
La primera impresión es el silencio. No el silencio solemne de una sala de museo, sino uno más denso, como si cada puntada bordada sobre las fotografías emitiera un sonido mínimo, persistente, capaz de atravesar 32 años de espera. En el Espacio de Arte AMIA, la muestra Entre zurcir y suturar propone una escena íntima en medio de una historia colectiva marcada por el terrorismo y la impunidad. Las imágenes intervenidas por la artista Natalia Zaidman —35 retratos de víctimas del atentado del 18 de julio de 1994— se presentan como pequeñas resistencias contra el desgaste del tiempo.
La vida antes del estallido
Vacaciones, casamientos, actos escolares, cumpleaños, partidos de fútbol, embarazos deseados. Las fotos recuperadas por las familias podrían pertenecer a cualquier álbum familiar argentino de los años noventa. Pero aquí, cada imagen está atravesada por hilos de colores que no decoran: señalan. Zaidman borda sobre lo que la explosión del coche bomba interrumpió para siempre. En cada puntada hay una pregunta sobre la vida que quedó suspendida, sobre la continuidad que no llegó a ser.
La muestra parte del libro Sus nombres y sus rostros, publicado por AMIA un año después del atentado, donde se sintetizan las historias de vida de las 85 personas asesinadas. Ese material, junto con las fotos familiares, se convierte en la materia prima que Zaidman trabaja con precisión y afecto. Su gesto artesanal se vuelve político: rescatar la identidad de cada víctima sin reducirla al hecho violento que la arrancó del mundo.
El hilo como gesto de memoria
Elio Kapszuk, curador de la muestra y director de Arte y Producción de AMIA, insiste en que el bordado no es un adorno. Es una intervención que confronta la reproducción mecánica de la fotografía con el gesto manual, íntimo, casi doméstico. “El hilo destaca, resalta, evidencia y construye”, dice. En cada diseño hay una lectura de la vida que representaba esa imagen, una forma de abrirle el alma al retrato.
El bordado opera en dos direcciones: devuelve vitalidad a un recuerdo amenazado por el paso del tiempo y, al mismo tiempo, señala la herida social que persiste ante la ausencia de justicia. No oculta la cicatriz: la ilumina. Cada retrato se vuelve un acto de memoria que transforma el dolor en refugio y obliga a mirar de nuevo, a mirar mejor.
La artista y su responsabilidad amorosa
Zaidman, fotógrafa y directora creativa, resume en sus redes: “Hago y bordo fotos”. Pero en esta muestra hace algo más: borda sobre la historia argentina reciente, sobre una herida que no cierra. En la inauguración, agradeció a las familias y habló de responsabilidad, amor y compromiso. “La causa AMIA me atravesó desde siempre”, dijo. Su intervención no busca reparar lo irreparable, sino acompañar. Zurcir lo que se rompió, suturar lo que aún duele.
Un espacio para volver a mirar
Entre zurcir y suturar puede visitarse hasta el 14 de agosto en el Espacio de Arte AMIA (Pasteur 633). La entrada es libre y gratuita; sólo se requiere DNI. La muestra no promete respuestas. Ofrece, en cambio, una experiencia de contemplación activa: detenerse frente a cada vida, reconocerla, sostenerla, y asumir que la memoria —como el bordado— es un trabajo paciente, manual, insistente.
