viernes, agosto 21

ALMA NACIENTE: IMAGINAR EL FUTURO CON EL CUERPO

Hay exposiciones que se recorren con los ojos y otras que exigen algo más: una disposición física, casi afectiva, para entrar en un territorio donde las imágenes no ilustran, sino que palpitan. Alma naciente, la nueva muestra de Gabriel Altamirano en la Casa Nacional del Bicentenario, pertenece a esa segunda especie. No se mira: se habita.

La propuesta curatorial de Gastón Fournier se presenta como un paisaje mental en construcción que parte de una pregunta que parece simple, pero en realidad, nos desarma: ¿qué imágenes inventamos para poder imaginar el futuro? En tiempos en los que la imaginación dejó de ser un refugio para convertirse en una exigencia —como advierte Byung-Chul Han—, Altamirano se atreve a volver a ese instante íntimo en el que el deseo todavía no es un mandato, sino un impulso vital.

Durante años, el artista construyó un universo visual poblado por animales, cuerpos blandos, símbolos y escenas que no pertenecen del todo a la memoria ni a la fantasía. Son imágenes que flotan en un espacio intermedio, ese territorio que Gastón Bachelard llamaría ensoñación: cuando la imaginación deja de representar el mundo para empezar a producirlo.

Alma naciente se mueve en esa zona. No busca respuestas, ni fórmulas, ni promesas. Propone una arquitectura emocional en la que cada obra funciona como un fragmento de una imaginación activa, siempre proyectada hacia adelante.

En el centro del recorrido aparece una figura monumental: un autorretrato textil de cinco metros, blando, expandido, vulnerable. No es una escultura en el sentido tradicional. Es un cuerpo disponible. Un refugio simbólico que el público puede rodear, tocar, experimentar. Una invitación a pensar el deseo no como empuje productivo, sino como descanso, fragilidad, posibilidad.

La muestra se despliega como un sistema sensorial: dibujos, esculturas, piezas textiles, instalaciones y dispositivos que construyen atmósferas mediante luz, sonido y olor. Cada sala es un estado de la imaginación. Un clima emocional. Un pequeño mundo donde la proyección del futuro y la memoria se entrelazan sin jerarquías.

Altamirano parece recordarnos algo que sabemos pero olvidamos: habitamos imágenes antes de habitar realidades. Nos pensamos en versiones futuras, nos proyectamos en vínculos, logros, transformaciones. La imaginación es motor, pero también presión. En una época que exige rendimiento incluso en el plano del deseo, Alma Naciente propone un gesto contrario: volver a la intimidad de la imagen que nace, a la ficción personal que nos permite avanzar sin tener que justificarnos.

Altamirano, formado en Artes Visuales y Diseño Gráfico, vive en Buenos Aires desde 2013. Su obra —exhibida en Argentina, Colombia, Nueva York, Portugal y España— explora las redes humanas que se tejen entre memoria, vínculo, tiempo y espacio. Mezcla técnicas clásicas con tecnologías contemporáneas, y encuentra en el dibujo un laboratorio para pensar lo sensible.

Fournier, por su parte, llega a la curaduría desde un cruce poco habitual: la hospitalidad, el branding y la gestión cultural. Su práctica se apoya en la construcción de experiencias y en una mirada estratégica que entiende el arte como un territorio de vínculos y afectos. Esa perspectiva se siente en Alma Naciente: la muestra no solo se observa, sino que se vive.

Hasta el 27 de septiembre, en el cuarto piso de la Casa Nacional del Bicentenario, Alma Naciente propone un recorrido que es también un ejercicio: volver a imaginar sin obligación, sin productividad, sin mandato. Volver a ese instante en que el deseo empieza a tomar forma y, por un momento, nos permite habitar un futuro posible.

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