domingo, noviembre 28

EL ESTALLIDO SOCIAL DEL 2001 CUMPLE VEINTE AÑOS Y EL CONTI LO EVOCA DESDE LA MIRADA DE LOS ARTISTAS

por Mercedes Ezquiaga

El Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti presentó “19y20”, una mega muestra colectiva que reúne obras, objetos, videos, instalaciones y material de archivo de 50 artistas que dan cuenta de aquellos proyectos políticos culturales surgidos tras el estallido social de diciembre de 2001, y que logra recrear el clima comunitario y de protesta que se extendía ante la retención de ahorros de los bancos, los cierres de locales, las asambleas barriales, las fábricas recuperadas.

Una bandera de 27 metros de largo sobrevuela la sala principal de exposición con la leyenda “Liquidación por cierre”, junto a la sigla FMI, la original colocada frente al Congreso por el Grupo de Arte Callejero, parte de las protestas generadas por la crisis política, económica, social e institucional que estallaría en diciembre de 2001, y que aludía ya no solo a los numerosos comercios que por entonces debieron bajar sus persianas para siempre sino también a un país que estaba “en liquidación”.

A través de diversos ejes conceptuales -que aluden a la violencia policial e institucional, el hambre, las asambleas o las fábricas recuperadas- la muestra se aboca a la difícil tarea de recrear aquel clima de época y narrar -a través de obras que son en su mayoría efímeras, acciones, protestas, movilizaciones- una historia que durante dos días estremeció a todos los argentinos pero que comenzó a entretejerse mucho antes, como dan cuenta algunas piezas de los años 90.

Las obras, tan simbólicas como contundentes, permiten contar a quien nunca lo haya vivido aquellos sobrecogedores días donde hubo asesinatos de manifestantes, ollas populares, corralitos, economía del trueque, cacerolazos, sucesivos presidentes y la declaración del estado de sitio. Y una frase -casi como un diccionario propio del 2001- también presente en la exhibición: “Que se vayan todos”.

“La bola bala” del colectivo Arde es una escultura realizada en alambre tejido de más de un metro de diámetro, recubierta de casquillos de balas y cartuchos de escopeta vacíos, que ha sido llevada por los manifestantes, rodando por el piso, hasta Puente Pueyrredón, cuando se cumplieron tres años de la masacre de Avellaneda, ocurrida en 2002.

Otra pieza, “Burladero”, de Esteban Álvarez, es una instalación de dos chapas (como las que colocaban los bancos en sus puertas) abolladas cuyos relieves develan la forma de las caras de los próceres estadounidenses que aparecen en los billetes de dólar, confeccionados a fuerza de golpes sobre la chapa, tal como se podía ver a los ahorristas frente a los bancos reclamando su dinero.

Justo en el centro de la inmensa sala expositiva, una carpa con banderas de agrupaciones se convierte en el espacio asambleario, de cobijo, de escucha y debate, de organización y lucha; de esos que se armaban en la calle donde imperan la improvisación, lo azaroso.

La zona de Asambleas barriales fue un modo de organización fundamental posterior al 2001, articuladas de manera autónoma y contagiosa entre vecinos y que comenzaron en esquinas, monumentos, plazas de todo el país, que se apropiaron del debate público luego de una década de privatizaciones, tal como recoge la exhibición a través de recortes de diario, volantes y revistas de archivo. Allí surgieron acciones de las que participaban artistas y colectivos pero también organizaciones de derechos humanos.

“Hubo muchas muestras en torno al fotoperiodismo o a la documentación pero muy pocas, como esta, que abarque la parte simbólica y estética, las escenas artísticas que se construyeron o emergieron en ese momento. Que pueda construir un nuevo relato, porque el arte tiene esa posibilidad, que es la metáfora”, dice a Télam una de las curadoras, Loreto Garín Guzmán, integrante además del colectivo Etcétera.

La muestra que lleva por subtítulo “Archivos, obras y acciones que irrumpieron en la narrativa visual de la crisis de 2001” indaga en el rol de prácticas artísticas que habitaron en la liminalidad entre los escenarios del arte convencional, las calles y los nuevos espacios culturales: okupas, asambleas barriales y otros territorios en disputa.

“Es como ingresar al estallido. Hay un entrecruzamiento caótico, barroco, porque entendemos que el clima de la época era así, la temperatura lo que había ocurrido luego de un día de acciones, de movilizaciones a la plaza de mayo, las huellas, los afiches, los volantes, las pintadas, un relato del momento”, cuenta Natalia Revale, otra de las curadoras de la exhibición junto con Loreto Garín Guzmán.

El recorrido de la exhibición va trazando un mapa nutrido de proyectos políticos culturales surgidos tras el estallido social de diciembre de 2001. Su relato puede leerse tanto cronológicamente, como por diversas zonas y núcleos conceptuales, permitiendo al público transitar por la memoria de procesos sociales y las irrupciones artísticas de aquel momento.

Así, el itinerario profundiza en los procesos de participación, solidaridad y colectivización, la creación de símbolos, imágenes, banderas, propaganda, performances, acciones colaborativas, periódicos y portales de nuevos medios, que fueron parte del laboratorio de imaginación social que distinguió un clima de época.

Ejemplares de la revista “Collage para activistas” con instrucciones como si fuera bricolaje, pero para crear utensilios útiles para una protesta; las banderas que realizaron artistas para acompañar la lucha de fábricas como Brukman y Zanon, las decenas de siluetas de niños con hambre, figuras en tamaño real hechas con cartón, una acción del colectivo cordobés Urbomaquia, también dan cuenta del triste y áspero 2001.”Esta obra pertenece a la zona denominada ‘banquete’ que refiere al hambre pero no solo el del cuerpo, el real sino también el hambre cultural que se estaba produciendo, el vaciamiento, la privatización de la cultura y el malestar de los artistas”, detalla Loreto sobre la zona que incluye también obras de León Ferrari y Juan Carlos Romero.

Un apartado destinado al Taller de Serigrafía Popular (TPS) exhibe el inmenso archivo de iconografías, gráficas y reivindicaciones que el colectivo realizaba en las manifestaciones, al imprimir remeras, papeles, una suerte de ritual en cada marcha, apodado “el Dibujazo”, donde estamparon leyendas como “Trabajo para todos y todas”, “Brukman es de los trabajadores”, “Darío y Maxi presentes” o “Lo imposible solo tarda un poco más”.

“A nivel cronológico la muestra va desde el 94 hasta el 2001 y sigue con obras posteriores hasta el 2006, cuando hay un cambio y se produce nuevamente una confianza de sistema de representación pero en los años posteriores al 2001 se produce un laboratorio de experimentación social artística, de mucha producción y de mucha inventiva ante la crisis”, añade Natalia.

Se incluyen también obras de Alicia Herrero, de Argra, Diana Dowek, Eduardo Molinari, Federico Zukerfeld, Gabriela Golder, Las Chicas del Chancho y el Corpiño, Magdalena Jitrik, Susy Shock y más. Y participarán del acto de apertura, los familiares de las víctimas del 19 y 20.

“El Conti es un lugar donde la memoria es lo principal. Y esta muestra es un acto de memoria colectiva, para seguir profundizando en lo que pasó y para que nunca más sucedan este tipo de episodios que pasaron hace 20 años. Recuerdo a la gente llorando en la calle, otros rompiendo los cajeros por desesperación. Una sensación de desesperanza. Y una Argentina que resurgió con la lucha de los activismos, del pueblo y de la cultura. La cultura y el arte siempre resistieron. Por eso el arte está siempre presente en todo tipo de luchas”, asegura la directora del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Lola Berthet.

La muestra “19y20” se puede visitar en el Centro Cultural Haroldo Conti, ubicado en el predio del Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA), avenida del Libertador 8151, de martes a viernes de 12 a 20 y sábado, domingos y feriados de 13 a 21, con entrada gratuita.

Fuente/Foto: Télam

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