
En el I Ching, el hexagrama 9 —Xiao Chu, “El Poder Domesticador de lo Pequeño”— describe un tiempo en el que la transformación no llega por el impacto, sino por la constancia. Es la fuerza que no avanza a los empujones, sino que se filtra, paciente, como una llovizna que termina por modelar la piedra. Bajo ese signo se reúne la muestra: La fuerza domesticadora de lo pequeño, que se exhibe desde el 12 de diciembre en la Casa Nacional del Bicentenario. Ocho artistas de Buenos Aires trabajan aquí en escalas íntimas, donde cada centímetro cuadrado es un territorio de resistencia y revelación.
El hexagrama habla de moderación, de un avance que se sostiene en la suavidad. Y algo de esa suavidad se reconoce en las obras de Lucía Bouzada, que convierte la tinta en un murmullo contenido. Sus trazos parecen obedecer a la lógica del viento tenue que describe el I Ching: una fuerza que transforma. En sus piezas, lo pequeño no es un límite, sino un modo de escuchar lo que apenas se insinúa.
Guadalupe Fernández trabaja desde otra forma de delicadeza: la acuarela como respiración. Sus colores se expanden con la misma paciencia que el hexagrama exige. Hay en sus obras una invitación a demorarse, a aceptar que la imagen no se entrega de inmediato. Como en Xiao Chu, la potencia está en lo que se acumula lentamente, en lo que se revela solo a quien se acerca.
En los óleos de Luis Giménez, la miniatura se convierte en un acto de concentración. Cada superficie reducida condensa un mundo que podría desbordarse, pero que el artista contiene con precisión casi ritual. El I Ching advierte que este es un tiempo para no forzar las cosas; Giménez parece tomar esa advertencia como método: sus obras avanzan por capas mínimas, por decisiones que se sostienen en la calma.
Alfredo Larrosa trabaja desde la fotografía, pero su mirada también responde al espíritu del hexagrama. Sus imágenes no buscan capturar lo espectacular, sino lo que se escapa en lo cotidiano. En su obra, lo pequeño no es un objeto: es una forma de atención. Cada foto es un recordatorio de que la domesticación del caos empieza por un gesto de enfoque.
En las piezas de Héctor Meana, la línea se vuelve un hilo que sujeta lo que podría dispersarse. Sus dibujos parecen escritos en un idioma antiguo, uno que coincide con la sabiduría del I Ching: la fuerza verdadera no está en la imposición, sino en la persistencia. Meana trabaja como quien repite un mantra, confiando en que la repetición también es una forma de transformación.
Juan Montes de Oca aporta una sensibilidad que roza lo meditativo. Sus obras, pequeñas pero densas, funcionan como cápsulas de tiempo. El hexagrama 9 habla de un momento en que el avance es limitado, pero fértil; Montes de Oca convierte esa limitación en un espacio de introspección, donde la mirada encuentra un ritmo propio.
En los trabajos de Silvia Sánchez, la miniatura se transforma en un acto de resistencia frente al exceso visual contemporáneo. Sus piezas obligan a bajar la velocidad, a aceptar que la revelación no es inmediata. Como en Xiao Chu, la fuerza está en lo que se sostiene sin estridencias, en lo que se afirma desde la quietud.
Finalmente, Sonia Braun trabaja desde la sutileza de lo casi imperceptible. Sus obras parecen hechas para ser descubiertas más que vistas. El I Ching dice que en este tiempo “lo pequeño acumula fuerza para lo que vendrá”. Braun encarna esa idea: cada una de sus piezas es una reserva de intensidad, un gesto mínimo que contiene un mundo.
En conjunto, estas obras exigen un pacto: acercarse, inclinarse, suspender el ruido. En ese gesto, la mirada se vuelve más precisa, más humana. La fuerza domesticadora de lo pequeño es una práctica de atención, un recordatorio de que lo diminuto puede ser una forma de sabiduría.
La exposición podrá visitarse hasta el 22 de febrero de 2026 en el microespacio de la Casa Nacional del Bicentenario, Riobamba 985, Ciudad de Buenos Aires. Allí, bajo el signo de Xiao Chu, lo pequeño vuelve a desplegar su poder antiguo.
