
El Recoleta como laboratorio de relatos, memorias y cuerpos en tránsito
El jueves 20 de agosto, el Centro Cultural Recoleta vuelve a abrir sus salas como un espacio donde las preguntas sobre identidad, memoria y comunidad se transforman en materia. Tres exposiciones —tres mundos, tres modos de mirar— se despliegan en las salas 4, 10 y 11, seleccionadas en la convocatoria federal anual que busca amplificar voces emergentes de todo el país. No se trata solo de exhibir obras: se trata de activar relatos que insisten, que vuelven, que se transforman.
Más que una inauguración, el Recoleta propone un ejercicio colectivo: pensar cómo se narran las memorias, cómo se transmiten los cuerpos, cómo se sostienen —o se quiebran— las identidades que habitamos.
La inmersión como lenguaje
“Melodía encadenada”, de Andrés Aizicovich, propone un gesto inicial: sumergirse. No como metáfora liviana, sino como experiencia física y mental. En sus pinturas, cuerpos flotantes y contorsionados atraviesan una línea de agua que separa —o une— superficie y profundidad. Ese umbral funciona como frontera móvil entre lo que se ve y lo que se intuye.
La instalación se completa con cinco cabezas-vasijas que hacen circular agua en un circuito cerrado. El flujo constante vuelve audible lo que suele permanecer en silencio: la memoria, los relatos, las formas en que una comunidad se piensa a sí misma. En palabras del curador Javier Villa, en la obra de Aizicovich “el interior y el exterior no designan posiciones espaciales, sino estados”. El cuerpo como territorio en movimiento; el lenguaje como materia que se hunde y emerge.
Cerámicas que viajan en el tiempo
En la sala 10, Manuel Sigüenza presenta “Eslabón de Leyes”, una investigación sensible sobre un conjunto de cerámicas halladas en los años treinta en el arroyo Leyes, Santa Fe. Sigüenza no busca descifrar esos objetos como si fueran un enigma arqueológico: los usa como disparadores para pensar cómo se construyen los relatos que sostienen una cultura.
Las cerámicas —fragmentos, restos, supervivencias— se vuelven máquinas del tiempo. No por lo que “son”, sino por lo que producen: imaginarios, instituciones, narrativas que se reescriben una y otra vez. Villa lo sintetiza así: “Recurrimos a ellas para paliar esa necesidad insaciable de seguir construyendo relatos que nos permitan responder quiénes somos”. La pregunta identitaria como un eslabón que nunca termina de cerrarse.
La potencia marrón-indígena
En la sala 11, Flor Alvarado despliega “Fantasía de valor”, con curaduría de Carla Barbero. Su obra —dibujo, pintura, escultura, performance— emerge desde una perspectiva marrón-indígena atravesada por la historia migrante de su familia. Alvarado trabaja con materiales que hablan: carbonilla sobre madera, pastel tiza sobre papel misionero, cajones del circuito frutihortícola convertidos en escultura. Cada soporte es una biografía.
La artista explora la feminidad racializada y las tensiones con la construcción histórica de una Argentina blanca. Lo hace desde una poética donde el deseo, el humor y la materialidad desordenan jerarquías sociales y estéticas. Barbero lo resume: Alvarado articula imaginarios que incomodan, que abren fisuras, que devuelven al cuerpo su potencia política.
Un territorio abierto
Las tres muestras pueden visitarse desde el 20 de agosto en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930, CABA), con entrada libre y gratuita para argentinos y residentes. Martes a viernes: 12 a 21 h Sábados, domingos y feriados: 11 a 21 h.
