LAS DOS MUERTES DE NAZARIO BENAVÍDEZ

 Por Carlos Semorile

La crónica del asesinato de Nazario Benavídez es no sólo la de una muerte anunciada, sino además solicitada con vehemencia: desde que el ex gobernador federal ha sido apresado bajo un falso cargo, Sarmiento -desde Buenos Aires- reclama “la eliminación de Benavídez por cualquier medio”.

Los unitarios sanjuaninos cumplen su deseo: “Medio muerto, fue enseguida arrastrado con sus grillos y casi desnudo, precipitado desde los altos del Cabildo a la balaustrada de la plaza, donde algunos oficiales se complacieron en teñir sus espadas con su sangre, atravesando repetidas veces el cadáver y profanándolo hasta escupirlo y pisotearlo”, escribía Benjamín Victorica en El Nacional de Buenos Aires.

Así moría el llamado “caudillo manso” que gobernó San Juan desde 1836 a 1854 en un clima de tolerancia y respeto, el que hizo de la provincia “el centro de la reconciliación donde el asilado político encontraba el refugio humanitario y hospitalario que garantía su vida y su propiedad”. Entre sus protegidos, nada menos que Sarmiento y Aberastain.

Atrás quedaban las cartas enviadas por Benavídez a Urquiza para evitar este desenlace, y los consejos del entrerriano para que negociara con sus futuros asesinos. “No he de consentir a la humillación de descender hasta mis perseguidores en busca del apoyo de una amistad bastante dudosa”, responde Benavídez.

Tras el asesinato, es Urquiza quien ahora recibe las amenazas de Sarmiento (“Benavídez te espera”, escribe el sanjuanino), que sumadas a la derrota de Aberastain en La Rinconada (y su posterior asesinato por las fuerzas federales), lo precipitan a los campos de Cepeda a dirimir con Mitre la postergada incorporación de Buenos Aires a la Confederación Argentina y, sobre todo, si los derechos de la aduana continuarían siendo usufructuados únicamente por la metrópoli.

   Por su parte, mientras la historia oficial canoniza como “mártir de la autonomía” a Antonino Aberastain, responsable del asesinato del interventor federal José Antonio Virasoro, los restos de Benavídez comienzan un largo peregrinar que culminaría recién siglo y medio más tarde con la localización exacta de sus cenizas.

No le iría mejor a la memoria de su obra, hábilmente escamoteada al conocimiento popular: ningún monumento recuerda su figura, no hay canciones que narren su gesta, a excepción de una zamba de los Hermanos De la Torre dedicada al “caudillo dulce”, que sugestivamente permanece inédita.

  Nacido en una familia campesina que no pertenecía al elevado mundo de “los vecinos” de San Juan, a nadie parece importarle que tras conocer la cárcel y el exilio, el antiguo arriero y soldado de Quiroga iniciara su primera gobernación con la mira puesta en la educación pública, la que, según sus palabras subsiste “sin más socorro que los padres de familia, cuyo mayor número en indigencia, se ven privados de proporcionar a sus hijos los conocimientos cual exige la moral cristiana?”.

A nadie parece importarle saber que este hombre del partido federal no fue un títere de Rosas, y que oportunamente le negó la cabeza de Sarmiento, a quien ayudó a salir rumbo a Santiago de Chile, así como le negaría luego la de Angel Peñaloza.

¿Para qué conocer algo más de Benavídez que su “mansedumbre”? ¿Para qué saber que como militar impidió varias veces que Cuyo cayera en manos unitarias y que por estas razones -al decir de Sarmiento- gozaba “de un inmenso prestigio en todas las provincias de la costa del Pacífico”? Y, más que nada, ¿para qué interesarse en su accionar político, en su apoyo a la causa federal y a las posibilidades de organización nacional que en su tiempo pareció representar Urquiza? ¿Por qué hablar de este sanjuanino que toda su vida peleó contra el “Club de Demagogos” y del que decía “este grupo liberal es un club sostén acérrimo de las ideas inmorales y subversivas que esparce por toda la República don Domingo Faustino”?

Nazario Benavídez comprobó en carne propia la ingratitud de su antiguo protegido, a quien había ayudado a fundar el diario El Zonda y al que acompañó hasta la frontera para que pudiera escapar ileso, y que tras su salvaje asesinato, estando engrillado y en prisión,  no ahorró infamia en contra de su memoria.