RAUL SCALABRINI ORTIZ

FISCAL IMPLACABLE DEL COLONIALISMO INGLES

Por Mario Casalla

 

Nadie como el argentino Raúl Scalabrini Ortiz para poner al descubierto la trama de los intereses ingleses en la historia argentina y latinoamericana. Supo ver -detrás del desarrollo de las ubérrimas pampas argentinas- la mano oculta de la diplomacia y del comercio inglés, sutilmente disimulada.

En un día como el de hoy, pero del año 1898, nacía “Marangatú” (tal su apodo de infancia) en la ciudad de Corrientes donde su padre -el científico italiano Pedro Scalabrini- fue contratado como director del Museo de Historia Natural.

O sea que este porteño de ley, el gran retratista del “Hombre de Corrientes y Esmeralda” (que en la década infame del `30 todavía “estaba solo y esperaba”) venía en realidad de ese otro Corrientes más profundo; aquél del bravo gobernador Ferré que en el siglo XIX se había enfrentado al liberalismo de Buenos Aires, en nombre del proteccionismo industrial del país interior.

Debate económico que Marangatú -ya crecido- honraría con documentación e inteligencia en una obra clave e inaugural como fue su “Política británica en el Río de la Plata” (1936), a la que siguieron, “Los ferrocarriles, factor primordial de la independencia nacional” (1937) y “El petróleo argentino” (1938).

De allí en más Scalabrini Ortiz fue -a la vez- duro fiscal de la dependencia inglesa y predicador incansable de la liberación nacional. Esa que por primera vez vio acercarse un 17 de octubre de 1945, cuando “el subsuelo de la patria sublevado” depositó al coronel Perón en la casa de gobierno.

De allí en más no dudó de qué lado estar pero -a su vez- no fue “oficialista” de ningún gobierno. Sus adhesiones políticas tuvieron siempre que ver con el cumplimiento de aquel programa liberador, antes que con la comodidad del cargo público o el transitorio bienestar personal. De allí sus luchas y sus debates al interior del propio campo nacional y popular.

EL DESPOJO COLONIAL – Aquella Argentina opulenta de comienzos del siglo XX estaba orgullosa de sí misma. Más aún, por la boca de algunos de sus prohombres se vanagloriaba de ser prácticamente una factoría inglesa en Sudamérica.

En 1933 había firmado con Inglaterra un tratado de comercio (conocido como Pacto Roca-Runciman) y los cables transmitían desde Londres que el jefe de esa misión comercial argentina (y a la vez vicepresidente de la Nación), Julio A. Roca (h), decía -sin ponerse colorado-: “La Argentina, por su interdependencia recíproca, es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”.

De aquí esa réplica contundente de Scalabrini: “La riqueza argentina es aparente, pues el capital extranjero invertido en nuestras tierras, inglés en su inmensa mayoría, constituye una enorme hipoteca que succiona día a día la sangre de los argentinos (…) Son 19.723 millones que reditúan aproximadamente unos mil millones anuales (…) El pueblo siente esa mole de números, ignorándolo. Los siente como una presión que lo rodea y desplaza de su propio país y que lo va transformando en un peón de campo que trabaja para que otros medren y gocen a su costa; los siente como una fuerza que lo estrangula y va haciendo de él, hombre libre y orgulloso de serlo, un ilota…Los comerciantes ingleses cumplieron la obra que sus soldados no pudieron realizar en 1806”.

Y esto no era producto de ninguna “maldición metafísica”, ni “degeneración congénita” que supuestamente pesara sobre el “ser nacional” de los argentinos o latinoamericanos (explicación muy a la moda por entonces), sino con mecanismos muy concretos y reales del despojo económico a que fueron sometidos estos pueblos por el colonialismo inglés, cuando éste reemplazó al español y al que luego seguiría el norteamericano.

POR UN CAMINO LIBERADOR – Frente a tanta obnubilación e hipocresía, el mensaje de Raúl Scalabrini Ortiz era tan sencillo como radical: “Es necesaria una virginidad a toda costa… Es preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado“.

Coincidía -sin saberlo, por supuesto- con aquella definición de la política que la joven Hannah Arendt venía incubando del otro lado del Atlántico: la política como “el arte de hacerlo todo de nuevo”.

Por esto y a pesar de todas esas realidades económicas -o más precisamente, por ellas- en la portada de “El hombre que está solo y espera”, escribía en 1931: “Éstas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías”. Un mensaje cargado de futuro.