viernes, febrero 13

CARNAVALES PORTEÑOS

En Buenos Aires, febrero siempre trae un eco antiguo. No es solo el calor ni el rumor de las veredas: es el sonido de los bombos que vuelve a reclamar su lugar en la memoria colectiva. En 2026, el Carnaval Porteño celebra su edición número 158, y con ella revive una historia que comenzó mucho antes de que la Ciudad fuera la metrópolis que es hoy.

Los primeros registros del carnaval en Buenos Aires se remontan al siglo XVIII, cuando las calles coloniales se llenaban de máscaras, bailes y comparsas improvisadas. Era una fiesta que mezclaba tradiciones europeas con expresiones afroporteñas, un espacio donde las jerarquías se aflojaban y la calle se convertía en territorio común. Con el paso de las décadas, el carnaval se transformó, se expandió, fue prohibido, resurgió y volvió a reinventarse, siempre aferrado a la identidad barrial.

Ese linaje profundo se siente en cada corso de 2026. En Saavedra, en Boedo, en La Boca, en Mataderos, los vecinos no solo celebran una fiesta: participan de un ritual que sobrevivió a dictaduras, modernizaciones, cambios urbanos y disputas culturales. Las murgas —herederas directas de aquellas comparsas de antaño— son el hilo que une pasado y presente. Sus trajes brillantes, sus canciones originales y sus coreografías precisas son la expresión contemporánea de una tradición que nunca dejó de latir.

Durante el siglo XX, especialmente desde los años 30, las murgas se consolidaron como organizaciones barriales que no solo animaban el carnaval, sino que también construían comunidad. En los 70 y 80, cuando la fiesta fue restringida, muchas de ellas resistieron en clubes, plazas y centros culturales. Ese trabajo silencioso permitió que, con el retorno democrático, el carnaval recuperara su fuerza y volviera a ocupar las calles.

Hoy, en 2026, esa historia se hace visible en cada detalle. En Villa Urquiza, los balcones se llenan de familias que observan el paso de las agrupaciones como si asistieran a un desfile que conocen desde siempre. En Parque Lezama, turistas y porteños se mezclan sin distinción, como ocurría en los viejos carnavales de la ciudad criolla. En Pompeya, un grupo de veteranos murguistas recuerda cómo ensayaban en baldíos cuando la fiesta estaba prohibida. En Devoto, los más jóvenes se suman con naturalidad, sin saber que están participando de una tradición que tiene más de un siglo y medio.

La agrupación Carnaval en los Barrios lo resume con una frase que parece escrita para atravesar generaciones: “Nos vemos en cada rincón de la Ciudad donde haya peques y adultos jugando al Carnaval”. Y es justamente ese juego —esa suspensión momentánea de la rutina urbana— lo que mantiene viva la esencia histórica de la celebración.

Aunque el cronograma pueda modificarse por cuestiones climáticas u organizativas, el espíritu permanece intacto. El Carnaval Porteño no es solo un evento anual: es un testimonio vivo de cómo Buenos Aires se piensa a sí misma. Una fiesta que nació en tiempos coloniales, que sobrevivió a los vaivenes políticos y sociales, y que hoy, en pleno siglo XXI, sigue convocando a miles de personas que encuentran en la calle un espacio de encuentro, memoria y alegría.

Cuando cae la noche y los bombos retumban en los barrios, la Ciudad recuerda que su historia también se escribe con música, con baile y con esa obstinada voluntad de celebrar que atraviesa generaciones. El Carnaval Porteño 2026 no es solo una edición más: es la confirmación de que algunas tradiciones, cuando son verdaderamente populares, no envejecen. Simplemente se renuevan.

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