
Desde comienzos del siglo XIX, el Virreinato del Río de la Plata fue escenario de profundas polémicas que marcarían el rumbo económico y social de la futura nación argentina. A partir de 1809, la llegada masiva de mercancías inglesas al puerto de Buenos Aires abrió un intenso debate: ¿qué hacer con estos productos que inundaban el mercado? ¿Era necesario terminar con el monopolio comercial o mantenerlo para proteger las incipientes industrias locales?
El grupo de los librecambistas defendía la importación franca de bienes que la patria no producía. Argumentaban que la entrada libre de estos productos aseguraría el abastecimiento y favorecería el consumo. Sin embargo, el sector proteccionista levantó la voz con fuerza, denunciando que la competencia extranjera —más barata y masiva— podía arruinar las fábricas nacionales. “Reducirán a la indigencia a una multitud innumerable de hombres y mujeres”, advirtieron, anticipando las consecuencias sociales de la apertura indiscriminada.
Este enfrentamiento marca un capítulo crucial en la historia argentina, ya que tensiona dos modelos económicos diametralmente opuestos. A pesar de estas discusiones, el contexto bélico en Europa durante las guerras napoleónicas forzó la habilitación del puerto de Buenos Aires para el libre comercio. Argentina comenzó a recibir toneladas de mercancías inglesas, que se distribuyeron no solo en el puerto de Buenos Aires, sino también en las provincias del interior, modificando la estructura comercial y productiva del territorio.
Hoy, al cumplirse más de dos siglos, los debates vuelven a cobrar vigencia. Desde 1976, la influencia neoliberal desindustrializó con dureza al país, lo que generó una herencia de desocupación y exclusión social persistente. A partir de entonces, como a principios del siglo pasado, la prioridad nuevamente estuvo puesta en el desarrollo de la agroindustria y la exportación de materias primas solicitadas por el mercado mundial. Este ciclo nos confronta con una pregunta esencial: ¿Cuál es el modelo productivo que queremos para el futuro de Argentina?
En este marco, un momento clave fue la sanción de la Ley de Aduanas en 1835, durante la administración de Juan Manuel de Rosas. La época posterior al gobierno de Bernardino Rivadavia mostraba a las provincias en una situación vinculada a la inseguridad económica y política. Los líderes populares del interior exigían respuestas concretas, y Buenos Aires debía actuar para preservar el orden frágil que se había instalado. La Ley de Aduanas se convirtió en ese instrumento.
Esta legislación significó un auténtico acto proteccionista que incrementó sustancialmente los impuestos sobre productos importados para proteger a las industrias y productores locales. Se prohibió la entrada de ponchos y otros artículos textiles, así como productos manufacturados como velas de sebo, peines, platería y cueros. Además, bebidas y bienes de consumo como café, cacao, té, carruajes, vinos, aguardiente, cerveza y harina fueron gravados fuertemente.
Lo relevante de esta medida es que trascendió el ámbito porteño para tener un impacto interprovincial. Fue la primera vez en la historia argentina que se intentaba una política económica que favoreciera diferentes sectores sociales, más allá del puerto de Buenos Aires. Artesanos, saladeristas, agricultores y estancieros hubieron de recibir con beneplácito esta protección, lo mismo que los sectores populares del interior, quienes vieron en esta ley una oportunidad para sostener sus modos de vida.
La reacción europea no se hizo esperar. Al inicio, los países como Francia e Inglaterra observaron expectantes. Sin embargo, con el aumento de los gravámenes, sus reclamos se tornaron hostiles, desembocando en bloqueos al puerto de Buenos Aires en dos ocasiones: en 1838 por parte de Francia y durante los años 1845 a 1848 por parte de Francia e Inglaterra en conjunto. Rosas defendió con férrea convicción la soberanía nacional, una hazaña política y diplomática que le valió ser asociado al legado del general San Martín.
La vigencia histórica de la Ley de Aduanas nos invita a una profunda reflexión contemporánea sobre el modelo económico deseado para Argentina. El dilema entre proteger la industria nacional o abrirse sin restricciones al mercado global continúa vigente. Más allá de la economía, la discusión también implica preguntarnos cómo distribuir equitativamente los ingresos nacionales para cerrar las brechas entre provincias y garantizar un progreso económico con justicia social.
Esta crónica recupera aquella lucha de hace dos siglos, que resultó decisiva para la conformación de una economía nacional en ciernes. La Ley de Aduanas de Rosas no solo fue un acto de defensa comercial, sino un proyecto político para integrar un país fragmentado. En tiempos complejos como los actuales, su recuerdo es una invitación a repensar la soberanía económica como un instrumento necesario para alcanzar un desarrollo inclusivo y sostenible para toda la Argentina.
