sábado, agosto 15

RECOLETA: DONDE LOS VIVOS EMPRENDEN SOBRE LA TUMBA DE LOS MUERTOS

En un nuevo capítulo de «Buenos Aires, la ciudad que nunca deja de facturar», Lucía Girado —artista plástica, heredera de una familia patricia y víctima involuntaria del turismo temático— descubrió a través de las redes sociales que la bóveda de sus ancestros había sido seleccionada para un upgrade comercial. No por su historia, no por su valor patrimonial, sino por algo mucho más importante: queda justo en la nueva entrada del antiguo cementerio porteño.

En la Ciudad, la ubicación lo es todo. Un departamento con humedad vale más si está cerca del subte; una tumba vale más si está cerca de la puerta. Cosas de mercado.

Lucía, que vive a diez cuadras del cementerio, jamás fue notificada. Ni ella, ni sus primos, ni sus tíos, ni los primos de los primos, ni los tíos de los tíos. Pero la bóveda sí: fue notificada con cemento mal aplicado, pintura improvisada y un futuro prometedor como «local gastronómico con souvenirs premium y base operativa para tours nocturnos». El sueño de cualquier difunto emprendedor.

El Gobierno porteño justificó la intervención por “abandono”. Lucía, en cambio, explicó que el abandono era tan real como la meritocracia: un concepto flexible. Ella había iniciado trámites, intentado arreglar, preguntado, insistido. Pero siempre se topaba con la misma respuesta burocrática: “Tiene que venir el titular”. El titular, claro, lleva décadas sin moverse del lugar. Cosas que pasan cuando uno está muerto.

Mientras tanto, la licitación avanza con entusiasmo digno de una startup; el concesionario abonará por la bóveda un canon mensual de apenas $1.600.000 más el 20% de los ingresos del turismo nocturno y podrá realizar en el sepulcro modificaciones “reversibles”, como si se tratara de un departamento alquilado en Recoleta.

El proyecto incluye una tienda de recuerdos, venta de alimentos y bebidas, y la base para visitas nocturnas. Porque nada dice “cultura” como un turista alemán tomando un flat white sobre los restos de una familia patricia mientras espera que empiece el tour «Recoletta After Dark».

Lucía, que en un momento se alegró creyendo que habían arreglado la bóveda por fin, ahora enfrenta la realidad: no era restauración, se trataba de una puesta en valor comercial. Una diferencia sutil, pero fundamental. La restauración respeta; la puesta en valor vende.

La artista también expresó su horror ante la idea de un café sobre la bóveda familiar. Aunque, siendo sinceros, en Buenos Aires ya hemos visto parrillas en veredas de 40 cm, bares en estaciones de subte, coworkings en edificios que se caen a pedazos y ferias gastronómicas en lugares donde antes había oficinas públicas. Un café sobre una tumba es casi un homenaje a la identidad local.

Lo único que falta definir es el menú, pero ya circulan rumores:
– Café con leche “Patrimonio No Declarado”.
– Medialuna genealógica.
– Tostado de Jamón y Eterno Descanso.
– Submarino Nocturno con Recorrido Guiado.
– Combo Familiar: café + souvenir + foto con la bóveda.

Y el merchandising promete romperla:
– Tazas que dicen “Mi primera visita nocturna”.
– Remeras con “Sección 17, Tablón 201 Survivor”.
– Imanes de heladera con forma de ángel llorón.

Mientras tanto, los familiares siguen sin saber dónde están los restos de sus antepasados: padres, abuelos, tíos y demás parentela. Pero el canon mensual está clarísimo. Prioridades.

En resumen: La Ciudad encontró una forma de unir dos pasiones porteñas —la falta de comunicación oficial y el turismo— en un solo producto. Y, como siempre, los muertos no tienen voz, pero sí una excelente ubicación comercial.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *