
Óscar Araiz vuelve a encender la Capilla del Recoleta con una apuesta que solo él puede sostener: “Quimera”, una pieza de danza‑teatro que se adentra en el territorio movedizo, luminoso y oscuro del universo lorquiano. No se trata de una adaptación ni de un homenaje literal, sino más bien de una visita. Una visita hecha de cuerpos, máscaras, luces y silencios que buscan rozar aquello que en Lorca siempre se escapa: la mezcla, la tensión, la belleza que nace de lo que no encaja del todo.
Los jueves de octubre a las 19 h, la Capilla del Centro Cultural Recoleta se convierte en un espacio ritual. Allí, Araiz propone una “quimera” en el sentido más antiguo del término: ese monstruo híbrido, con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, que desafía la lógica binaria de Occidente.
La obra toma la idea de convivencia de naturalezas diferenciadas y la traslada al escenario: técnicas diversas, intérpretes provenientes de mundos distintos, estilos que se rozan sin buscar uniformidad. En ese choque —o abrazo— aparece Lorca, no como figura solemne, sino como energía que atraviesa la escena.
Araiz convoca un equipo que potencia la dimensión sensorial de la pieza.Carlos Surinach, Caroline Shaw y Mariano Vitacco, tres universos sonoros que dialogan sin jerarquías, están a cargo de la música. El vestuario está diseñado por dos figuras emblemáticas que aportan esa mezcla de teatralidad y extrañeza que caracteriza las obras del coreógrafo: José M. Suhurt es el responsable de las máscaras, esos rostros alternos que amplifican la idea de metamorfosis. Mientras que Daniel Evans captura la atmósfera de la obra a través de su cámara fotográfica. Yamil Ostrovsky, quien también integra el elenco, asiste en la dirección de la puesta.
La pieza reúne a intérpretes de trayectorias diversas: Sofía Brochard, Sofía Di Nubila, Lucía Fucci, Jazmín Gude Alonso, Sofía Mazza, Sofía Muñoz, Marcela Suez, Martín Álvarez, Valentín Fernández, Yamil Ostrovsky y Pablo Ripari (integrantes del Ballet del Teatro Argentino de La Plata). Ese cruce de experiencias —ballet, danza contemporánea, teatro físico— es parte del corazón de la propuesta: la quimera como convivencia, como tensión productiva, como forma de resistencia frente a la homogeneidad.
“Quimera” no busca ilustrar la obra del poeta, sino evocar su mundo emocional: la mezcla de deseo y tragedia, la potencia de lo popular, la sombra que acecha detrás de cada gesto. Araiz, que siempre ha trabajado desde la poesía del movimiento, encuentra en Lorca un interlocutor natural. Ambos comparten una sensibilidad que se mueve entre lo terrenal y lo mítico.
La entrada es gratuita para argentinos y residentes, por orden de llegada hasta agotar la capacidad. La dirección es Junín 1930. El proyecto cuenta con el apoyo de Prodanza del Ministerio de Cultura de la Ciudad.
En tiempos en que la cultura parece debatirse entre la urgencia y la supervivencia, Araiz elige la quimera: ese monstruo imposible que, sin embargo, existe. Y al existir, nos recuerda que la mezcla, la diferencia y la imaginación siguen siendo formas de libertad.
Si vas, entrás a una Capilla. Pero salís de un sueño.
