restaurante.

Construida en 1922 por el arquitecto Eduardo Lanús para la familia Mihura, la mansión fue un símbolo del refinamiento porteño de principios del siglo XX: ascensor propio, escaleras de mármol y materiales importados que hablaban del esplendor de la élite local. Tras pasar a manos de los Anchorena en los años 40, la casa quedó durante décadas en un discreto segundo plano.

La reciente restauración, impulsada por el Recoleta Grand Hotel, recuperó su fachada original y transformó el antiguo jardín en un patio vidriado que hoy funciona como salón principal del nuevo restaurante. El espacio gastronómico, bautizado Atrium, propone una cocina de inspiración francesa con productos locales, bajo la dirección del chef Maximiliano Matsumoto. La carta combina lo clásico con una ambientación que respeta la solemnidad de la casona e incluye también un bar nocturno y la promesa de un futuro espacio de fine dining.

La reapertura de la Mansión Mihura invita inevitablemente a compararla con otras residencias emblemáticas de Recoleta, un barrio donde la arquitectura aristocrática convive con la vida urbana contemporánea. La Residencia Maguire, por ejemplo, es su contrapunto perfecto: un palacete tardo-victoriano de 1890, declarado Monumento Histórico, que permanece cerrado al público y envuelto en misterio. El Palacio Anchorena, hoy sede ceremonial de la Cancillería, representa la monumentalidad del academicismo francés, mientras que el Palacio Duhau, reconvertido en hotel de lujo, es el modelo más exitoso de transformación patrimonial en clave hotelera.

En este mapa, la Mansión Mihura ocupa un lugar singular: no es tan imponente como los grandes palacios ni tan inaccesible como las residencias privadas, pero su restauración reciente y su apertura al público la convierten en una de las recuperaciones patrimoniales más relevantes de los últimos años. Su nueva vida devuelve al barrio un fragmento de su historia. En tiempos en que muchas casonas del período del Centenario desaparecen o quedan ocultas detrás de rejas y medianeras, su reapertura es un gesto de recuperación urbana. La oportunidad de volver a adentrarse —literalmente— en una parte de la Recoleta que parecía perdida.

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