NEMESIO TREJO

DE LA PAYADA AL GENERO CHICO

Por Juan Carlos Jara 

Nemesio Trejo -popular allá por 1880 en fondas y almacenes de extramuros como notable cultor del viejo arte de los payadores- había nacido, como el más grande de todos ellos, en la localidad bonaerense de San Martín. Fue, un día como el de hoy de 1862, “en un ranchito bizarro y a la orilla de un estero”, según su propio testimonio. Huérfano de padre a los 11 años, contribuyó al sostén familiar trabajando en una imprenta donde aprendió el oficio de tipógrafo.

Soler Cañas conjetura que allí se despertó su afición por las letras, la que desarrolló, también como Hernández, en la frecuentación del elemento popular, inmigrantes y gauchos de a pie que daban sello propio a aquella sociedad babélica y bullente de tiempos de la federalización.

Así, en el Almacén de la Milonga de la calle Charcas, donde negros y mulatos payadores lo iniciaron en el canto repentista, y en reuniones de comités, frontones y canchas de bochas, pasando por conventillos, piringundines y boliches del más variado pelaje, se familiarizó con el habla coloquial de los suburbios, que manejó con la misma soltura que el gauchesco, protagonizando memorables payadas de contrapunto con Pablo J. Vázquez, a quien venció, y el célebre Gabino Ezeiza, por el que fue derrotado.

Se cuenta que cierta noche, al asistir a la interpretación de la pieza de Miguel Ocampo “De paso por Buenos Aires” -recreación “a lo porteño” de “La Gran Vía” de Chueca y Valverde- el joven Nemesio se sintió tentado a escribir para la escena. Y “se hizo a todas las modalidades de la vida de los cómicos”.  Su primera pieza teatral, fue un “ensayo cómico lírico local” al que denominó “La fiesta de don Marcos”, y estrenó en el teatro Pasatiempo la compañía del actor español Rogelio Juárez Según los estudiosos, esta obra -sátira festiva del gobierno de Juárez Celman- constituye un puente entre la revista musical de tema hispano, interpretada por actores españoles, y el sainete criollo, cuyo reinado entre nosotros se extenderá durante largas cuatro décadas.

En verdad, ese reinado se inicia con otra pieza de Trejo, “Los oleos del chico”, llevada a escena en 1892 por la compañía Podestá- Scotti. La trama, sencillísima, se desenvuelve en escenarios caros al sainete posterior: corralón, trastienda de almacén, patio de conventillo -con su consabido final de fiesta-, donde entre diálogos chispeantes y personajes típicos de la fauna popular se desliza un atisbo de crítica a las autoridades policiales y políticas de la época, lo que no impide al protagonista recitar en el final “con levantada fuerza patriótica”:

“Será mi situación triste y mezquina,

 no tendré porvenir muy lisonjero;

mas siempre gritaré ante el mundo entero:

 que viva la República Argentina”.

Recordemos que la versión hablada de Juan Moreira es de 1886 y de la confluencia del picadero circense y el género chico o teatro por secciones de origen español nace el teatro nacional, desplazando a los autores y elencos extranjeros que predominaban hasta ese momento en todos los escenarios.

Trejo contribuyó al esplendor de ese teatro propio con medio centenar de obras, entre las que descuellan “Testamento ológrafo” (1895); “Los políticos” (1897), una de sus obras más exitosas, con 600 representaciones; “La esquila” (1899); “La trilla” (1901); “Los vividores (1902); “Los inquilinos” (1907) y “Las mujeres lindas” (1916).

Las letras nacionales también recibieron su aporte, eminentemente popular, a través de innumerables diálogos costumbristas publicados en “Caras y Caretas”, “Jettatore”, “PBT” y otras revistas y diarios de la época. También se desempeñó como cronista policial en La Razón y militó en las primeras luchas gremiales por el derecho de autor.

Alcanzada la mayoría de edad, Trejo ingresaría como meritorio en Tribunales, donde cumplió tareas varios años hasta obtener el título de escribano público en 1889. De ahí la gran cantidad de escenas y personajes ligados al ambiente judicial que pueden rastrearse en sus cuentos y piezas teatrales.

Víctima de una larga enfermedad, falleció el 10 de noviembre de 1916. Una calle de Buenos Aires recuerda su nombre.