BELGRANO: POBREZA, OLVIDO Y MALTRATO

Por Marta Gordillo

En medio de la pobreza y en momentos en que la región del Río de la Plata estaba convulsionada por enfrentamientos entre distintos sectores locales, moría Manuel Belgrano en una fría mañana de invierno, olvidado por sus contemporáneos y hasta maltratado por las autoridades que le negaron la ayuda que necesitaba.

Había luchado con las armas hasta las últimas consecuencias contra el dominio español, y había impulsado desde sus escritos y acciones las ideas de “libertad, igualdad, seguridad, propiedad”, con propuestas que planteaban una ruptura con el pasado colonial.

Enfermo de hidropesía tuvo que abandonar el mando del ejército del norte y trasladarse desde Córdoba a Tucumán, donde se produjo en ese momento una sublevación contra el gobierno de Buenos Aires que no pasó por alto la presencia allí de Belgrano.

Era noviembre de 1819 y las fuerzas militares alzadas avanzaron deponiendo al gobernador de Tucumán y “deteniendo en su domicilio al general Belgrano, quien se hallaba enfermo en esa ciudad”, cuenta Jorge Perrone en su Diario de la Historia Argentina.

Esta situación lo afecta seriamente y ante la gravedad de su estado, plantea que quiere morir en Buenos Aires, por lo que  solicitó al nuevo gobernador tucumano, Bernabé Aráoz, dos mil pesos para poder viajar, pero le niegan el pedido.

Gracias a su amigo, José Balbín, que le presta el dinero, puede volver a Buenos Aires en febrero de 1820, donde continúa sin dinero para enfrentar su enfermedad.

Ante esa situación el amigo y recientemente electo gobernador que duró en su cargo menos de un mes, Ramos Mejía, lo ayuda económicamente aunque se disculpó por la exigua suma que le ofreció, tan sólo trescientos pesos.

Para entonces, el gobierno le debía a Belgrano los pagos por sus servicios en la lucha independentista.

“Muero tan pobre que no tengo con qué pagarle el dinero que usted me prestó”, le dijo Belgrano a Balbín, quien lo había ido a visitar poco antes de morir.

“Pero ese dinero no lo perderá, el gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos, y luego que el país se tranquilice se los pagarán a mi albacea, quien queda encargado de satisfacer la demanda”, continuó Belgrano.

Las condiciones de su muerte no se correspondieron con la dimensión de su obra y su espíritu de lucha y entrega, así como tampoco se valoró la profunda significación y sentido de la creación de una insignia que identificatoria de los ejércitos criollos que los diferenciara del español y les diera un sentido de pertenencia.

Aquel 27 de febrero de 1812 pasó a la historia como el momento en que se izó por primera vez la bandera celeste y blanca reafirmando el sentido de la lucha por la independencia, pero el Triunvirato, al enterarse se alarmó y dio la orden a Belgrano “de que esconda la nueva enseña y se le envía una bandera de la Fortaleza: española”, destaca Perrone.

 Pero la historia ya había comenzado a correr y la bandera se imponía como la divisa criolla.

Tampoco valoraron en su dimensión a quien comandó en septiembre de 1812 el éxodo del pueblo de Jujuy, derrotando un mes después en Tucumán a las fuerzas españolas que lo doblaban en cantidad de efectivos, triunfo que logró tras desobedecer a Rivadavia.

Tampoco lo valoraron los artífices del relato histórico tradicional que minimizaron, desvirtuaron o vaciaron de sentido durante largas décadas la lucha, la obra y el pensamiento de Belgrano.

Esa obra no se sintetiza en la creación de la bandera, como asimismo la creación de la bandera no se limita a pensar en su creador. Ambos trascendieron aquel momento, pero el 20 de junio sella y dispara una identidad común.

Por un lado un revolucionario que buscó transformar la realidad, y por otro, un símbolo identitario que unió a los pueblos de norte a sur del país.

Hoy, a 197 años de la muerte de su creador, la figura de Belgrano vuelve a plantear una resignificación del pasado, desde sus ideas, su espíritu de lucha, su honestidad y su integridad.