
Eran las cinco en punto de la tarde y la esquina de Callao y Corrientes volvió a parecerse a aquella Buenos Aires que muchos creían perdida. Una Buenos Aires donde la gente todavía se reúne alrededor de un libro, de un disco o de un recuerdo. Una ciudad que, por unas horas, detuvo su marcha para abrazar una librería y una disquería. Una ciudad que salió a defender una parte de sí misma.
El sábado 31 de octubre, frente a Zivals, cientos de personas se tomaron de las manos bajo una consigna sencilla y contundente: «Zivals no se expropia, Zivals no se va». La convocatoria nació como respuesta al proyecto del Gobierno de la Ciudad de expropiar el edificio para las obras de la futura Línea F de subte. Pero lo que ocurrió esa tarde fue mucho más que una protesta vecinal. Fue una declaración de amor a la memoria.
Hay lugares que venden cosas y lugares que guardan historias. Zivals pertenece a la segunda categoría.
Desde 1971 funciona en esa esquina estratégica donde dos ciudades parecen encontrarse. Hacia el norte comienza la Recoleta de los palacios franceses, de las embajadas, de los cafés elegantes y de la tradición intelectual porteña. Hacia el sur se despliega Corrientes, la avenida de los teatros, de las librerías abiertas hasta la madrugada, de los cafés donde generaciones enteras discutieron literatura, política, fútbol y música.
Es difícil imaginar un punto más simbólico.
Por aquellas calles caminaron Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, figuras inseparables de la vieja Recoleta literaria. Muy cerca resonaron los pesados pasos de David Viñas, que convirtió a Buenos Aires en una de las protagonistas secretas de sus obras. Y algunas cuadras más allá, sobre la misma Corrientes, construyeron su leyenda Enrique Santos Discépolo, Tita Merello, Aníbal Troilo y Astor Piazzolla, cronistas musicales de una ciudad melancólica y brillante al mismo tiempo.
Ninguno de ellos necesitó conocer Zivals para explicar por qué importa.
Porque Zivals es heredera de ese mundo. Es uno de los últimos lugares donde la conversación cultural sigue ocurriendo cara a cara.
Durante más de medio siglo, músicos, periodistas, coleccionistas, escritores y lectores encontraron allí discos imposibles, primeras ediciones, grabaciones descatalogadas o simplemente una charla. En una época en que todo parece consumirse con un clic, Zivals conservó la costumbre antigua de demorarse.
Por eso muchos vecinos de Recoleta la sienten como propia.
Allí convergen el profesor universitario que bajaba caminando desde Plaza Francia, el coleccionista de jazz que llegaba desde Barrio Norte, el actor que acababa de abandonar una función teatral sobre Corrientes y el adolescente que ahorraba durante meses para comprar su primer vinilo.
La ciudad democrática de la cultura.
La ciudad donde importaba más lo que uno leía o escuchaba que el barrio en el que vivía.
En el centro del abrazo estuvo Fernando Laviz, propietario de Zivals y custodio de una historia que ya atraviesa tres generaciones. Su mensaje resumió el sentido de la convocatoria: «Lo que está en juego no es solamente la continuidad de un comercio. Son 55 años de historia, decenas de puestos de trabajo, un proyecto cultural vigente y un lugar de encuentro que pertenece a la memoria afectiva de la ciudad».
La expresión «memoria afectiva» apareció una y otra vez durante la jornada. Porque quienes participaron del abrazo no hablaban de metros cuadrados ni de indemnizaciones. Hablaban de momentos.
Del disco que compraron con el primer sueldo.
Del libro que cambió una vida.
De la recomendación inesperada detrás del mostrador.
De los hijos que volvieron a recorrer las mismas estanterías por las que habían pasado sus padres.
En la multitud se respiraba una extraña mezcla de resistencia y nostalgia. Como si todos comprendieran que la discusión excede la suerte de un comercio.
Lo que está en juego es una pregunta más profunda: ¿cómo crece una ciudad sin borrar su memoria?
Desde Zivals sostienen que la construcción de la Línea F puede compatibilizarse con la preservación del edificio y remarcan que no se oponen al subte sino a una solución que obligue a demoler un espacio cultural emblemático.
Mientras tanto, desde las alturas, una figura parecía observar la manifestación.
Sobre la terraza sobresale el gigantesco mural de Charly García, realizado por el artista Martín Ron. La obra, de unos 195 metros cuadrados, convirtió la esquina en una nueva postal de Buenos Aires y en un punto de peregrinación para los amantes del rock argentino.
Debajo del rostro inmenso de Charly, cientos de personas defendían el lugar donde la música y los libros siguen teniendo un domicilio físico.
Como si la ciudad estuviera intentando impedir otro bombardeo.
No sobre los edificios.
Sobre la memoria.
Esa tarde no hubo grandes discursos ni consignas agresivas. Hubo aplausos, abrazos y recuerdos. Hubo personas que no querían perder una parte de la Buenos Aires que conocieron.
Quizás por eso el acto tuvo algo de aquellas causas que tanto le gustaban a Osvaldo Soriano: la obstinación entrañable de quienes saben que algunas cosas no tienen precio. Y algo de las preguntas que suelen recorrer las crónicas de Martín Caparrós: qué parte de una ciudad desaparece cuando desaparecen sus lugares. No porque ambos escritores hayan escrito sobre esta esquina en particular, algo que no hemos podido verificar documentalmente, sino porque la discusión que hoy rodea a Zivals parece hecha de las mismas materias que alimentaron sus textos: memoria, identidad y pertenencia.
Al anochecer, Corrientes recuperó su ritmo habitual. Los colectivos siguieron pasando. Las marquesinas volvieron a encenderse. Los peatones apuraron el paso hacia los teatros.
Pero algo había quedado suspendido en el aire.
La certeza de que los edificios pueden demolerse.
Las estaciones pueden construirse.
Los comercios pueden mudarse.
Lo que resulta mucho más difícil de reemplazar es un lugar donde generaciones enteras aprendieron a reconocerse.
Por eso la consigna que resonó aquella tarde no hablaba solamente de una disquería ni de una librería.
Hablaba de Buenos Aires.
Porque para miles de porteños, Zivals no ocupa una esquina de la ciudad.
La ciudad ocupa un rincón de Zivals.
