
El sábado 28, cuando el reloj marcó las tres de la tarde, las puertas del Museo del Subte – Laboratorio Patrimonial Centenera volvieron a abrirse en el barrio de Caballito. La escena tenía algo de reencuentro, con vecinos curiosos y familias entusiastas del transporte que se acercaban a Av. del Barco Centenera 777. El predio, que funciona como guardián silencioso de más de un siglo de vida subterránea, recuperó su ritmo con una jornada especial que combinó visitas guiadas, actividades culturales y un recorrido por los rincones menos conocidos del sistema de transporte más antiguo de América Latina.
A lo largo de la tarde, el museo se transformó en un pequeño laberinto de postas temáticas. En una de ellas, el protagonista indiscutido era el coche Preston N°4, una reliquia viviente de 1912 que alguna vez integró la primera formación inglesa de la Línea A. Los visitantes se detenían frente a su estructura de madera como quien observa un sobreviviente de otra época. Algunos tocaban las barandas con una mezcla de respeto y nostalgia; otros escuchaban atentos las explicaciones sobre las tecnologías que permitieron que aquel tren inaugurara la era del subte porteño.
En otro sector, el Laboratorio de Planos desplegaba su propio magnetismo. Más de 50 mil documentos originales —mapas, diagramas, trazados de túneles y estaciones— descansan allí como si fueran las capas geológicas de la ciudad. Cada plano es una pieza del rompecabezas que explica cómo Buenos Aires fue creciendo hacia abajo, al ritmo de sus necesidades y de sus sueños.
A pocos metros, el Laboratorio de Cerámicas revelaba un trabajo minucioso: la reproducción y restauración de piezas patrimoniales que alguna vez decoraron estaciones emblemáticas. Azulejos, molduras y fragmentos de murales recuperaban su brillo bajo la mirada paciente de los restauradores, que explicaban técnicas y materiales como si compartieran un secreto artesanal.
La muestra patrimonial completaba el viaje en el tiempo: antiguos molinetes, cospeles, balanzas, cartelería y documentos que quedaron en desuso con la llegada de nuevas tecnologías. Cada objeto parecía contar su propia anécdota, como si aún conservara el eco de miles de pasajeros que pasaron por allí.
La jornada sumó además la participación del Círculo Ferromodelista Oeste, la Asociación Amigos del Tranvía y la Biblioteca Popular Federico Lacroze, que aportaron una cuota de movimiento y juego. Entre las 16 y las 19, los paseos en tranvía —por orden de llegada y con salidas desde el histórico Taller Polvorín— se convirtieron en una de las actividades más celebradas. Los coches avanzaban lentamente por las calles del barrio, despertando sonrisas y celulares en alto.
Al caer la tarde, mientras el museo se preparaba para cerrar, quedaba flotando una sensación compartida: la de haber recorrido no solo un espacio físico, sino también una memoria colectiva. El Museo del Subte volvió a abrir sus puertas, sí, pero sobre todo volvió a abrir un puente entre la ciudad y su historia subterránea, esa que sigue latiendo bajo nuestros pies.
