
Blanca Oteyza vuelve a Buenos Aires para reconstruir la vida de Margarita Xirgu, la actriz catalana que convirtió el exilio en una forma de continuidad. En el centro de esa historia aparece Federico García Lorca: su sociedad teatral, los meses de vértigo porteño y el crimen político que dejó su cuerpo en una fosa todavía desconocida.
En la Sala Argentina del Palacio Libertad (Ex CCK) hay una mujer, un bandoneón y una silla. No hace falta mucho más. Blanca Oteyza habla desde el cuerpo de otra actriz, pero evita el museo de cera: no busca copiar una voz antigua ni fabricar una estampita republicana. En Margarita Xirgu. Una actriz entre dos continentes, la memoria entra como entra a veces en el teatro, por un objeto mínimo, una música o una frase que vuelve cuando ya no debería quedar nadie para decirla.
La puesta dura sesenta minutos y suma el bandoneón en vivo de Julio Coviello. La elección no es ornamental: pone un sonido rioplatense dentro de una biografía partida por el Atlántico. Oteyza, española y argentina por adopción, regresa al país donde vivió, trabajó y fue una figura popular de la escena. Su propia trayectoria funciona como una rima discreta con la de Xirgu: dos actrices que salieron de España y encontraron en Buenos Aires algo más complejo que una plaza laboral. Un segundo territorio.
Margarita Xirgu nació en 1888 en Molins de Rei, Cataluña, y llegó al teatro por una vía poco solemne: los ateneos obreros, los grupos de aficionados, la ciudad industrial donde las tablas también eran un lugar de formación política y social. Trabajó de joven en un taller de pasamanería y debutó profesionalmente antes de cumplir veinte años. A los veintiuno ya tenía compañía propia. Su ascenso fue rápido, pero no dócil: interpretó tragedia, vodevil y autores contemporáneos, y se ganó una reputación por asumir textos que incomodaban a públicos y empresarios.
En 1914 se instaló en Madrid. Fue primera actriz, directora y empresaria; llevó a escena a Valle-Inclán, Galdós, Shaw, Casona y a los clásicos del Siglo de Oro con una idea moderna del hecho teatral. No era sólo una intérprete extraordinaria: elegía repertorio, armaba compañías, discutía escenografías y podía convertir el riesgo artístico en una organización concreta. Lorca la había visto actuar cuando él era adolescente. Años después, cuando terminó Mariana Pineda, buscó llegar hasta ella. Se conocieron en 1926 y el encuentro cambió la historia del teatro en español.
Xirgu reconoció en ese granadino joven algo que el prestigio todavía no había confirmado. Estrenó Mariana Pineda en 1927, con decorados de Salvador Dalí, y después llevó a escena La zapatera prodigiosa, Yerma y Doña Rosita la soltera. La palabra “musa” queda corta y, a veces, la vuelve secundaria: fue la actriz que les prestó cuerpo a esos personajes, pero también la productora que convirtió los manuscritos en acontecimientos públicos. Tras la muerte de Lorca, estrenó en Buenos Aires La casa de Bernarda Alba en 1945. Nueve años después del crimen, la obra que él no alcanzó a ver montada tuvo su primera voz al otro lado del océano.
Federico García Lorca había nacido en 1898 en Fuente Vaqueros, en la vega de Granada, dentro de una familia acomodada. Su madre era maestra y lo acercó temprano a la música y la literatura. Estudió piano antes de consagrarse a la escritura, pasó por la Residencia de Estudiantes de Madrid —donde convivió con la vanguardia de su generación— y construyó una obra en la que lo popular nunca fue folclore decorativo: romances, canciones, tragedias rurales y criaturas empujadas contra el borde por la familia, el deseo, la norma o la violencia. Fue poeta, dramaturgo, dibujante, conferenciante y director de La Barraca, el teatro universitario que durante la Segunda República llevó los clásicos españoles a pueblos que no tenían teatros.
Vino a Buenos Aires porque aquí ya estaba ocurriendo algo con su obra. En 1933, la compañía de Lola Membrives había convertido Bodas de sangre en un éxito de público. El empresario Juan Reforzo, marido de la actriz, lo contrató para acompañar y dirigir montajes; la Sociedad Amigos del Arte lo invitó a dar conferencias. Lorca embarcó en Barcelona el 29 de septiembre y llegó el 13 de octubre a bordo del Conte Grande. Pensaba quedarse unas semanas. Se quedó casi seis meses.
Se instaló en la habitación 704 del Hotel Castelar, sobre Avenida de Mayo, cerca del Teatro Avenida. Asistió a funciones, dirigió reposiciones, ofreció conferencias, habló por radio y entró en una sociabilidad cultural que incluía a Pablo Neruda, Victoria Ocampo, Oliverio Girondo y Norah Lange. Buenos Aires le devolvió la dimensión continental de su fama. Bodas de sangre alcanzó alrededor de ciento cincuenta representaciones y le dio, por primera vez, una independencia económica sostenida por el teatro. La ciudad no lo recibió como a un autor de minorías: lo recibió con el fervor reservado a una celebridad.
Ese viaje no fue una fuga ni un exilio. Fue una temporada profesional en el momento más expansivo de su carrera. Entre octubre de 1933 y marzo de 1934, Lorca comprobó que sus personajes podían cruzar el océano sin perder espesor y que su lengua encontraba aquí otro modo de escucharse. Cuando partió, dijo que se iba con ganas de volver. No volvió. Dos años más tarde, España se convirtió en un territorio donde una biografía podía transformarse, en cuestión de días, en un prontuario.
¿Por qué el dictador Franco mató a Lorca? No hay una única causa que cierre el caso. Lorca no militaba en un partido, pero era una figura pública asociada al clima cultural de la República, amigo de dirigentes socialistas, firmante de manifiestos antifascistas y director de un proyecto que entendía el teatro como bien público. Su obra se colocaba del lado de quienes quedaban fuera de la obediencia social. A eso se sumaron enemistades locales, denuncias familiares y la persecución homofóbica: su homosexualidad fue utilizada como estigma por quienes lo detuvieron. El crimen condensó política, odio social y disciplinamiento sexual. Matarlo fue también una forma de advertencia contra el mundo que representaba.
Xirgu recibió la noticia en América. La Guerra Civil la había sorprendido de gira y el triunfo franquista convirtió esa gira en exilio. Decidió no regresar mientras durara la dictadura. Vivió y trabajó en Argentina, Chile y Uruguay; dirigió, actuó y formó nuevas generaciones desde la Escuela Municipal de Arte Dramático de Montevideo. En Buenos Aires encontró un refugio artístico en el Casal de Catalunya. Desde la década de 1960, la sala de la calle Chacabuco lleva su nombre. Murió en Montevideo en 1969. Había pasado más de tres décadas haciendo algo que la dictadura no había previsto: mantener a Lorca vivo en escena.
La obra de Blanca Oteyza se instala en esa continuidad. No cuenta el exilio como una aventura sentimental ni convierte a Xirgu en una heroína sin contradicciones. La muestra trabajando: administrando pérdidas, levantando compañías, tomando decisiones, volviendo una y otra vez sobre los textos del amigo asesinado. El bandoneón acompaña sin subrayar. En el escenario, España y el Río de la Plata no aparecen como dos postales, sino como las capas de una misma vida.
Oteyza conoce ese tránsito, aunque su historia no sea la del exilio. Vivió ocho años en la Argentina, desarrolló aquí parte de su carrera y protagonizó durante más de una década El diario de Adán y Eva. Su regreso con este unipersonal agrega una capa al juego de espejos: una actriz que vuelve interpreta a otra que no pudo volver. La diferencia entre ambas biografías es, justamente, el dato político.
Funciones: viernes 14 y sábado 15 de agosto, a las 20; domingo 16 y lunes 17, a las 19. Lugar: Palacio Libertad, Sarmiento 151, CABA. Duración: 60 minutos. Entrada: gratuita, con reserva previa y cupo limitado.
La reserva se habilita en la web oficial del Palacio Libertad dos días antes de cada función, a las 14, y permite solicitar hasta dos entradas por persona. El día de la actividad, las entradas físicas deben retirarse en la boletería de planta baja desde las 14 y hasta el horario de inicio. También habrá un cupo presencial sujeto a disponibilidad.
