viernes, mayo 24

«ALBA INCIERTA», UNIVERSOS FEMENINOS EN TENSIÓN

por Claudia Lorenzón

«Alba Incierta», una muestra que reúne obras de Carolina Antoniadis, referente del nuevo decorativismo, quien en su obra expuso el universo femenino en tensión con los mandatos sociales de belleza, y transgredió el sentido de la musa inspiradora por el del varón como modelo estético del arte, se exhibe en la porteña Galería Calvaresi, del barrio de San Telmo.

Son 19 pinturas donde aparecen temas propios de los 80 y los 90 como la intromisión del mundo tecnológico, con profusión de colores, exaltación de texturas en un ámbito que destaca un clima de intimidad hogareña y la ornamentación oriental, con un kimono de tela que preside el ingreso al salón.

El título de la exposición, curada por Florencia Qualina, alude a un fragmento de un poema de Pier Paolo Pasolini y es una revisión de los primeros trabajos de la artista, que trae al presente con nuevas pinturas hechas especialmente en las paredes, replicando algunos motivos de los cuadros.

Ocho de las obras que aparecen en distintos formatos, realizadas entre los años 1987 y 1991, aparecen expuestas en el marco de estas nuevas ambientaciones, subvirtiendo la clásica relación fondo-figura, donde las paredes, que forman un todo con la obra, se transforman así en el fondo de la misma.

«Las pinturas de las paredes son un eco de las pinturas históricas; traen al presente de manera exagerada texturas que conforman la obra y las amplifican, transformando el espacio en una suerte de gran living», expresa la artista, quien considera que «es una exposición con cierto contenido poético, una intermitencia en el tiempo, entre el pasado y el presente. Siempre con la permanencia de lo ornamental, que me constituye y acompaña desde mis comienzos, en un ambiente cotidiano íntimo, que actúa como un refugio frente a la incertidumbre y la hostilidad exterior».

La obra de Antoniadis fue pasando por varios procesos de transformación a lo largo de su carrera. Como rasgo general, se sitúa en un espacio donde conviven la pintura y lo decorativo, límites que la misma artista se encarga de hacer imprecisos. «Todo el mundo me decía: esto es pintura femenina, es decorativo, no es arte. Cómo respuesta a eso fui profundizando lo ornamental cada vez más», manifiesta.

Durante la década de los ochenta, su pintura de interiores domésticos, con planos rebatidos, telas estampadas, distorsiones en la imagen como si fueran vistas a través de una lente «ojo de pescado» y el dominio del color, sin duda daban cuenta de su pasión por la obra de Henri Matisse.

«Son obras que hablan de mi casa familiar de la intimidad de lo cotidiano, de rescatar esos momentos de la vida comunes, de detener el tiempo en esos objetos que nos acompañan diariamente; de posar la mirada en lo más simple de una casa: la mesa, el final de un brindis en «Chin chin», obra de 1987, de una canasta con frutas pero con un fondo gráfico de lunares negros sobre fondo amarillo que contrasta con la pintura central con tono más expresionista, maniquíes con prendas decorativas que refieren a la moda al diseño», señala Antoniadis.

Distribuida en las paredes de la sala del primer piso de la galería, las obras se destacan por la profusión de colores. «Mi relación con el color es puramente intuitiva y emocional nunca me guié por las leyes del círculo cromático siempre utilicé el color para crear climas a veces expansivos a veces intimistas», explica la artista.

Antoniadis fue incorporando en su obra cada vez más lo ornamental y decorativo, en una clara alusión a los pintores vieneses del art nouveau, en particular a la obra de Gustav Klimt, visibles en las ropas, en telas ricamente decoradas u objetos de uso interior ornamentados. La ropa y la moda ocupan un rol central, visible en kimonos japoneses con profusos estampados florales, trajes de novia con encajes y puntillas o ropa interior, donde la artista juega con el significado de la palabra “interior”, aplicado tanto a la ropa interior, como a los órganos interiores del cuerpo humano.

La devoción por la belleza no aparece exenta de ironía, por ejemplo en la exquisita pintura «El príncipe de los narcisos», un retrato dedicado a un amigo sobre el que no es necesario suponer lo enamorado que estaba de su propio reflejo. «Carolina dedica también en este período una serie de obras a sus musas masculinas en un gesto, por cierto infrecuente entre sus colegas, que disloca y revierte la habitual representación del pintor y la modelo», explica Qualina.

En la obra «Un poco de Klimt» la pose de él es somnolienta, envuelto entre mantas principescas y empapelados de formas estrelladas; o en los muchos dibujos en los que aparece en brazos de Morfeo, Antoniadis le asigna el rol que tradicionalmente ocupó la mujer, no solo en la historia del arte, sino también en los cuentos populares: «El es la bella durmiente», señala la curadora.

A fuerza de evidencia empírica, Antoniadis adquiere conciencia sobre las desigualdad de condiciones dadas en el campo del arte para las artistas mujeres con respecto a los hombres. Durante los 90 incorpora títulos como “Relaciones peligrosas” o “Problemas de género”; aborda el cuerpo femenino en encrucijadas descarnadas, agobiantes relacionadas con las intervenciones estéticas a las que se sometían las mujeres para subvertir el paso del tiempo y ser vistas bellas desde la mirada masculina; integra en el lenguaje pictórico un arco de disciplinas entonces vistas con suspicacia: estampado textil, serigrafía, porcelana.

Antoniadis recuerda con otra ráfaga de imágenes y conceptos su percepción de los 90: «un nuevo modelo de sociedad neoliberal que fue vivida sin la conciencia de las consecuencias. Fue época de derroche, de viajes y visitas a museos en el exterior. Una abundancia ficticia». «En las multitudes que pueblan sus pinturas de aquel período sobrevuela el mundo globalizado que estalló en el 2001. En la “Bestia tecnológica” de 1998 otro enjambre, esta vez de circuitos integrados de computadora sobre los que estampó un dragón chino, quizás haya augurado el ahora cercano porvenir», dice Qualina.

Acompaña la exposición la proyección de un video que recorre la trayectoria de la artista, a través de distintas entrevistas. La primera de ellas da cuenta del Grupo de la X, del cual Carolina Antoniadis fue parte integrante, junto a artistas de la talla de María Causa, Ana Gallardo, Enrique Jezik, Andrea Racciatti, Pablo Siquier, Jorge Macchi, Ernesto Ballesteros, Gustavo Figueroa, Gladys Nistor, Juan Papparella y Martín Pells. El Grupo fue creado en 1987 por el escultor Ennio Iommi.

Las otras entrevistas que forman parte del video fueron realizadas por Jorge Glusberg, y director del Museo Nacional de Bellas Artes, en ese entonces. Otro reportaje fue realizado por el artista y galerista Federico Klemm, para su programa televisivo “El Banquete Telemático”, en ocasión del Primer Premio de la Fundación Klemm obtenido por Antoniadis. El video final la muestra pintando -en un cruce de artistas- junto al actor Lorenzo Quinteros. Fue una producción realizada para el canal A, un canal televisivo enfocado hacia el arte, la cultura y el espectáculo.

Antoniadis recuerda los años 80: puntea con velocidad una serie de acontecimientos públicos y privados que van tiñéndose como una tela estampada en batik. Aparecen el clima en Buenos Aires durante la post dictadura y la devastación sembrada por el modelo económico. En la Escuela Nacional de Bellas Artes “Prilidiano Pueyrredón” la política intervenía de manera constante y las discusiones giraban alrededor de preguntas como ¿existe un arte latinoamericano?; habla acerca del quiebre en la transmisión de las memorias generacionales.

«Entre el año 85/87 yo iba a la biblioteca a buscar material del Di Tella y no había nada. La dictadura había liquidado todo», cuenta la artista. La inmediatez del terrorismo de estado se vuelve ominoso: “El exilio de Gardel de Pino Solanas me marcó y el miedo me marcó. El Juicio a las Juntas; escuchar por primera vez los testimonios de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención fueron un punto de inflexión, después nada volvería a ser igual”, dice.

Eran años de cercanía con artistas como Luis Felipe Noé y Enio Iommi, instigador del Grupo de la X en 1987. A partir de entonces comenzó una veloz inserción en el sistema del arte. Ese mismo año tuvo su primera exhibición individual en la galería Altos de Sarmiento y allí ya estaba dispuesto un eje que la acompaña hasta el presente: la fascinación por el espacio doméstico magnetizado por la fuerza de lo femenino. En las pinturas del segundo lustro de los 80 su propio cuarto es un refugio resguardado de la violencia exterior a través de perspectivas oblicuas y colores extáticos que no guardaban ningún secreto de su admiración a Matisse.

La muestra puede visitarse hasta el viernes 18 de agosto, en Defensa 1136, de la Ciudad de Buenos Aires.

Fotos/Fuente: Télam

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