MANGUEL. SOBRE LA BIBLIOTECA NACIONAL

por Leticia Pogoriles

Crear lazos con otras bibliotecas del mundo, ponerse a disposición de los usuarios dondequiera que estén, continuar la digitalización de material y el cruce entre lo popular y lo erudito, agilizar los trámites de préstamos y conformar un espacio neutro de debates son algunos de los lineamientos que plantea el prestigioso escritor, traductor y editor Alberto Manguel quien hace tan sólo dos semanas fue designado como director de la Biblioteca Nacional.
Si bien asumirá en julio próximo, Manguel (Buenos Aires, 1948), autor de libros como “Una historia de la lectura” y “Curiosidad: una historia natural” y un respetado intelectual que colaboró con universidades e instituciones culturales de todo el mundo, contestó vía mail desde su actual residencia en Nueva York sobre su futuro en la institución que presidió durante diez años Horacio González.
“Una Biblioteca Nacional no debe rechazar ninguno de los soportes del texto”, expresó Manguel sobre los nuevos escenarios ante la diversidad tecnológica y abogó, en una apuesta federal, porque este espacio no sea sólo “una biblioteca para porteños”.
– ¿Pudo analizar el estado de la situación?, ¿qué encontró?
– Alberto Manguel: Sólo tuve noticias del nombramiento hace dos semanas. Con las fiestas de por medio, no he tenido tiempo de estudiar a fondo la situación de la Biblioteca. Es una institución muy compleja, con numerosos departamentos y actividades, y no he podido hacer más que mirar muy por encima los informes sobre las diversas áreas. Por cierto, el hecho de que en los últimos años haya aumentado la asistencia de los lectores es un hecho muy positivo.
– ¿Sus años de ausencia en la Argentina son un plus o un déficit para estar al frente de la Biblioteca Nacional?
– AM: Ambos. El hecho de no haber vivido en Argentina durante tantos años me ha privado de una experiencia personal de las necesidades cotidianas y de los problemas íntimos de la Biblioteca. Al mismo tiempo, esa misma lejanía me ha permitido observar la Biblioteca con una cierta objetividad, en su conjunto comparándola con otras instituciones en otros países y otras culturas, y uno de mis propósitos como director es crear lazos materiales y virtuales entre la Biblioteca Nacional y estas otras bibliotecas en América Latina y en el resto del mundo.
– ¿Pensó cómo puede capitalizar la Biblioteca este nuevo signo de los tiempos donde la relación con los libros y las bibliotecas se reconfiguró a partir de la tecnología?
– AM: Mi prioridad es continuar con la digitalización del catálogo y de varias colecciones importantes de la Biblioteca. Una de las tareas esenciales de una Biblioteca Nacional es ponerse a la disposición de los usuarios dondequiera que estén, y no ser sólo una biblioteca para porteños.
Para lograr eso, la digitalización de la Biblioteca es una necesidad primordial, y tengo la suerte de contar con una subdirectora estupenda, Elsa Barber, que ha trabajado muchos años en este campo tecnológico. En la época de Borges, los usuarios tenían que venir físicamente a la Biblioteca de la calle México. La tecnología electrónica nos ha ayudado a superar estos obstáculos. Tenemos que aprovecharla.
– Su antecesor Horacio González apostó a una gestión que cruzaba disciplinas y un diálogo entre lo erudito y lo popular, como las muestras sobre Spinetta o el Indio Solari, ¿Le interesa esa línea o quizás una gestión más clásica?
– AM: Por supuesto: toda biblioteca coherente alberga al mismo tiempo lo erudito y lo popular, ya que un libro que empieza siendo erudito (“Breve historia del tiempo de Hawking”, por ejemplo) puede convertirse en popular por razones misteriosas, y otro que empieza siendo popular (“El Quijote”, por ejemplo) puede convertirse en erudito, inagotable fuente para académicos.
Me parece bien montar muestras dedicadas a figuras populares, pero sin olvidar a autores que, no siendo tan populares como el Indio Solari, son tal vez dignos de mención, como Cervantes, Shakespeare y Borges, cuyos aniversarios la Biblioteca celebrará este año que comienza.
– En ese sentido, ¿qué objetivos plantea en primera instancia en cuanto a la labor de préstamos de libros y de investigación?
– AM: Necesito aún estudiar estas cuestiones de manera detenida, pero trataré de eliminar en lo posible las trabas burocráticas y agilizar los trámites de préstamo y acreditación. El mérito de una biblioteca depende del mérito que encuentran en ella sus lectores.
– Y sobre el área de publicaciones, ¿qué primeras sugerencias tiene en mente?
– AM: Por cierto continuaremos con la publicación de las revistas, los catálogos y colecciones admirables como la serie Jorge Álvarez. Quiero también crear lazos con Eudeba y otras editoriales universitarias para trabajar juntos en diversos proyectos utilizando los fondos de la Biblioteca.
– Si como postuló en “Una historia de la lectura”, leer es un acto de poder y rebeldía ¿Imagina convertir a la Biblioteca en un espacio de debate y disidencia respecto de algunas tradiciones literarias?
– AM: Una Biblioteca Nacional debe ser el símbolo de la identidad de sus lectores, y como tal facilitar el acceso a los textos que esos lectores exigen. No pienso que la Biblioteca deba definirse como “un espacio de debate y disidencia” pero sí prestarse al diálogo y al intercambio opiniones diversas. Leer es de por sí un acto disidente, subversivo, en el que los lectores definen al texto a través de sus interpretaciones, muchas veces yendo en contra de las opiniones tradicionales.
Pero la Biblioteca en sí debe ser un lugar neutro en el que todo lector pueda sentirse libre de opinar y argumentar, y donde todo tipo de ideas pueden ser estudiadas y desarrolladas. De ese modo, una Biblioteca Nacional debe tratar de evitar en lo posible la censura que, consciente o inconscientemente, forma parte de su naturaleza.
– ¿Cómo cree que una biblioteca debería acompañar el proceso de reconfiguración del paradigma del conocimiento que se postula desde las neurociencias?
– AM: Es una pregunta demasiado compleja para contestarle de manera breve. Pero si tuviera que resumir mi respuesta, le diría: tenemos que volver a aprender a leer. Aprender a apropiarnos del texto, a convertirlo en espejo de nuestras múltiples identidades, a buscar (y quizás encontrar) en él palabras para nombrar nuestra experiencia. Y también, aprender a hacer preguntas y a confiar en nuestra inteligencia.
– Recientemente escribió que “están aquellas sociedades en las que el libro como tal ha perdido su prestigio.” ¿Qué diagnóstico le confiere a la sociedad argentina y cómo considera a los lectores de este país en general?
– AM: Durante uno o dos siglos, el libro fue un símbolo prestigioso en nuestro país, aún entre los muchos que no sabían leer. Pero cuando nos convertimos en una sociedad de consumo (como casi todo el resto del mundo) el libro también se convirtió en objeto de consumo. Es casi imposible dar al libro un valor intelectual en una sociedad en la que lo intelectual está visto como algo sin valor, elitista y superfluo. Pero podemos tratar.