RENNÓ Y LA CONSTRUCCIÓN DEL SENTIDO

Dolores Pruneda Paz

Lo analógico como convicción, como forma de ir contra la urgencia y la velocidad, como posibilidad de reflexión y creación de sentido que se vale de la tecnologí­a digital sólo como instrumento, son hilos invisibles que entretejen la obra de la brasileña Rosangela Rennó; fotógrafa, arquitecta y suerte de rescatista o restauradora de imágenes que visitó el país en el marco de un programa educativo del Buenos Aires Photo y de dos exposiciones en PROA y Malba.
Los tatuados carcelarios de Rennó, parte de la serie “Cicatriz” que construyó a partir de archivos y negativos del Museu Penitenciário paulista -los cortes con que los presos se tatúan la carne- pueden verse hasta el 13 de septiembre en la porteña Fundación Proa de avenida Pedro de Mendoza 1929, parte de la muestra “Latin América” creada con la obra más contemporánea y sociopolítica de la colección Daros.
Mientras que “Vera Cruz”, “un documental imposible realizado en 2000”, dice Rennó, se podrá ver del 26 de julio al 25 de agosto en el Malba -avenida Figueroa Alcorta 3415-, dentro de la exposición “Memorias imborrables”, de la Colección Videobrasil curada por su director, Agustín Pérez Rubio.
Se trata de “una ficción brutal -describe la artista-, 44 minutos basados en la imposibilidad de documentar el descubrimiento de Brasil y de un diálogo entre portugueses e indios”, que transforma los relatos históricos en un filme de clase B.
En manos de Rennó, esos documentos devienen “una película de mala calidad -creada a partir de la carta que el explorador Pero Vaz de Caminha envía al Rey Manuel I de Portugal en 1500-, la cual se queda con lo único que tiene: textos subtitulados y el sonido del viento y del mar”, consigna su creadora.
Como esos documentos que resignifica en cada trabajo -“manejo un principio de economí­a en el que miro lo hecho en busca de nuevos sentidos en lugar de producir nuevas imágenes”, resume sobre sus obras poco ortodoxas en la técnica, que también siguen en movimiento.
Sus ‘injerts’, fotos laminadas, negativos de vidrio, montajes en metal, madera y ‘stereophone’ -las posibilidades son vastas-, se vuelven borrosos y poco contrastados: Rennó deja “que sigan su curso”.
“Hay varias cosas que funcionan de esa manera -analógica- y así prefiero dejarlas, otras las restauro pero no todo”, dice en un fluído español que aprendió en sus días de estudiante de Bellas Artes en Minas Gerais -“muchos libros venían sólo en castellano”, recuerda-, resistiéndose a la contemporaneidad virtual y viralizante donde “todo se pide en formato digital”.
Esta arquitecta, ganadora de la Beca Guggenheim, dio sus primeros pasos en la fotografía con la cámara Ricoh de su padre en su Bello Horizonte natal -“tenía unos 10 años, por el 72, papá la usaba sólo con la familia”, recuerda-.
La ‘trilha’ (senda) que continuó demarcando ya de adolescente, “coleccionando diapos, fotos y negativos que encontraba en la calle”, hoy la deja absorta con “la ‘cloud'”, dice, la nube virtual que reúne un número inabarcable de datos e “imágenes digitales sacadas para no ser vistas nunca”.
“En términos filosóficos ‘la cloud’ me deja mal”, afirma Rennó, cuya trayectoria pulsa en torno a la memoria y la desmemoria; “al aspecto icónico inicial que tiene la materia que puede ser el papel o la pelí­cula fotográfica; al reconocimiento del otro en una imagen ajena como parte de una humanidad, de un flujo, algo que no encuentras en lo digital”.
“La memoria es parte de la humanidad, camina junto con el ser humano en términos de proceso, por eso es fundamental y compleja, no puede existir sin olvido. Hay que aprender a convivir y saber qué es lo que se puede borrar y qué es preciso mantener”, resume.
Hay cosas anteriores a la memoria que uno rescata con esas imágenes y son los sentidos, algo que se asocia a lo más intuitivo e instintivo de la humanidad hombre.
“Esa cuestión más carnal o medular me interesa tanto como la imagen -dice Rennó-: inciensos, humo y resinas de árboles, depositarios de una valor simbólico, espiritual y sobrenatural atávico”, una carga mágica similar a la descubrió en su infancia cuando revelaba las imágenes que tomaba, de las cuales no sabía qué sería, con la básica Ricoh de su padre, fotómetro en mano, porque no venía dentro de la máquina.
“Yo era súper niña y todo tardaba mucho más -rememora-, no era una foto instantánea, no sabí­a qué estaba sacando, pero este es lo mágico de la imagen, ese espacio de reflexión que permite, que empezó como aventura, mirando fotografí­as, negativos y diapos que me encontraba en la calle, de adolescente y me parecí­a fascinante.. tener imágenes chiquitas de intimidades extrañas, siempre me atrajo mucho meterme en la memoria de los otros”.
Una intimidad que en lo colectivo, asegura, encuentra un eco en todo el continente, “los procesos, problemas o la necesidad de rescatar, comprender o buscar documentaciones dentro de este flujo, cosas que desaparecen o se pierden intencionalmente o no son muy similares en el Cono Sur”.
“No puedo hablar del caso especí­fico argentino, pero sé que tenemos historias similares en ciertos puntos y su trabajo con la memoria me interesa porque ustedes le están dando nombre a los fantasmas, con más facilidad, dentro del dolor que en cualquier otro país sudamericano; y en Brasil quieren mantener los fantasmas, no quieren tocarlos, hay una voluntad de no devolverle los nombres a la gente”, se despide.