miércoles, septiembre 16

UNA GENERACIÓN ATRAPADA

por Lucía Pereyra

El país enfrenta una crisis habitacional que golpea con especial fuerza a quienes intentan dar sus primeros pasos en la vida adulta. Según el primer Monitor de Calidad del Acceso a la Vivienda del Observatorio Federal de Acceso a la Vivienda, 2,5 millones de jóvenes de entre 25 y 35 años —el 37% del total— siguen viviendo en el hogar familiar, y casi la mitad de ellos lo hace en viviendas con algún tipo de déficit. El informe lo resume con crudeza: “El 46% de esos jóvenes permanece, además, en viviendas que presentan algún tipo de déficit habitacional”.

Pero incluso quienes logran emanciparse enfrentan un panorama similar o peor. El 52% de los hogares encabezados por personas de 25 a 34 años presenta dificultades habitacionales, el porcentaje más alto entre todos los grupos analizados. La independencia, lejos de garantizar una vivienda adecuada, muchas veces, implica alquilar espacios precarios, compartir costos o instalarse en unidades con carencias estructurales.

Demanda latente: millones de jóvenes que el mercado no ve
El informe introduce un concepto clave: la demanda latente. Son personas que necesitan una vivienda, pero no pueden convertirse en demandantes efectivos porque sus ingresos no alcanzan para alquilarla o comprarla. «Un joven que quiere alquilar, pero no puede pagar alquiler, depósito, garantía, expensas y servicios, no desaparece como necesidad habitacional. Simplemente queda fuera del mercado”, advierte el documento.

Si una parte de esos jóvenes pudiera independizarse, surgiría una necesidad mínima de 500.000 viviendas adicionales. Sin embargo, la falta de ingresos suficientes y la ausencia de crédito hipotecario accesible impiden que esa demanda sea absorbida por el mercado real.

Un déficit que atraviesa al país y a todas las generaciones
La crisis habitacional juvenil es solo una parte de un problema mayor: casi seis millones de hogares argentinos presentan algún déficit habitacional. De ellos, dos millones requieren una vivienda nueva o una intervención integral, mientras que otros cuatro millones podrían mejorar sus condiciones mediante refacciones que les habiliten el acceso a servicios básicos, por ejemplo, cloacas, agua potable, gas natural.

Sumando el déficit existente y la demanda potencial de jóvenes que buscan emanciparse, la Argentina necesitaría alrededor de 2,5 millones de viviendas nuevas. Pero el informe advierte que construirlas no resolvería el problema si quienes las necesitan no pueden pagarlas.

Desigualdad territorial: dónde es más difícil independizarse
Las diferencias entre provincias son profundas. Tucumán encabeza el ranking con 56% de jóvenes no emancipados, seguida por Santiago del Estero y Jujuy (53%), Salta (52%) y Catamarca (49%). En contraste, la Ciudad de Buenos Aires registra apenas un 24%.

La explicación no está en el precio de la vivienda, sino en la estructura económica: mercados laborales más dinámicos, mayor movilidad y una oferta de alquiler más desarrollada facilitan la emancipación. Donde esas condiciones faltan, quedarse en la casa familiar se convierte en la única estrategia viable.

El crédito hipotecario: una salida que no despega
Para un joven sin patrimonio familiar, comprar una vivienda requiere un ahorro extraordinario, ayuda familiar o un crédito. La primera opción es casi imposible; la segunda profundiza las desigualdades; la tercera está limitada por la informalidad laboral y la falta de ingresos estables. La precariedad laboral actual, señala el informe, “puede convertirse así en la falta de patrimonio de mañana”.

Impacto social: proyectos postergados y desigualdad futura
La imposibilidad de independizarse no solo afecta la vida cotidiana. Retrasa proyectos de formar pareja, proyectar ser padres o madres, acceder a la movilidad laboral y construir un patrimonio. Dos jóvenes con el mismo salario pueden tener futuros patrimoniales completamente distintos si uno recibe una propiedad familiar y el otro debe financiar el alquiler y los gastos durante años.

Las familias también absorben parte del costo del déficit habitacional, actuando como una red de protección informal. Pero esa capacidad varía según el tamaño y la calidad de la vivienda. “En esos casos, quedarse no soluciona el déficit. Lo concentra”, advierte el informe.

Una oportunidad económica que no logra materializarse
Si los jóvenes pudieran independizarse, la creación de 500.000 nuevos hogares impulsaría la construcción, el mercado inmobiliario y sectores vinculados como muebles, electrodomésticos, servicios y logística. Pero sin salarios, empleo y crédito suficientes, esa demanda permanece contenida.

Un problema estructural que trasciende gobiernos
El déficit habitacional no nació con la actual administración. En 2016 era del 43,8% y en 2025 se ubicó en 40,3%. La reducción de apenas 3,5 puntos en casi una década demuestra la persistencia del problema. La discusión, señala el informe, no debe centrarse en cuándo empezó la crisis, sino en qué herramientas existen hoy para enfrentarla.

La pregunta de fondo: ¿qué economía permite independizarse?
La fotografía final es contundente: millones de jóvenes trabajan, estudian o buscan empleo, pero no pueden acceder a una vivienda propia. La independencia dejó de ser una etapa natural de la vida adulta para convertirse en un privilegio asociado al patrimonio familiar previo.

El informe lo sintetiza en una frase que interpela a toda la sociedad: “Cuando una persona llega a los 25, 30 o 35 años, trabaja y aun así no consigue alquilar, financiar o comprar un lugar donde vivir, la independencia dejó de depender solamente de crecer: empezó a depender de cuánto patrimonio tenía la familia antes de que ese joven naciera”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *