
Cada 12 de octubre, en esta parte de la tierra donde “la historia se cayó como se caen las piedras, aun las que tocan el cielo”, vuelve a abrirse una herida que nunca terminó de cerrar. Una fecha que durante siglos se intentó cubrir con palabras suaves —“descubrimiento”, “conquista”, “encuentro”— como si el lenguaje pudiera borrar la violencia. Pero la tierra, como la memoria, guarda todo.
El concepto de genocidio, definido por la Convención de las Naciones Unidas en 1948, permite nombrar con precisión aquello que se quiso ocultar: un proyecto planificado para desaparecer pueblos enteros, sus culturas, sus lenguas, sus descendencias. Un proyecto que en América se desplegó con la misma lógica que en otros genocidios reconocidos: destruir para dominar, borrar para ocupar.
Antes de que el colonialismo europeo pisara estas tierras, Abya Yala —“Tierra viva”, como la nombran los Kuna de Panamá— ya era un continente pleno de culturas, saberes y espiritualidades. No era un vacío esperando ser llenado, sino un mundo maravilloso, poblado y lleno de vida en sí mismo.
Los registros arqueológicos hablan de presencias humanas de más de 14.000 años en Argentina y más de 20.000 en el continente. Pero más allá de los números, lo que importa es la continuidad: cinco siglos de intento de exterminio no pudieron con miles de siglos de raíz.
Es una historia donde conviven infancias pobres, pueblos trabajadores y cuerpos marcados por la tijera del poder. Y esa raíz, aunque golpeada, sigue brotando. Sigue brotando incluso sobre “soledad sobre ruina, sangre en el trigo, rojo y amarillo”. Sigue brotando aunque el veneno haya querido ser manantial.
En 1992, la canción de León Gieco «Cinco Siglos Igual» se volvió un manifiesto de denuncia contra la violencia colonial que nunca terminó, sino que mutó en el saqueo de los recursos naturales, en la invisibilización de los pueblos originarios y comunidades afrodescendientes, en la desigualdad que persiste y se hereda. Pero también en la certeza de que la resistencia nunca se detuvo ni se detendrá.
Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, cada pueblo originario respondió al proyecto genocida con su propia forma de lucha. Donde hubo hegemonía, hubo contrahegemonía. Donde hubo imposición, hubo memoria. Donde hubo muerte, hubo renacimiento.
La caída de los grandes Estados azteca e inca no significó el fin de la libertad indígena. La diversidad de formas de organización permitió que muchos pueblos conservaran sus territorios hasta tiempos recientes. En la cuenca amazónica, esa resistencia continúa, aunque hoy enfrenta un embate que parece final.
En Argentina, los mapuche y tehuelche en la Patagonia, y los qom, mocoví, wichí, pilagá y nivaclé en el Gran Chaco, sostuvieron su autonomía hasta casi fines del siglo XIX. Las llamadas “Campañas al Desierto” —un nombre que es en sí mismo una mentira— marcaron el cierre violento de cuatro siglos de libertad.
Pero incluso allí, incluso después de la muerte y el despojo, la resistencia siguió. Porque la resistencia, en los pueblos originarios, no es solo política: es espiritual. Es filosófica. Es una forma de estar en el mundo.
Es la certeza de que, aun en un “mundo de nadie”, la piedra sagrada sigue en pie.
Hoy, en este nuevo 12 de octubre, las comunidades enfrentan otra pandemia. Una más en una historia marcada por políticas de exterminio y abandono estatal. Pero lo hacen con la certeza de que han sobrevivido a todo. Que ninguna plaga, ninguna espada, ninguna frontera pudo arrancarles la raíz.
Porque esta tierra es “tierra con pared, revoluciones”. Y aunque mucho resta, “nunca nadie pensó en besarte los pies”. Esa dignidad intacta es la prueba más contundente de que el genocidio fracasó.
Cinco siglos igual. Cinco siglos de resistencia. Cinco siglos de memoria viva.
