
Hay rituales que sobreviven al paso del tiempo. En Buenos Aires, uno de ellos ocurre cada sábado, cuando la Facultad de Derecho de la UBA —ese gigante de piedra que custodia la avenida Figueroa Alcorta— abre sus puertas y deja que la música se derrame por sus pasillos. Desde 1949, el edificio se convierte en escenario, refugio y punto de encuentro para miles de personas que buscan algo simple y esencial: escuchar buena música, sin barreras ni distancias.
Lo que empezó como una iniciativa para acercar la música académica al público general se transformó, con los años, en un ciclo histórico que hoy reúne a orquestas nacionales, agrupaciones juveniles, coros y solistas de todo el país. Un espacio donde conviven estudiantes, melómanos, vecinos, turistas y curiosos, todos bajo la misma premisa: la entrada es libre, gratuita y por orden de llegada. Quien quiera, además, puede colaborar con alimentos no perecederos destinados al hogar M.A.M.A.
Cada sábado ofrece dos mundos distintos, pero complementarios. Dos maneras de habitar un edificio que, aunque miles de personas ven desde afuera, pocos conocen por dentro.
A las 16 h, el Salón Auditorio recibe a los amantes de la música de cámara. Es un espacio más íntimo, donde los cuartetos, tríos y dúos dialogan con la acústica cálida del lugar.
A las 18 h, el imponente Salón de Actos se enciende con conciertos sinfónicos o sinfónico-corales. Allí, bajo sus lámparas monumentales y su escala casi teatral, la música adquiere otra dimensión.
Con más de 90 conciertos gratuitos al año, el ciclo de la Facultad de Derecho es uno de los programas culturales más constantes de la ciudad. Su continuidad a lo largo de más de siete décadas lo convirtió en un símbolo de acceso democrático a la música.
Por sus escenarios pasaron generaciones de músicos que hoy integran orquestas profesionales, directores consagrados que dieron allí sus primeros pasos y agrupaciones que encontraron en este ciclo una plataforma para crecer. La Facultad, sin proponérselo, se volvió un semillero artístico y un punto de referencia para la vida musical porteña.
El edificio: un templo laico que también es templo musical
La historia del edificio es inseparable de la historia del ciclo. Diseñado por los arquitectos Ochoa, Chiapore y Vilar, su construcción comenzó en 1940 y culminó en 1949, el mismo año en que se inauguraron los conciertos. Su estilo neoclásico monumental lo convierte en una de las obras más reconocibles de Buenos Aires: un pórtico de 14 columnas dóricas, escalinatas amplias, proporciones severas y una presencia que impone respeto.
Pensado como un “templo del derecho”, terminó siendo también un templo de la música. Sus salones, concebidos para actos académicos, demostraron tener una acústica privilegiada. El Salón de Actos, en particular, es uno de los espacios más impactantes de la ciudad: amplio, solemne, con una reverberación que realza las grandes obras sinfónicas.
Un plan que combina arte, historia y ciudad
Asistir a un concierto en la Facultad de Derecho es mucho más que escuchar música. Es entrar en un edificio que forma parte del paisaje emocional de Buenos Aires, recorrer sus pasillos solemnes, sentarse entre desconocidos que comparten la misma expectativa y dejarse llevar por obras que, a veces, uno escucha por primera vez.
Es una propuesta accesible, democrática y profundamente porteña. Un ritual que, desde hace más de 75 años, demuestra que la cultura puede —y debe— ser un derecho.
