
La lluvia empezó temprano, como si Córdoba quisiera poner a prueba la persistencia de esa multitud que, desde el sábado, venía ocupando cada rincón de la ciudad. Pero no hubo tormenta capaz de frenar el pulso del 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades. Bajo los paraguas, los ponchos, los pañuelos verdes y violetas, miles siguieron caminando, cantando, discutiendo, organizando. La ciudad vibraba con un ritmo propio, uno que no marcaban los semáforos, sino los bombos, las batucadas y las voces que se entrelazaban en cada esquina.
Desde la ceremonia ancestral de apertura, el aire estuvo cargado del perfume de la mirra, el olor de la tierra y el sabor del salitre de la historia. El humo de los sahumerios se mezclaba con la humedad y con una sensación difícil de nombrar: la certeza de que, aun en medio del ajuste, del endeudamiento y de los discursos de odio, había algo que no podían quitarles. La posibilidad de encontrarse. De inventar futuro juntas.
En los pasillos de las escuelas, en las aulas improvisadas, en los patios donde el sol asomaba de a ratos, se desarrollaron los 99 talleres que luego darían forma al documento final. No era un texto solemne ni cerrado: era un mapa vivo de discusiones, acuerdos, tensiones y urgencias. Un registro de lo que se habló sin filtros, sin jerarquías, sin la pretensión de unificar lo que por naturaleza es diverso.
Las violencias patriarcales atravesaron casi todos los debates. Se escucharon nombres, historias, broncas. Femicidios, transfemicidios, travesticidios, crímenes de odio. La lista era larga, demasiado larga. Y en cada taller se repetía la misma pregunta: ¿cómo seguir organizándose cuando el Estado recorta, desmantela, ajusta? El gobierno de Javier Milei fue mencionado una y otra vez, no como un actor distante, sino como una presencia concreta en la vida cotidiana: en la falta de presupuesto, en la motosierra sobre programas de género, en la precarización que se siente en el cuerpo.
En otros espacios, la defensa del aborto legal y de la Educación Sexual Integral aparecía como un acto de resistencia. No se trataba solo de sostener derechos conquistados, sino de impedir que retrocedan. Las participantes denunciaron obstáculos, objeciones de conciencia, falta de insumos y reclamaron que la salud integral —incluyendo tratamientos hormonales y acompañamientos respetuosos— sea una realidad para todas las identidades.
La crisis económica también se coló en cada conversación. Mujeres y diversidades contaron cómo la inflación les come el salario, cómo la precarización se vuelve norma, cómo los cuidados siguen recayendo sobre sus espaldas. En los talleres se habló de cooperativas, de redes comunitarias, de estrategias para sostener la vida cuando el mercado y el Estado fallan.
Pero el Encuentro no fue solo denuncia. Fue también celebración, memoria, ritual. La marcha del domingo por la noche fue el punto más alto: una marea que avanzó por las calles cordobesas con cánticos, banderas, tambores y una energía que ni la lluvia pudo apagar. Había bronca, sí, pero también alegría. La alegría de saberse juntas, de ocupar el espacio público, de transformar la ciudad por unas horas.
En el acto de cierre, mientras se leía el documento final, muchas lloraban, otras aplaudían, algunas grababan con el celular para llevarse un pedazo de ese momento. El texto recordaba que el Encuentro es una herramienta colectiva, una forma de discutirlo todo y de alimentar el deseo de cambiarlo todo. Y anunciaba lo que ya se intuía desde el primer día: que en 2027 la sede será la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Una decisión estratégica, dijeron varias voces. Una forma de presionar de cerca a la Rosada en tiempos donde cada derecho parece estar en disputa.
Cuando todo terminó, Córdoba quedó envuelta en un silencio extraño. Las escuelas volvieron a su rutina, las plazas recuperaron su calma, las calles se despejaron. Pero algo había cambiado. Porque cada Encuentro deja marcas: en los cuerpos, en las agendas, en las luchas que siguen. Y mientras las últimas delegaciones subían a los colectivos para emprender el regreso, una frase se repetía como un mantra: nos vemos en la Ciudad de Buenos Aires.
