El sol del domingo caía oblicuo sobre las venecitas que tapizan el Pasaje Lanín y, con cada destello, la celebración se hacía más colorida. No se trató de un domingo cualquiera, sino del día en que este corredor artístico de Barracas cumplió 25 años desde que Marino Santa María decidió convertir la fachada de su taller en un estallido de color… y contagió a todo el vecindario.
A partir del mediodía, vecinos, curiosos y turistas empezaron a poblar las tres cuadras que van de Brandsen 2100 a Av. Suárez 2001. El propio Santa María inauguró la jornada con unas palabras emotivas, rememorando aquel impulso de los años 90, cuando un experimento personal terminó transformando 40 frentes de casas en una de las postales más queridas del arte urbano porteño.
Mientras la Fanfarria del Capitán y Zeta Yeyati marcaban el ritmo de la apertura, las mesas comunitarias se llenaban de empanadas, tartas caseras y charlas cruzadas. El almuerzo compartido funcionó como un recordatorio de que este pasaje no solo es una obra colectiva, sino también es un barrio que se reconoce en sus colores, sabores y vivencias compartidas.
A las dos de la tarde, los más chicos se arremolinaban alrededor del taller de mosaíquismo que el propio Santa María dirige con paciencia de artesano. Pequeñas manos acomodaban venecitas como si estuviesen aprendiendo un idioma nuevo, el mismo que desde hace décadas habla cada fachada del pasaje.
La música acompañó la jornada sin pausa: Juan Pablo Esmok con su guitarra, el dúo de Eduardo Portela con tangos que se cuelan entre los murales y, más tarde, la Escuela de Música de Barracas, que aportó el cierre con espíritu barrial.
Caminar por Lanín en su aniversario es entender por qué este rincón se volvió un ícono. No trata tan solo de un museo a cielo abierto, sino de un gesto comunitario. Un recordatorio de que, cuando el arte se mezcla con la vida cotidiana, las calles dejan de ser simples calles y se vuelven relatos. Y hoy, ese relato cumple 25 años brillando un poco más que de costumbre.
