martes, junio 16

CINCO MUESTRAS PARA ENTRAR A LA CIUDAD POR SUS GRIETAS

Hay una forma de mirar una programación de artes visuales como si fuera apenas una agenda: cinco salas, cinco nombres, cinco inauguraciones. Y hay otra, menos prolija y más verdadera, que consiste en preguntarse qué clase de ciudad aparece cuando un centro cultural decide poner en conversación a Roberto Arlt, los restos brillantes de la cultura pop, un juego de rol convertido en dispositivo expositivo y dos pintoras que, desde registros distintos, trabajan contra la velocidad del mundo.

El jueves 25 de junio, a las 18, el Centro Cultural Recoleta abrirá cinco nuevas muestras en su sede de Junín 1930. No se trata sólo de una renovación de salas. Hay, en ese conjunto, una pregunta de fondo sobre qué imágenes, qué escrituras y qué sensibilidades pueden todavía decir algo sobre la experiencia contemporánea.

El corazón de esa programación está en las salas 2 y 3, donde se montará El juguete rabioso: 100 años, un homenaje a la novela con la que Roberto Arlt entró en la literatura argentina como quien irrumpe en una habitación demasiado ordenada. Publicado en 1926 por Editorial Latina, el libro no sólo inauguró una obra: abrió una manera de narrar Buenos Aires desde abajo, desde el fracaso, la rabia, la humillación y el deseo de fuga. En Silvio Astier —ese adolescente que roba, fantasea, fracasa y vuelve a empezar— Arlt encontró una voz para contar una ciudad que no era la de los salones ni la de las genealogías prestigiosas, sino la de los trabajos precarios, las pensiones, los inventos delirantes, la vergüenza social y la inteligencia arrinconada. A cien años de su publicación, la muestra curada por Sylvia Saítta y Juan Maisonnave parte de esa potencia todavía intacta: no exhibe una reliquia, sino un libro que sigue respirando.
La exposición organiza un siglo de lecturas y relecturas alrededor de un gran mural de tapas de distintas ediciones de El juguete rabioso, agrupadas en núcleos temáticos. La decisión no es menor: permite ver cómo un texto cambia de piel con el tiempo, cómo cada época le fabrica su propio Arlt. A eso se suman ilustraciones y obras imaginadas por artistas como Carlos Alonso, Eduardo Iglesias Brickles, Diego Rey, Luis Scafati y Oscar Grillo, un ejemplar de la primera edición de 1926 y una réplica de la máquina de escribir Underwood mencionada por el propio Arlt. Hay algo especialmente fértil en ese cruce entre archivo y relectura visual. Porque Arlt, más que un clásico petrificado, sigue siendo una usina de imágenes: un escritor que todavía desordena el canon, un autor incómodo para cualquier idea higiénica de la literatura argentina. La muestra, que permanecerá abierta hasta marzo de 2027, parece apostar justamente a eso: a que el centenario no sea una ceremonia, sino una reactivación.

En la sala 5, Plástica escatológica, de Martin Farnholc Halley, trabaja en otra frecuencia, aunque no del todo ajena a la de Arlt: también ahí hay restos, materiales de descarte, belleza encontrada en lo que parecía sobrante. La muestra reúne pintura, ensamblaje y video en un universo atravesado por la música, los vínculos personales y objetos de la vida cotidiana. Pero no se trata sólo de autobiografía expandida. En diálogo con la tradición abstracta argentina, Farnholc Halley incorpora el brillo, el artificio, la cultura pop y cierta sensibilidad nocturna para armar composiciones donde conviven geometría, deformación figurativa y memoria íntima. Sus obras, realizadas en parte para intervenir la arquitectura de la sala, parecen preguntar qué puede hacer la pintura con aquello que la cultura considera residuo.

En la sala 6, Calabxzxs & Dragxnes, con curaduría de Andrés Gorzycki, propone un desplazamiento igual de radical, pero hacia el juego. La exposición toma la lógica de una partida de rol y la convierte en una forma de montaje: la mesa como tablero, las obras como encuentros, los personajes fantásticos como claves para imaginar otros pactos con el presente. Castillos, elfas, monstruos, calabozos, dragones y artefactos de poder aparecen no como ornamento escapista, sino como herramientas para ensayar futuros posibles. En tiempos donde el realismo suele presentarse como una condena, la muestra apuesta por la fantasía como método de conocimiento y como política de la imaginación. También allí, en ese gesto lúdico, hay algo de resistencia.

La sala 13 estará ocupada por Ofrenda, de Eugenia Bekeris, una serie de dibujos que se aparta del ruido para trabajar en una escala más baja y, por eso mismo, más difícil. En esas piezas la naturaleza no aparece como paisaje decorativo ni como postal reconciliadora, sino como una dimensión que exige otra velocidad de la mirada. Bekeris dibuja con una sutileza que no busca imponerse; ofrece, en cambio, un tiempo más lento, una atención menos voraz. Hay algo casi ético en ese gesto: mirar sin arrasar, registrar sin capturar del todo. Ofrenda parece nombrar precisamente esa disposición, la de quien se acerca a lo vivo no para dominarlo, sino para reconocer su espesor.

En la sala 14, El camino de la espesura, de Patricia Fente, continúa esa conversación desde la pintura. La artista vuelve sobre el paisaje —cielos, arbustos, matorrales— no para reproducirlo, sino para atravesarlo con sus intuiciones. Con diseño de montaje de Luis Gimelli, la muestra deja ver una trayectoria en la que las formas y los colores no llegan como ilustración del mundo exterior, sino como una elaboración paciente de la experiencia sensible. La espesura del título no es sólo vegetal. También remite a una forma de percepción: entrar en un cuadro como quien entra en una zona donde la vista tarda en acostumbrarse y, justo por eso, empieza a ver más.

Vistas en conjunto, las cinco muestras no arman un panorama homogéneo, sino algo mejor: una constelación. Está Arlt y su Buenos Aires descompuesto pero vital; están los desechos reencantados de Farnholc Halley; está la imaginación lúdica y fantástica de Calabxzxs & Dragxnes; están la demora y la atención de Bekeris y Fente. Distintas poéticas, distintas escalas, distintos modos de plantarse ante lo real. El Recoleta parece proponer, con esa convivencia, una idea generosa de programación: no la de un discurso único, sino la de un espacio donde conviven escrituras, materiales y tiempos que no siempre coinciden, pero se iluminan entre sí.

Tal vez por eso el homenaje a Arlt funcione como centro magnético de toda la serie. Porque si algo supo hacer Arlt fue mirar las ruinas de la modernidad argentina antes de que se llamaran ruinas: ver en el margen no una excepción, sino una verdad. Cien años después, volver a «El juguete rabioso» en el marco de una programación que incluye residuo, fantasía, naturaleza y espesura no parece una casualidad curatorial. Más bien parece una forma de insistir en que el arte, cuando vale la pena, todavía puede ensayar lecturas desobedientes del presente.

Las nuevas muestras podrán visitarse desde el 25 de junio a las 18 en el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930, con entrada libre y sin costo para argentinos y residentes. El espacio abre de martes a viernes de 12 a 21 y sábados, domingos y feriados de 11 a 21. A veces una programación es sólo una agenda. Otras veces, como en este caso, puede leerse como una pequeña hipótesis sobre la época.

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