sábado, febrero 14

¿POR QUÉ LEER EN FORMA COLECTIVA?

La terraza del Centro Cultural Recoleta se llenó de lectores y lectoras el sábado 31 de enero bajo un cielo de verano porteño que a ratos regalaba sombra y a ratos hacía brillar las páginas de los libros. Más de cuatrocientos lectores se sentaron en círculo —o en pequeñas agrupaciones informales— para leer al mismo tiempo en forma conjunta. El barrio aparecía en el horizonte transformado en sala de lectura colectiva.

El encuentro, organizado por Por qué leer —el proyecto de comunicación de la lectura que la periodista y productora Cecilia Bona fundó en 2018— resumió en unas horas la idea que impulsa la iniciativa: leer no es siempre un acto solitario, es también una práctica comunitaria que reclama espacio público. Desde 2020, el ciclo bautizado Colectivo de lectores se despliega en distintos puntos del país; la jornada en Recoleta sumó otra entrega a una lista que ya incluye a Rosario, Córdoba, San Juan, San Luis, Mendoza, Entre Ríos, Chubut y la propia provincia de Buenos Aires.

La consigna, sencilla y potente, se hizo sentir en la convocatoria: cada persona trajo su ejemplar, eligió su página y, por media hora, se dedicó a una lectura silenciosa compartida. La paradoja fue evidente y gozosa: el silencio se sintió multitudinario. Entre las sillas y las baldosas, se percibía el rasgueo de hojas, el pasar de una página, respiraciones que marcaban el ritmo de esa comunidad efímera. Antes y después de ese lapso, hubo conversación abierta: intercambios sobre lecturas, recomendaciones, preguntas sobre el oficio de leer y sobre la cadena de producción que lleva un libro hasta nuestras manos.

Bona, desde la organización y la militancia en favor del acceso a la lectura, propuso una reflexión que atravesó la tarde: “No estamos solos cuando abrimos un libro: detrás de cada ejemplar hay una cadena de personas que intervinieron para que llegáramos a él”. Con esa frase, la lectura se volvió acto relacional: no solo contacto con el texto, sino encuentro con la voz de otro—contemporánea o ya lejana—y con la presencia de quienes imprimieron, editaron, distribuyeron y recomendaron. En ese marco, la periodista invitó a pensar la lectura como búsqueda consciente “de la palabra de un otro”, una búsqueda que también exige que el libro exista, que circule y que ocupe el espacio público.

La estructura del evento fue concreta y funcionó como ritual breve: conversación inicial, treinta minutos de lectura silenciosa simultánea, puesta en común de experiencias y, para cerrar, sorteos de libros y productos afines. Esos sorteos funcionaron como recordatorio práctico de una idea política: para que la lectura llegue, el libro tiene que estar ahí, fuera de estanterías cerradas, visible y disponible. “Salir de las estanterías, ocupar el espacio público, habitar nuestras conversaciones y ser parte de las opciones culturales”, dijo Bona, y esas palabras resonaron entre quienes buscaban devolver la lectura a la vida cotidiana.

La escena deja una estela: La de una ciudadanía que recrea el acceso a la palabra escrita en tiempos donde lo público se disputa en muchos frentes. La terraza del Recoleta, por unas horas, fue una plaza lectora; un recordatorio de que los libros, para cumplir su función social, necesitan circulación y presencia. Y también fue un testimonio de que la lectura puede ser acto colectivo: un gesto pequeño en apariencia —abrir un libro, sumergirse en una página— que, multiplicado, produce la sensación de estar acompañados por una multitud de voces.

Foto: Luciana Gallo

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