
Los Álzaga (IV) y la política
por Gabriel Luna
Martín Álzaga, otrora camarada de armas de Liniers en la lucha contra los ingleses y compañero de heroísmo tras la victoria, ahora recela del virrey Liniers. Desaprueba sus fiestas, las tertulias y la vida amorosa con Ana Périchon, a quien considera una espía inglesa. Y enterado de la ambición de la infanta Carlota, que ya está en Río de Janeiro y quiere regentear el Imperio español desde el Río de la Plata, Álzaga (que no está de acuerdo con ella) le escribe brindándole apoyo —desde su condición de alcalde de Buenos Aires— y contándole las andanzas de Liniers.
Mientras tanto, las tropas de Napoleón siguen invadiendo España. Y el episodio que sobresalta a Álzaga es la llegada a Buenos Aires de Claude Bernard, marqués de Sassenay, un emisario del propio Napoleón. Bernard, que ya conocía a Liniers, se reúne con el virrey y le muestra una carta autógrafa del propio Fernando VII donde pide suspender los festejos de su coronación en el Río de la Plata y acatar las órdenes del emperador francés. Liniers mira sorprendido a Bernard. Él, aunque es de origen francés, también y sobre todo es oficial del ejército español (nada menos que mariscal de campo). La primera orden de Napoleón es que el Río de la Plata acepte como rey a su hermano José Bonaparte, concluye Bernard. Silencio de ambos. No será posible, murmura Liniers.
Tras la Revolución francesa, la batalla de Trafalgar —donde Inglaterra venció y España perdió el dominio marítimo— y la invasión de Francia a Portugal y España —donde Napoleón capturó a todos los borbones excepto a la infanta Carlota—, la comunidad en el Río de la Plata se divide en tres, cuatro o cinco grupos políticos que no son muy estables, numerosos ni consecuentes: los que buscan la independencia de España, los que la buscan pero apoyando al rey Fernando VII —capturado por Napoleón—, los que apoyan la regencia imperial de Carlota desde el Río de la Plata, los que buscan una alianza comercial con Inglaterra, y los que buscan una sujeción por Francia.
No son grupos muy grandes. Si se tiene en cuenta que el Buenos Aires de entonces tenía apenas 50 mil habitantes, que la mayoría eran esclavos e indígenas, y que la política la hacía sólo una élite de criollos y españoles. Se trata de grupos de alrededor de 100 personas, a veces de menos. Había miembros que pertenecían a dos grupos y algunos que cambiaban rápidamente de grupo según las circunstancias o sus intereses.
El carlotismo, por ejemplo, estaba integrado por Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli, Antonio Luis Beruti, Cornelio Saavedra… y buscaba formar una monarquía constitucional de criollos para independizarse de los españoles. En oposición al carlotismo estaban los juntistas, grupos que, al igual que en España, formaban comunas, juntas de vecinos para oponerse al avance francés. Había juntistas que avalaban un futuro reinado de Fernando VII (una vez derrocados los franceses) con un virrey español en Buenos Aires. Y había juntistas que iban por la independencia de España y por un gobierno constitucional o por un reinado propio.
Martín Álzaga era juntista. Ya había satisfecho la ambición de la riqueza; era el comerciante más próspero de Buenos Aires, tenía una flota mercante, tenía estancias de esclavos (las estancias de esclavos son el origen de las actuales estancias de animales que hay en el país) y una enorme casa en el centro de la Ciudad (en la actual calle Bolívar 540). Tenía además una familia numerosa, 14 hijos, la base de una dinastía —se decía a sí mismo—, pero para eso había que construir desde la política. Lo que sentía ahora era la ambición del poder.
Había llegado, diez años atrás, a ser alcalde de primer voto, se había convertido en héroe tras las Invasiones inglesas, pero seguía siendo alcalde, no podía avanzar más. ¿Qué pasaba? Tenía una pared enfrente que se llamaba Santiago Liniers, el otro héroe de las Invasiones que lo opacaba. Había que quitar esa pared de enfrente. Álzaga vigilaba de cerca al virrey Liniers. Criticaba las fiestas, los gastos, las amantes y su relación con Ana Périchon, a quien consideraba una espía inglesa, y su casa era una tertulia porteña. Álzaga criticaba el origen francés de Liniers: ¿ahora que Francia invade España, cómo podemos tener un virrey francés? Lo acusaba de haber desviado el fondo patriótico destinado a la defensa de España para pagar sueldos municipales. Se sobresaltó cuando Liniers se reunió en el Fuerte con Claude Bernard, el emisario de Napoleón, y se alarmó mucho más cuando después Liniers propuso al Cabildo que el Virreinato fuera neutral ante la invasión francesa y la consecuente guerra franco-española. Álzaga pidió entonces a la Junta de Sevilla la destitución de Liniers. Y como el trámite resultaba largo, por los miles de leguas marinas, los barcos en las tormentas, los piratas ingleses y las guerras en juego, toma una decisión que cambiaría su vida.
Organiza una asonada —un golpe de Estado— para destituir a Liniers. El 1º de enero de 1809, cuando suele producirse el cambio de autoridades municipales, ocurre una manifestación frente al Fuerte, de vecinos, capitulares y soldados españoles, que exige la renuncia del virrey Liniers.
