martes, julio 23

«LA SILLA VACÍA»

Una experiencia teatral que conmemora los 30 años del atentado a la AMIA

Luego de un emocionante estreno y tres funciones que terminaron con el público aplaudiendo de pie, la experiencia teatral «La silla vacía», protagonizada por familiares de las víctimas del atentado a la AMIA, tendrá dos nuevas funciones el mes que se cumple el 30 aniversario de este trágico suceso.

«La silla vacía» es una innovadora producción teatral en la que cuatro actores no profesionales suben al escenario para representar una parte de sus propias vidas, aquella que se vio brutalmente interrumpida cuando la bomba que explotó en la AMIA, el 18 de julio de 1994, le arrebató a uno de sus seres queridos.

La obra, producida por la AMIA en el marco de los 30 años del atentado terrorista y dedicada a la memoria de las 85 víctimas fatales de la masacre, cuenta con la actuación de Hugo Basiglio, Jennifer Dubín, Adrián Furman y Alejandra Terranova, familiares de cuatro víctimas fatales. Adrián, a su vez, es una víctima sobreviviente del 18J.

Esta es la primera vez que la AMIA incursiona en las artes escénicas como parte de las acciones por la memoria y el reclamo de justicia que viene llevando a cabo. A través de diferentes iniciativas artísticas, la institución busca denunciar la impunidad vigente en la causa y evitar que el olvido se sume al poder destructivo que el terrorismo ocasionó.

La dramaturgia de «La silla vacía» está basada en los testimonios de los cuatro familiares que se suben al escenario, ofreciendo una puesta en escena en la que transita la tristeza, la bronca, la nostalgia y, muy especialmente, el amor y el recuerdo hacia los seres queridos.

Según Elio Kapszuk, director de Arte y Producción de la AMIA, la propuesta teatral «es una experiencia íntima, única y genuina, que sólo puede ser generada desde el encuentro y el diálogo entre personas que han atravesado y siguen transitando el mismo dolor. Los testimonios de los protagonistas proponen, con valentía y autenticidad, un recorrido sobre cómo la vida se transforma y cómo se sigue en medio de la injusticia y la impunidad».

Por su parte, la directora Sol Levinton explica que la obra lleva el título «La silla vacía» porque «una silla vacía es un símbolo crucial de aquel que ya no está». En escena siempre hay una silla vacía, pero ni los actores ni el público pueden anticipar cuál va a ser. «Porque la vida es así: impredecible, inesperada. No hay forma de pronosticar qué nos depara. No hay justificación para las personas que se convierten en víctimas, y nadie está exento de serlo», expresa Levinton. «Pero, como decimos en la obra, una silla puede ser sólo una silla, y a veces puede ser mucho más».

Las próximas funciones de «La silla vacía» tendrán lugar el jueves 11 y el martes 16 de julio, a las 20 horas en el auditorio de la AMIA de calle Pasteur 633. Las personas interesadas en reservar ubicaciones pueden hacerlo a través de este link.

Esta experiencia teatral se presenta como una oportunidad única para honrar la memoria de las víctimas del atentado a la AMIA, al tiempo que invita al público a reflexionar sobre los impactos del terrorismo y la necesidad de justicia y reparación. A través de los testimonios conmovedores de los familiares, «La silla vacía» nos acerca a una realidad dolorosa, pero también a la fuerza y la resiliencia de quienes han sobrevivido a una tragedia sin precedentes.

En la voz de sus protagonistas, «La silla vacía» hilvana una serie de significados que tienen que ver con la búsqueda de justicia y la memoria de las víctimas de este terrible atentado.

Para Hugo Basiglio, la convocatoria a hacer esta obra significó algo «diferente y único», generando una mezcla de emociones, desde la alegría hasta la tristeza, al rememorar la vida misma. En este sentido, siente que este trabajo lo hizo sentir «muy lleno», y lo considera hermoso, ya que le permite llegar a la gente de una manera especial, sintiéndose «abrazado». Además, subraya que esta obra tiene un propósito de concientización, algo que nunca olvidará.

Basiglio relata que en la primera presentación pudo observar la reacción del público, viendo cómo los espectadores, incluyendo aquellos que no eran familiares directos, se quedaron cautivados por la historia «cruda y viva» que se les presentaba. Una experiencia que le impresionó profundamente.

Por su parte, Jennifer Dubín considera que hacer la obra significó un antes y un después en su vida. «Si bien yo hago muchas acciones por la memoria todos los años, hacer esta obra me cambió todo», expresó.

Para Dubín, la obra se ha convertido en un proyecto lleno de amor y unidad entre los familiares y el público, que más allá de ser una simple representación artística, es un espacio para honrar la memoria de las víctimas y mantener viva la lucha por la justicia. Los cuatro familiares que participan en la obra son portavoces de 85 víctimas y 300 sobrevivientes heridos, en un intento para que la justicia se haga realidad y que el recuerdo de este trágico evento nunca se desvanezca. El terrorismo, con su única finalidad de matar sin discriminación, es el foco central de esta producción, que busca transmitir un mensaje de solidaridad y resistencia ante la adversidad.

Adrián Furman confiesa que cuando fue convocado para este proyecto pensó que iba a ser imposible, por lo menos para él. «Cuando tuve la entrevista con Sol (la directora), fui con la idea de contar mi experiencia, mi vivencia y seguramente decirles que no, pero no pude decir que no, y a medida que pasaba el tiempo me fui integrando y conocí a este grupo maravilloso de actores, que no son actores, y los productores que son una maravilla. Me fui metiendo en el proyecto y ahora considero que es algo genial», dice y asegura que es «muy importante contar esta historia, y que la memoria siga activa para que esto no se pierda, ya que la justicia por ahora no llega”.

«¿Qué significó para cada uno de nosotros poder hacer esto? Estuve pensando mucho en esta pregunta. Lo más importante es, en mi caso, ver el nombre de mi papá y saber que una de las víctimas tiene un nombre y un apellido, y es mi papá, Juan Carlos Terranova. La última imagen que tenía de mi papá era en ese cajón cerrado y una placa afuera, y no podía creer que en eso iba a terminar todo», explica Alejandra Terranova, que asegura que protagonizar esta obra le hace sentir que su padre está vivo en el recuerdo, en la memoria y es parte de la historia argentina, porque fue víctima de un atentado que no discriminó.

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