miércoles, enero 7

LA BOITE AFRIKA, UN ICONO DE LA VIDA NOCTURNA EN LA RECOLETA DE LOS 70

Recoleta, otoño de 1974. La avenida Alvear arrastrando el brillo silencioso de otro tiempo; donde las marquesinas y las fachadas con molduras replicaban el apogeo parisino, sin perturbar la calma residencial de la calle Ayacucho con su hilera de árboles y grandes portones que custodiaban secretos de alcobas, amoríos y abolengos. Allí, precisamente entre Alvear y Posadas, se alzaba una puerta que, por las noches, se abría a un mundo distinto: la Boite Afrika.

La Boite Afrika no era simplemente un boliche; era un escenario donde la urbe y lo foráneo, lo elegante y lo marginal, lo moderno y lo anquilosado se encontraban y se miraban con cuidado. En 1974 Buenos Aires vivía en una tensión permanente: política y socialmente convulsionada, con una economía que se acentuaba en desigualdades, con un clima cultural que alternaba efervescencia y miedo. La Recoleta, albergue de viejos linajes y emergentes modernidades, mostraba sus claroscuros en cada esquina. En ese contexto, la boite —pequeña, con capacidad limitada y atmósfera de confidencia— se convirtió en un espacio de reunión para quienes buscaban la noche como un refugio, una válvula de escape y, también, un escenario donde afirmarse.

Entrar a la Boite Afrika era atravesar un umbral sensorial. En el exterior, la ciudad respiraba el ruido cotidiano del tránsito y los murmullos de vecinos; dentro, la penumbra modulaba gestos y palabras. Las paredes estaban empapeladas con motivos que evocaban lo exótico —un exotismo que Buenos Aires degustaba con una mezcla de curiosidad y apropiación—: motivos tribales estilizados, máscaras africanas reinterpretadas como meros elementos decorativos, colores terrosos iluminados por focos cálidos. La música era la columna vertebral del lugar: ritmos sincopados, tambores que convocaban, congas eléctricas y teclados que tejían melodías que a veces rozaban el jazz-funk, otras el soul y el tropicalismo modernizado. Los DJs o músicos que pasaban por allí no siempre pretendían autenticidad antropológica; más bien se trataba de una reelaboración urbana de “lo africano” como signo de modernidad cosmopolita.

El público de la Boite Afrika era, asimismo, complejo: una mezcla de jóvenes de clase media alta que venían a ver y a ser vistos, artistas que buscaban contacto con nuevas sonoridades, extranjeros de paso por la ciudad, algunas parejas que mantenían una discreción casi ritual, y noctámbulos que acumulaban historias y desvelos. La vestimenta oscilaba entre la elegancia cuidada —sacos, vestidos ceñidos, zapatos encerados— y la informalidad o el elegante sport de quienes intentaban marcar distancia con la respetabilidad tradicional. En la pista de baile, los cuerpos encontraban una coreografía improvisada: acercamientos y distancias, complicidades fugaces, miradas que se cruzaban con la intensidad de quien sabe que la noche es breve.

Política y nocturnidad. No puede entenderse la boite sin considerar la atmósfera política del país. 1974 fue un año de creciente polarización: tras el regreso de Perón y su muerte en julio, la Argentina vivía tensiones que se traducían en violencia y en disciplina social cada vez más punzante. Los lugares nocturnos, como la Boite Afrika, se volvían espacios de doble lectura: por un lado, refugios donde la sensibilidad artística y la búsqueda de placer podían moverse al margen del rumoreo político; por otro, escenarios donde las miradas del orden social se imponían, donde la vigilancia —formal o informal— podía caer sobre quienes excedían ciertos límites. Así, la noche de Recoleta ofrecía tanto liberación como riesgo. Algunos asistentes sabían cómo modular su conducta: hablar en voz baja, evitar temas incendiarios, preferir la evasión estética a la declaración pública.

Culturalmente, la boite formaba parte de una red de lugares que, desde fines de los sesenta y durante los setenta, configuraron la vida nocturna porteña: clubes, bares, peñas, cafés donde se entretejían músicas y lenguajes. La Boite Afrika, en particular, capitalizaba una fascinación creciente por los ritmos negros y por una estética que prometía modernidad internacional. No obstante, esa apropiación cultural debía leerse con cuidado: en la decoración y en la puesta en escena había una estilización superficial de elementos que provenían de realidades muy distintas. La boite funcionaba, en cierto sentido, como vitrina cosmopolita donde la diferencia se estetizaba y se domesticaba para el consumo urbano.

La gestión del lugar, muchas veces, corría por cuenta de empresarios nocturnos que conocían bien su clientela y sabían dosificar la oferta: cócteles con nombres importados, mesas donde la luz tenía la dureza adecuada para favorecer confidencias sin delatar demasiado, entradas reservadas para quienes ostentaban cierta referencia social. Había también una economía paralela: el cochero, el remisero que esperaba a la puerta, el mozo que conocía a los habitués por sus preferencias y sabía cómo cobrar discreción. La noche porteña se sostenía sobre esa infraestructura, y la Boite Afrika era una pieza de ese mecanismo social y comercial.

A veces, como todo lugar nocturno con identidad, la Boite Afrika albergaba fetiches: la música de una noche que se repetía como leitmotiv, la presencia de una figura —un cantante, un animador— cuya sola aparición convocaba a la parroquia; una sala contigua donde se posibilitaban encuentros más íntimos. Historias circulaban: amores que nacían en un baile y perduraban clandestinos; rupturas que se sellaban con una última canción; negocios que se negociaban a media voz entre whisky y humo de cigarrillo. El fumar en el interior era una práctica casi ritual; el humo se mezclaba con los perfumes y con los vapores de los tragos, y todo ello contribuía a una atmósfera de irrealidad.

Desde la perspectiva urbana, la ubicación en Ayacucho entre Alvear y Posadas no era azarosa. Recoleta ofrecía un marco simbólico —museos, cementerios que eran destinos turísticos, residencias señoriales— y, sin embargo, tenía también una vida nocturna discreta y selecta. Establecimientos como la Boite Afrika encontraban allí un público dispuesto a pagar por el ambiente y la exclusividad. Al mismo tiempo, la cercanía a avenidas principales y a medios de transporte hacía el lugar accesible a quienes venían de otros barrios buscando algo diferente a los circuitos tradicionales de Palermo o el centro. Esta geografía contribuyó a la singularidad de la boite: parte club privado, parte escenario de intersección social.

Es importante situar también la Boite Afrika dentro del mapa de las transformaciones musicales de la época. El mercado discográfico había comenzado a ofrecer –al menos en las grandes ciudades argentinas– una mayor circulación de sonidos foráneos: funk, salsa, afrobeat en versiones importadas o reversionadas localmente. Músicos porteños incorporaban esos lenguajes dentro de sus búsquedas; algunos lo hacían con rigor y respeto por las tradiciones que encontraban, otros con una orientación más utilitaria, buscando el ritmo que mejor llenara una pista. En la cabine de la boite, los repertorios se nutrían de vinilos importados, de grabaciones que llegaban por canales no siempre oficiales, de sesiones en vivo de grupos que pretendían una modernidad sonara. El resultado era un mosaico sonoro que hablaba de cosmopolitismo y de la capacidad de la ciudad para reciclar influencias.

Pero no todo era glamour. La exclusión y las jerarquías sociales se manifestaban claramente en el funcionamiento interior: la lista en la puerta, la mesa solo para clientes reservados, la segregación entre los que podían pagar una botella y quienes sostenían la noche con una consumición modesta. Esa división reproducía, en microescala, las diferencias estructurales de la ciudad. Además, la nocturnidad tenía sus reglas no escritas: códigos de comportamiento, límites a la transgresión pública, maneras de gestionar los conflictos. En ocasiones, disputas estallaban: peleas por celos, por deudas, por preeminencias; la seguridad —más informal que institucional— debía resolver o, al menos, contener.

A nivel estético, la boite perseguía una atmósfera que sintetizara misterio y exotismo. Los fotógrafos que circulaban por Recoleta en esa década, o los cronistas culturales, solían describir el lugar con términos que remiten a lo cinematográfico: luces bajas, reflejos en copas, siluetas que se recortan. Esa imaginería ayudó a construir la leyenda del sitio. Pero las fotografías y las crónicas también tienden a enfatizar lo espectacular, a borrar la cotidianidad: las demoras para entrar, las colas, la rutina del personal, la limpieza rutinaria al amanecer. Detrás de la estampa, había trabajo: quienes preparaban la música, quienes esmeraban los cócteles, quienes aseguraban que las mesas estuvieran listas para la siguiente tanda de clientes. Esa labor, silenciosa, sostenía un mundo de noctámbulos.

Si se mira con la distancia del tiempo, la Boite Afrika en 1974 puede leerse como un microcosmos de contradicciones porteñas. Era un lugar donde la apertura cultural confluía con la superficialidad del espectáculo; donde la libertad de la noche convivía con la vigilancia y la exclusión; donde la modernidad aspiracional se construía a partir de símbolos exóticos, a menudo descontextualizados. Fue, además, un sitio de encuentros generacionales: jóvenes que buscaban romper con los códigos conservadores de sus familias, y adultos que encontraban en la noche la prolongación de su juventud o un modo de afirmar un prestigio social. Esa coexistencia generó una dinámica singular, una mezcla de energía, tensión y a veces nostalgia prematura.

Las historias individuales que nacieron allí —amores fulminantes, amistades que duraron años, desencuentros— forman parte de la memoria íntima de la ciudad. Los cronistas que asistieron ocasionalmente consignaron episodios: la llegada de alguna figura pública que, por unas horas, dejaba de ser tal para confundirse con el resto; una noche en que la música pareció prolongarse hasta la madrugada, y la pista se llenó de rostros bañados por una humedad cálida; la despedida silenciosa de alguien que, al salir, dejaba tras de sí una estela de confidencias. Para quienes participaron, la boite fue una plataforma de identidad, un lugar para experimentar modos de ser y de mostrarse.

Sin embargo, el relato no puede soslayar la fragilidad histórica del momento. 1974 fue un año que preludió transformaciones drásticas para la Argentina. El clima político, como se dijo, se hacía cada vez más tenso: el incremento de la violencia política y la represión que vendría en años posteriores confluyeron con un país que intentaba seguir vibrando culturalmente. Los lugares nocturnos, que habían sido bullicio y encuentro, pasarían a ser también, en ocasiones, espacios donde las sombras de la represión se hicieron sentir. La memoria de la Boite Afrika se inscribe en ese cruce entre la búsqueda de placer y la llegada de un tiempo más oscuro.

En la mirada retrospectiva, la Boite Afrika puede entenderse como un episodio en la larga historia de Recoleta y de Buenos Aires: un lugar que encarnó aspiraciones cosmopolitas, que ofreció a sus visitantes un respiro estético y social, y que, al mismo tiempo, reflejó las desigualdades y tensiones de su tiempo. Su legado no es solo musical o anecdótico: es historiográfico. Permite a quienes investigan la cultura urbana de la época entender cómo se vivía la noche, qué se buscaba en ella y cómo la ciudad articulaba espacios de sociabilidad entre restricción y apertura.

Hoy, cuando se evoca aquel rincón de Ayacucho entre Alvear y Posadas, lo que queda son fragmentos: fotos amarillentas, relatos de quienes fueron, algún aviso en un diario que anuncia una función especial. Esos fragmentos reconstruyen una imagen parcial pero potente: la de una caja nocturna donde se esperaban sorpresas y se temían consecuencias, donde la música servía para desdibujar temporalmente las fronteras sociales, y donde la Recoleta se ofrecía como escenario para una modernidad que, por momentos, buscaba reinventarse sin perder la compostura. La Boite Afrika, en 1974, fue por eso un espejo: mostró una ciudad que deseaba proyectarse al mundo, pero que cargaba pesadamente con sus propias contradicciones.

Foto: Lucrecia Plat

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *