
LA HISTORIA SILENCIADA DE LAS MUJERES QUE SALVARON VIDAS EN EL IRIZAR
Un capítulo que permaneció oculto durante muchos años en la historia de la Guerra de Malvinas fue la participación de las mujeres en este conflicto. Entre las controversias del relato oficial emerge la voz de este grupo de mujeres cuya participación fue tan decisiva como invisibilizada: instrumentadoras, enfermeras, técnicas y diplomáticas que sostuvieron el engranaje sanitario en uno de los momentos más críticos del país. En un contexto marcado por el machismo y la subestimación de su rol, estas mujeres demostraron que la valentía en la guerra no solo se mide en combate, sino también en la capacidad de salvar vidas bajo el fuego enemigo.
La noche del 2 de abril de 1982, tras la recuperación de las islas, el Ejército Argentino instaló un hospital de campaña en Puerto Argentino. Pero una omisión resultó tan absurda como peligrosa: no había instrumentadoras quirúrgicas, una especialidad ejercida mayoritariamente por mujeres en esa época. La falta recién se hizo evidente el 1 de mayo, cuando comenzaron los bombardeos británicos y la necesidad de cirugías se volvió urgente. Fue entonces cuando un pequeño grupo de jóvenes instrumentadoras civiles fue convocado de manera improvisada.
Entre ellas estaba Silvia Barrera, de 23 años, con dos años de experiencia en el Hospital Militar Central. Su testimonio revela el clima de incertidumbre y presión que vivieron desde el primer minuto. “Éramos 32 chicas en el salón. A medida que explicaban los riesgos, se fueron yendo las que tenían hijos, luego las casadas. Al final quedamos cinco voluntarias”, recordaba en una entrevista.
Las instrumentadoras viajaron desde Buenos Aires a Río Gallegos en condiciones precarias: sin abrigo, sin comida y sin credenciales que acreditaran su misión. Un médico militar, encontrado casi por azar, les dio unos sándwiches en la vereda y las ayudó a coordinar el traslado hacia el helicóptero que las llevaría al rompehielos ARA Almirante Irízar, convertido en hospital flotante. “No sabían que éramos mujeres. Los marineros son supersticiosos y veníamos del hundimiento del Belgrano. El jefe de cubierta arrancó a los gritos diciendo que nos iban a hundir por estar a bordo”, relataba Barrera.
El 8 de junio, las seis instrumentadoras trabajaron toda la noche armando los quirófanos del Irízar, una tarea que no les correspondía. Al día siguiente, una inspección de la Cruz Roja y Naciones Unidas dejó constancia de su presencia en el buque, un documento que años más tarde sería clave para que fueran reconocidas como veteranas.
El 9 de junio, el Irízar llegó a Puerto Argentino, pero no pudo amarrar por los bombardeos nocturnos. Las instrumentadoras estaban listas para desembarcar, pero surgió un nuevo obstáculo: para pisar tierra debían obtener el grado militar, y los médicos varones se opusieron a que obtuvieran el mismo rango que ellos. El comandante del buque zanjó la discusión: se quedarían embarcadas. Lo que siguió fue una experiencia límite. Las instrumentadoras no solo asistieron en cirugías: se convirtieron en sostén emocional de los soldados heridos. “Nos tocó escucharlos llorar, recibirlos conscientes, hacerles la cama, las curaciones. A veces venían directo del campo de batalla y teníamos que cortarles la ropa y bañarlos sin anestesia para encontrar las heridas”, contó Silvia.
También escribían cartas para los soldados, anotaban teléfonos para avisar a las familias y acompañaban en silencio a quienes temían no volver a ver su hogar. A diferencia de otros buques hospital, el Irízar navegaba sin escolta. La tripulación comenzó a notar la gravedad de la situación cuando se cruzaba cada vez más seguido con la flota británica. El 13 de junio, fuerzas inglesas intentaron un desembarco usando la silueta del rompehielos como cobertura. Hubo un tiroteo que la tripulación ocultó a las instrumentadoras durante años. Esa misma noche llegó el anuncio del alto al fuego. Nadie imaginaba que la rendición sería inminente.
El 14 de junio, las instrumentadoras presenciaron escenas que las marcaron para siempre: soldados argentinos desarmados, prisioneros semidesnudos a la intemperie, el arriado de la bandera nacional y el izado de la británica. Hasta el 18 de junio, el Irízar evacuó heridos y civiles para evitar su captura. Cuando los británicos abordaron el buque, confiscaron los rollos fotográficos de Silvia.
En Comodoro Rivadavia, ambulancias esperaban para trasladar a los 350 heridos y 40 civiles evacuados. Las instrumentadoras fueron enviadas a Buenos Aires en un avión sin asientos, mezcladas entre soldados y personal sanitario. Llegaron el 20 de junio, Día del Padre y Día de la Bandera. Al día siguiente volvieron a trabajar al hospital. “Parecía que a nadie le importaba Malvinas. Todos hablaban del Mundial y de la visita del Papa. Era como si cargáramos con la derrota”, reflexiona Barrera.
Las entrevistas en medios les dieron visibilidad, pero también despertaron recelos dentro de las Fuerzas Armadas. “Algunos militares sentían que les robábamos protagonismo o no aceptaban que tuviéramos más condecoraciones que ellos”, decía Silvia.
El reconocimiento oficial llegó recién en 2012, cuando el Estado Nacional las declaró veteranas de guerra, junto con otras mujeres que prestaron servicio en la marina mercante y el cuerpo diplomático. La participación de estas mujeres en Malvinas no solo desafía la narrativa tradicional de la guerra: la enriquece. Su labor demuestra que el coraje adopta múltiples formas y que, incluso en los escenarios más hostiles, la humanidad puede abrirse paso. Su historia, durante años relegada, hoy emerge como un recordatorio de que la memoria colectiva también se construye con las voces que alguna vez fueron silenciadas.
