jueves, julio 23

MAESTROS. EL BOSQUE Y EL ÁRBOL

La Boca respira humedad, pintura y pasado. A las dos de la tarde del primer sábado de agosto, cuando el Museo Quinquela Martín abra sus puertas para inaugurar Maestros. El Bosque y el Árbol, más que una muestra, pondrán en movimiento una forma de mirar. Gaby Messina lleva más de una década entrando en talleres ajenos como quien entra en un bosque. No para escuchar cómo cruje la madera de cada artista cuando trabaja.

La escena se repite: una puerta que se abre, un olor a trementina, la luz filtrada por una ventana que ya vio demasiados inviernos. Luis Felipe Noé rodeado de papeles que parecen respirar. Marta Minujín en un caos perfectamente orquestado. Gyula Kosice con la serenidad de quien inventó su propio universo. Julio Le Parc en un laboratorio de reflejos. Todos en ese punto donde la obra ya no es solo obra: es biografía, es territorio, es testimonio.

Messina los retrata ahí, en sus madrigueras creativas. No busca la pose, sino el pulso. La muestra reúne 112 fotografías y un documental de 70 minutos con música de Gustavo Santaolalla, donde las voces de los artistas se escuchan sin intermediarios. No hablan para explicar: hablan para existir. Y el público, si presta atención, podrá ver cómo el gesto de un creador envejece sin perder filo.

El museo que los recibe también es un taller. Quinquela Martín vivió y pintó en ese edificio que hoy funciona como contenedor de memorias. La curaduría de Helena Ferronato y Silvina Amighini propone un diálogo explícito con el retrato que Aldo Sessa le hizo a Quinquela en 1962. Un maestro mirando a otros maestros, como si el tiempo fuera una línea continua y no una sucesión de rupturas.

Ferronato lo resume así: las fotos de Messina abren puertas. Pero no puertas metafóricas: puertas reales, de madera hinchada, de metal oxidado, de vidrio empañado. Detrás, talleres y hogares donde conviven herramientas, objetos, obras en proceso y recuerdos que no se dejan ordenar. Cada artista es un ecosistema. Cada taller, un mapa de su identidad.

Messina —que empezó en publicidad, se formó con Goldstein, López y Rivas, y hoy exhibe en Nueva York, Tokio, Medellín, Washington o Argelia— trabaja con la paciencia de quien sabe que la intimidad no se conquista, se acompaña. Su obra recorre la emoción humana, la ancianidad, las creencias populares, las raíces afro y las historias que suelen quedar fuera del cuadro. En 2026 presentará Raíces de una Argentina afro en la Universidad de Virginia, pero ahora, en La Boca, vuelve a su propio origen: mirar para entender.

La muestra no es solo un registro. Es una pregunta: ¿dónde nacen las obras? ¿En el gesto? ¿En el espacio? ¿En la vida acumulada? Messina parece sugerir que nacen en un bosque: el de la experiencia, el de la memoria, el de los objetos que rodean a cada artista como árboles que sostienen el paisaje.

En agosto, ese bosque se abrirá para quien quiera entrar. Sin mapa, sin guía, sin promesa de claridad. Solo con la certeza de que, al mirar a los artistas en sus talleres, también miramos algo de nosotros mismos.

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