
En los barrios populares, la economía doméstica dejó de ser un ejercicio de planificación para convertirse en una coreografía de supervivencia. No se trata solo de números: se trata de cuerpos que se ajustan, de rutinas que se achican, de decisiones que se toman con el estómago antes que con la cabeza. El relevamiento de Focus Market en el Comedor Pequeños Gigantes de Florencio Varela funciona como una ventana a ese mundo donde el futuro se negocia día a día y donde la estabilidad es un privilegio ajeno.
La vida en modo variable
El 40% de los encuestados tiene ingresos que fluctúan como el clima. El 32% no cuenta con ingresos propios. Solo el 21% recibe un ingreso fijo mensual. La inestabilidad no es una categoría estadística: es una sensación física. El 55% dice no tener ningún momento de tranquilidad financiera durante el mes. La calma dura lo que dura el sueldo: apenas un 23% siente alivio cuando cobra a principios de mes, un alivio que se evapora rápido, como si el dinero tuviera fecha de vencimiento inmediata.
Damián Di Pace, director de Focus Market, lo explica con crudeza: la dependencia de trabajos informales y ocasionales expone a las familias a una vulnerabilidad estructural. No hay colchón, no hay margen, no hay red. La economía popular se sostiene sobre la incertidumbre.
El plato como frontera económica
El dato más brutal: el 93% de los ingresos se destina a alimentos. La comida como centro, como límite, como frontera. Cuando casi todo se va en llenar la olla, el resto de la vida económica se convierte en un territorio de renuncias. No hay ahorro, no hay inversión, no hay consumo que no sea estrictamente necesario.
Di Pace lo sintetiza: “El presupuesto familiar está prácticamente absorbido por las necesidades básicas”. En ese esquema, cualquier aumento en los precios de los alimentos golpea de manera directa e inmediata. No hay amortiguadores. No hay plan B.
La deuda, una sombra que crece
La deuda aparece como un segundo gasto estructural. El 44% la incluye entre sus principales gastos mensuales y el 62% asegura que fue el rubro que más pesó durante el último año, incluso por encima de los servicios y del alquiler. La deuda no es solo un número: es una presencia. Una sombra que acompaña cada decisión.
Cuando se pregunta qué harían con un ingreso extraordinario, el 53% responde que lo usaría para cancelar deudas. Solo el 19% lo destinaría al consumo o a la inversión. Apenas el 2% podría ahorrarlo. La deuda organiza el presente y condiciona el futuro.
El ajuste como hábito
Los cambios en los hábitos de consumo muestran que el ajuste ya no es una estrategia; se ha transformado en una forma de vida: el 65% de las personas encuestadas dejó de comprar ropa. Este mismo porcentaje redujo o eliminó la compra de carne. Un 41% dejó de realizar salidas. Uno de cada cinco dejó de comprar medicamentos.
La economía popular se ha convertido en un territorio en el que el consumo se reduce hasta el mínimo. Donde la salud, el ocio y la vestimenta pasan a un segundo y tercer plano. Donde la vida se ordena alrededor de lo indispensable.
La Ciudad y sus márgenes: políticas que no llegan
En la Ciudad de Buenos Aires, la situación no es muy distinta, aunque la distancia entre los barrios populares y las zonas de mayor poder adquisitivo se vuelve más evidente. Mientras se discute cuánto debe ganar una familia para ser considerada clase media en CABA, miles de hogares viven en un presente donde esa categoría es un horizonte lejano, casi abstracto.
La falta de políticas específicas del gobierno porteño hacia los barrios populares profundiza esa brecha. Los programas de asistencia son fragmentarios, insuficientes o directamente inexistentes en algunas comunas. La urbanización avanza a ritmo lento o nulo, los servicios básicos llegan con irregularidad y las iniciativas de integración social quedan atrapadas entre recortes presupuestarios y prioridades que miran hacia otros sectores.
En este contexto, la economía popular se sostiene más por la red comunitaria que por el Estado. Comedores, merenderos, organizaciones barriales y redes de cuidado reemplazan funciones que deberían estar garantizadas por políticas públicas. La Ciudad crece, pero no para todos por igual.
Una conclusión incómoda
La economía de los barrios populares no es solo un conjunto de estadísticas: es una forma de vida marcada por la urgencia. Cuando el 93% del ingreso se va en comida y la deuda se vuelve un gasto estructural, hablar de clase media, movilidad social o planificación financiera suena a ficción.
La pregunta no es cuánto necesita ganar una familia para ser clase media en CABA. La pregunta es cómo se sostiene una ciudad donde miles de familias viven en un presente sin margen, sin estabilidad y sin políticas que acompañen.
