
En Recoleta, donde la ciudad parece bajar un cambio antes de trepar por la barranca hacia la Biblioteca Nacional, la Plaza Jorge Luis Borges acaba de estrenar una nueva función. El espacio —hasta hace poco discreto, casi de paso— se transformó en un homenaje abierto al aire libre, un pequeño territorio borgiano donde los símbolos, los laberintos y la lectura encuentran refugio urbano.
El nuevo laberinto trazado sobre el solado original es hoy la pieza central del predio. Su recorrido sinuoso remite a uno de los símbolos más potentes de la obra de Borges: la metáfora del tiempo y el infinito. Cada giro parece una puerta que se abre a otro relato posible. En una medianera cercana, un mural incorpora un motivo de ajedrez, otro de los grandes tópicos del escritor, donde cada pieza es metáfora y cada movimiento, una historia en potencia.
Este martes a las 17.30, la plaza será escenario de una lectura colectiva al aire libre organizada junto a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, la Comuna 2, el Ministerio de Cultura y la Secretaría de Gobierno. La actividad es gratuita y convoca a los vecinos a llevar un texto de Borges para compartir. Quienes no cuenten con un libro podrán acceder a la Biblioteca Pública Digital Jorge Luis Borges mediante los códigos QR instalados en los bancos, que permiten descargar más de mil títulos y explorar funciones interactivas de búsqueda y lectura.
La Biblioteca Nacional y Borges: una historia inseparable
La intervención cuenta con accesos más amables, una rampa que integra los distintos niveles del predio y mobiliario urbano renovado, bancos, sectores de estar y áreas de lectura al aire libre que invitan a quedarse. La plaza, que antes tenía un uso ocasional y carecía de un atractivo central, ahora propone un espacio accesible, participativo y temático, donde la lectura se transforma en parte del paisaje cotidiano.
La presencia de la Biblioteca Nacional junto a la plaza no es un detalle menor: es parte esencial del homenaje. La institución, fundada en 1810 por Mariano Moreno, fue durante gran parte del siglo XX un epicentro de la vida intelectual argentina. Su antigua sede —un edificio neoclásico inaugurado en 1901 y declarado Monumento Histórico Nacional— fue dirigida por Jorge Luis Borges entre 1955 y 1973. Por entonces, Borges ya había perdido la vista, circunstancia que inspiró su célebre Poema de los dones, donde agradece con ironía divina haber recibido “los libros y la noche”.
En esa sede histórica, hoy reconvertida en el Centro de Estudios Borgeanos, se conservan parte de su biblioteca personal, manuscritos, primeras ediciones y documentos que permiten reconstruir su vínculo íntimo con la institución. Allí también se exhibe el escritorio semicircular diseñado especialmente para personas no videntes, idéntico al que Borges utilizaba durante su gestión. El Centro, además, se dedica a preservar y difundir el patrimonio bibliográfico y documental relacionado con su obra, atendiendo a investigadores y desarrollando estudios, muestras y ediciones críticas.
La renovación busca que la plaza se convierta en un punto de encuentro donde la lectura, el juego simbólico y la contemplación formen parte de la experiencia urbana. Un espacio donde la ciudad dialogue con la obra de uno de sus escritores más universales, entre árboles, palabras y recorridos que se bifurcan; la Plaza Jorge Luis Borges renace como un pequeño oasis literario. Un lugar donde la memoria del escritor se vuelve paisaje y donde la lectura —esa forma de viajar sin moverse— encuentra un escenario abierto, accesible y vivo.
