lunes, septiembre 7

NOBERTO GALASSO: UNA VIDA DE LIBROS Y MILITANCIA

por Lucía Pereyra

Hoy lunes 7 de septiembre, por la madrugada, falleció el intelectual e historiador Norberto Galasso. Tenía 90 años y, hasta pocas semanas antes de su muerte, seguía escribiendo, dando entrevistas, insistiendo en que la historia argentina todavía tenía zonas oscuras que él quería iluminar. Su partida fue el cierre de una biblioteca viviente, de un archivo humano que durante seis décadas se dedicó a revisar, discutir y tensionar el relato oficial.

En los últimos años, Galasso padeció dificultades de movilidad y un progresivo deterioro físico. Aun así, continuó publicando artículos y participando en entrevistas, casi como un acto de resistencia contra la fragilidad de la vejez. La imagen de su escritorio —papeles apilados, libros abiertos, anotaciones manuscritas— se volvió una metáfora de su persistencia: un hombre que, incluso cuando el cuerpo cedía, seguía pensando en nacional.

Su vejez también estuvo marcada por un gesto político que lo hirió: en septiembre de 2025, el gobierno de Javier Milei derogó su nombramiento como Embajador de la Cultura Popular Argentina, un cargo honorífico que había recibido en 2014. La decisión fue presentada como parte de un recorte administrativo, pero para Galasso fue una forma de desmantelar símbolos. Él, que había dedicado su vida a estudiar a los “malditos” de la historia argentina, se convertía, otra vez, en uno de ellos.

Norberto Félix Galasso nació el 28 de julio de 1936 en Buenos Aires. Se graduó como contador en la UBA en 1961, pero su verdadera formación ocurrió en otro lado: en las bibliotecas, en los bares donde se daban cursos clandestinos durante la dictadura, en las discusiones con militantes de izquierda y nacionalistas.

En los años sesenta se acercó al Partido Socialista de la Izquierda Nacional, liderado por Jorge Abelardo Ramos. En los setenta, su vínculo con Arturo Jauretche —de quien luego escribiría una biografía monumental— lo consolidó como una figura central del pensamiento nacional. Trabajó como síndico en Eudeba en 1973, hasta que la dictadura censuró varios de sus libros y lo empujó a dar clases en lo que él llamaba “la universidad de las catacumbas”: casas, librerías, bares.

Galasso publicó más de 70 libros. Su producción es una cartografía alternativa de la historia argentina: Mariano Moreno, Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, Discépolo, Perón, Eva Perón, San Martín, Jauretche, John William Cooke.

Entre sus títulos más influyentes se destacan: Mariano Moreno y la revolución nacional (1963), Raúl Scalabrini Ortiz y la lucha contra la dominación británica (1970), Manuel Ugarte: un argentino maldito (1974), La Revolución de Mayo: el pueblo quiere saber de qué se trató (1994), Mauricio Macri y la vuelta al pasado (2015).

Su obra no sólo revisa hechos: discute sentidos. Galasso se propuso desmontar la historia liberal y reconstruir una genealogía popular, latinoamericanista, plebeya. Su estilo —mezcla de erudición y militancia— lo convirtió en un referente para el peronismo, el socialismo nacional y los movimientos culturales que buscaban una identidad propia.

En su casa de Parque Chacabuco, declarada sitio de interés cultural en 2024, Galasso vivía rodeado de libros y papeles. Quienes lo visitaban describían una escena casi anfibia: el historiador como un animal de archivo, sumergido en documentos, emergiendo sólo para dar una clase, una entrevista, una charla en alguna biblioteca popular del conurbano.

Su modo de hablar —pausado, didáctico, siempre con una cita a mano— era parte de su identidad. En entrevistas, solía repetir que la historia argentina estaba llena de “zonas de sombra” y que su tarea era iluminar lo que otros preferían dejar oculto.

La muerte de Norberto Galasso deja un vacío difícil de llenar. Su obra queda como un archivo vivo, una invitación a pensar la Argentina desde sus márgenes, sus derrotas, sus gestos de rebeldía. Su vejez, marcada por el deterioro físico y por decisiones políticas que buscaron despojarlo de símbolos, no logró apagar su voz.

Galasso murió como vivió: escribiendo, discutiendo, peleando por una historia que no se conforme con las versiones oficiales.

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