
Lunes 9 de marzo. Buenos Aires amaneció con un pulso distinto, como si hubiera pasado la noche conteniendo la respiración. Desde temprano, una bruma violeta empezó a esparcirse por las veredas, a trepar por los colectivos, a encenderse en los ojos de miles de mujeres que caminaban hacia la Plaza de los Dos Congresos. No era un lunes cualquiera: era el lunes que las mujeres habían escogido para ocupar nuevamente las calles.
A medida que las columnas avanzaban por Avenida de Mayo, el aire se llenaba de voces que se cruzaban y de una energía nueva que, por momentos, deslumbraba. Los bombos marcaban un latido que parecía salir del corazón mismo de la ciudad. Cada tanto, una consigna estallaba como una chispa y se propagaba entre las columnas.
Lucía, con la cara pintada de glitter verde en una mejilla y violeta en la otra, caminaba con paso firme.
—Marcho por las que no volvieron —dijo, sin dramatismo, como quien enuncia una verdad que ya no puede callarse.
Unos metros más atrás, Mariela, trabajadora de la salud, acomodaba su guardapolvo blanco.
—Nosotras sostenemos los hospitales —murmuró—. Pero seguimos siendo invisibles.
Su frase quedó flotando en el aire, atrapada entre las pancartas que denunciaban la brecha salarial, la violencia económica, la precarización. Cada testimonio era una hebra de ese inmenso tejido que se iba tramando sobre la marcha.
Cuando la multitud desembocó en la Plaza de Mayo, el sol se había tornado naranja y la fachada de la Casa Rosada parecía arder en el ocaso. Luego el paisaje se volvió un violeta suave, casi cómplice de esa marea de mujeres que colmaba el cuadrilátero, haciendo flamear las banderas , pañuelos verdes y cuerpos apretados que se sostenían entre sí.
Desde el escenario, una voz tomó el micrófono. Y entonces, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo, la plaza entera guardó silencio.
El documento leído no es un texto: es un inventario de urgencias.
Habla de la violencia que no cesa, de la necesidad de políticas que no se diluyan en promesas, de presupuestos que no se recorten.
Habla de la desigualdad económica, del trabajo de cuidados que sostiene hogares enteros sin reconocimiento.
Habla de derechos conquistados que urgen ser defendidos.
Habla del colectivo travesti-trans, de su exclusión histórica, de la urgencia de políticas reales.
Habla de la violencia institucional, de la justicia que llega tarde o no llega.
Cada frase encontraba eco inmediato en la multitud. Aplausos, gritos, lágrimas. Era el espejo de la desigualdad que padecen a diario cientos, miles, millones de mujeres en este país y en el mundo. Cuando se leyó la línea final, la plaza entera la repitió como si fuera un conjuro: “Si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras.” Y por un instante, pareció que el aire vibraba.
La noche cayó lenta, como si no quisiera interrumpir. Las columnas empezaron a desarmarse, pero nadie se iba del todo. Algunas mujeres se quedaban a conversar, otras sacaban fotos, otras simplemente respiraban hondo antes de volver a sus casas.
En cada rostro había algo nuevo: una mezcla de cansancio, orgullo y una determinación que no se apaga con la oscuridad.
La marcha terminó, pero la ciudad quedó distinta.
Como si algo hubiera cambiado de lugar.
Como si el eco de esa marea violeta siguiera latiendo bajo el asfalto.
