
La tormenta desatada en la noche del lunes 23 de febrero de 2026 provocó la voladura de techos del sector de embarque internacional del Aeroparque Jorge Newbery, arrasando la mampostería que cayó entre Starbucks y Le Pain Quotidien. Si bien no se registraron heridos, el hecho provocó pánico entre los pasajeros. La pregunta que queda suspendida en el aire fue inmediata: ¿cómo puede venirse abajo un aeropuerto “modernizado” hace apenas cinco años?
En 2020 comenzaron las obras de modernización del Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires. No fue un arreglo menor: se reconstruyó por completo la pista, se extendió su longitud, se instaló un nuevo sistema de balizamiento y se amplió el sector internacional. La reapertura oficial llegó en marzo de 2021, con la promesa de un aeropuerto más seguro, más moderno y capaz de operar incluso bajo condiciones meteorológicas antes restringidas.
Tres años de trabajos, una inversión de 5000 millones de dólares, meses de trabajos, discursos, cintas cortadas y la dudosa certeza de que Aeroparque estaba listo para el futuro. Porque, cinco años después, ese futuro se vino abajo tras una tormenta de verano. El Servicio Meteorológico Nacional registró entre 40 y 60 mm de lluvia en el AMBA. Nada extraordinario. Nada que justificara un colapso estructural. Sin embargo, el primer piso del aeropuerto, el cielorraso, cedió a causa de la acumulación de agua, lo que provocó que la estructura “estallara” hacia adentro y el techo terminara en el piso.
Mientras las autoridades y los responsables de la empresa hablaron de “milagro”. Los pasajeros hablaban de miedo. En tanto que los especialistas apuntaron a un tema más incómodo: fallas que no deberían existir en una estructura tan reciente. Tras apenas cinco años de su inauguración, se provoca un derrumbe tras una fuerte pero común tormenta de verano.
Los datos del SMN son claros: la lluvia fue intensa, sí, pero no excepcional. No hubo récords, no hubo fenómenos extraordinarios.
Si un techo “modernizado” no soporta una tormenta común, el problema pasa por el clima. El problema es la obra; esa es la explicación que repiten los ingenieros consultados. Esta aseveración apunta a una mezcla peligrosa: mala ejecución, falta de mantenimiento y controles deficientes. Los responsables, como siempre, se diluyen.
Como una ironía del destino, mientras la mampostería del aeroparque sigue derrumbada, el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri, continúa promocionando el “Anillo La Pampa”, un puente peatonal circular de 140 metros, con un costo de $50.000 millones, para que los vecinos puedan ver los aviones desde afuera.
