LA SEMANA TRÁGICA

El 2 de diciembre de 1918 comenzó la huelga.  Una jornada de ocho horas, salubridad laboral y un salario justo, reclamaban los 2.500 obreros de los talleres Vasena. La patronal consideró que se trataba de una “insolencia obrera”. Los trabajadores decidieron entonces tomar  la fábrica y armar un piquete en la puerta del establecimiento. Alfredo Vasena tenía buenas relaciones con el gobierno. Su asesor legal era un acérrimo militante radical afín a Yrigoyen, por lo que logró que rápidamente enviaran policías y bomberos para castigar la “insolencia” de los obreros.

El 7 de enero, a las tres y media de la tarde, un grupo de huelguistas había formado un piquete tratando de impedir la llegada de materia prima para la fábrica. En ese momento, los conductores comenzaron a disparar sus armas de fuego contra los trabajadores. Al grupo de rompehuelgas se sumaron inmediatamente las fuerzas policiales. Se vivió, aquella tarde, el primer día pánico en el barrio San Cristóbal. El saldo fue elocuente: cuatro muertos. Tres de ellos baleados en sus casas y el cuarto, asesinado a sablazos por la policía montada, los “cosacos”. Hubo también, más de 30 heridos. Según La Prensa, policías y bomberos, dispararon 2.000 proyectiles. Las víctimas fueron: Juan Fiorini, argentino, 18 años, soltero, jornalero de la fábrica Bozzalla Hnos., asesinado mientras estaba tomando mate en su domicilio de un balazo en la región pectoral. Toribio Barrios, español, 42 años, casado, recolector de basura, asesinado en la avenida Alcorta 3189, de varios sablazos en el cráneo. Santiago Gómez Metrolles, argentino, 32 años, soltero, recolector de basura, asesinado de un balazo en el temporal derecho en avenida Alcorta 3521.  Miguel Britos, casado, jornalero, muerto a consecuencia de heridas de bala. Según el propio parte policial que reproduce el diario La Nación, “ninguno fue muerto en actitud de combate, ninguno estaba agrediendo a las fuerzas represivas”.

Ante la gravedad de estos hechos, Alfredo Vasena, se  reunió con los delegados gremiales en el Departamento de Policía y les ofreció la reducción de la jornada laboral a 9 horas, un 12 % de aumento de jornales y admisión de cuantos quisieran trabajar. Al no haber acuerdo, se decidió continuar la reunión al día siguiente, en la fábrica. Los obreros llegaron puntualmente a las diez, pero Vasena se negó a reunirse con los trabajadores. Argumentó que entre los delegados había activistas que no pertenecían a su plantel. Los  trabajadores presentaron un  pliego de condiciones: jornada de 8 horas, aumentos de jornales comprendidos entre el 20 y el 40 %, pago de trabajos y horas extraordinarias, readmisión de los obreros despedidos por causas sindicales y abolición del trabajo a destajo. Vasena se comprometió a dar una respuesta, al día siguiente y, a pedido de los obreros, ordenó que dejaran de circular las chatas de transportes.

El jueves 9 de enero de 1919 la ciudad de Buenos Aires estaba paralizada. Comercios cerrados. No transporte público. La basura acumulaba en las esquinas. Los canillitas habían resuelto vender solamente La Vanguardia y La Protesta, que aquel día titulaba: “El crimen de las fuerzas policiales, embriagadas por el gobierno y Vasena, clama una explosión revolucionaria”. Los únicos movimientos lo constituían las compactas columnas de trabajadores que se preparaban para enterrar a sus muertos. Eran hombres, mujeres y niños, con crespones negros y banderas rojas y negras -la mayoría eran socialistas, anarquistas y sindicalistas revolucionarios-, que lo único que pretendían homenajear a sus mártires y repudiar la represión estatal y paraestatal.

Previsor, el jefe de policía Elpidio González había solicitado y obtenido aquel mismo día del presidente Yrigoyen un decreto que aumentaba en un 20 % el sueldo de los policías a los que les esperaba una dura faena.

A las tres de la tarde partió el cortejo fúnebre encabezado por la “autodefensa obrera”, unos cien trabajadores armados con revólveres y carabinas. Detrás, una compacta columna de miles de personas, “el pobrerío” como les gustaba llamarlos a los pitucos. El cortejo enfiló por la calle Corrientes hacia el Cementerio del Oeste (La Chacarita). Al llegar a la altura de Yatay, frente a un templo católico, algunos manifestantes anarquistas comenzaron a gritar consignas anticlericales. La respuesta no se hizo esperar: desde dentro del templo policías y bomberos comenzaron a disparar sobre la multitud. Resistieron. A las 17 horas la columna llegó al cementerio de la Chacarita. Comenzaron los discursos de los delegados de la FORA IX. Mientras hablaba el dirigente Luis Bernard, surgieron abruptamente detrás de los muros del cementerio miembros de la policía y del ejército que comenzaron a disparar sobre la multitud. Era una emboscada, que se cobró cien vidas y cuatrocientos heridos. Según los diarios de la época, hubo 12 muertos y casi doscientos heridos. La prensa obrera habló de 100 muertos y más de cuatrocientos heridos. Ambas coincidieron en que entre las fuerzas militares y policiales no hubo bajas. La impunidad iba en aumento.

El pueblo no se amilanó y siguió en la calle exigiendo justicia. La huelga general continuaba. Mientras se producía la masacre de la Chacarita un grupo de trabajadores rodeó la fábrica Vasena y estuvo a punto de incendiarla. En el interior del edificio se encontraban Alfredo Vasena, Joaquín Anchorena de la Asociación Nacional del Trabajo y un empresario británico, flamante  comprador de la metalúrgica. La embajada británica se comunicó de inmediato con la Casa Rosada. Alvear que por entonces era jefe de policía y Elpidio González,  partieron raudos a parlamentar con los obreros y pedirles calma. No fueron bien recibidos. El auto del jefe de policía fue incendiado por la multitud. González debió volver en taxi a su despacho, pero envió a un grupo de 100 bomberos y policías armados que dispararon sin contemplaciones sobre la multitud, provocando —según el propio parte policial— 24 muertos y 60 heridos.

El fantasma de la Revolución Bolchevique, los soviets de obreros y el levantamiento de campesinos en Rusia  aterró a los miembros más destacados de la sociedad argentina. Había que frenar el torrente revolucionario. Comenzaron a reunirse para presionar al gobierno radical, al que veían como incapaz de llevar adelante una represión como la que ellos deseaban y necesitaban. Se hacía necesario el empleo de una “mano dura” que les recordara a los trabajadores que su lugar en la sociedad viene por el lado de la obediencia y la resignación. Con esa consigna, un grupo de jóvenes de la alta sociedad porteña se reunió en la Confitería París y decidió armarse en defensa propia. Las reuniones continuaron en los más cómodos salones del “Centro Naval” de Florida y Córdoba, donde fueron recibidos por el contralmirante y recontra reaccionario Manuel Domecq García y su colega el contralmirante Eduardo, quienes se comprometieron a darle a los ansiosos muchachos instrucción militar. El 10 de enero de 1919, O’Connor manifestó que Buenos Aires no sería otro Petrogrado e invitaba a la “valiente muchachada” a atacar a los “rusos y catalanes en sus propios barrios si no se atreven a venir al centro”. Los jovencitos “patrióticos” partieron del centro naval con brazaletes con los colores argentinos y armas automáticas generosamente repartidas por Domecq, O’Connor y sus cómplices. El 16 de enero de 1919, este grupo se constituyó en la  Liga Patriótica Argentina. Domecq García ocupó la presidencia en forma provisional hasta abril de 1919, cuando las brigadas eligieron como presidente a Manuel Carlés y vice a Pedro Cristophersen.

¿A qué se dedicaban estos ciudadanos preocupados por el orden? Las bandas terroristas armadas que operaban bajo el rótulo de Liga Patriótica Argentina lo hacían con total impunidad y la más absoluta colaboración y complicidad oficiales. Se reunían en las comisarías y allí se les distribuían armas y brazaletes. Desde las sedes policiales partían en coches último modelo manejados por los jovencitos oligarcas, y al grito de “Viva la Patria” se dirigían a las barriadas obreras, a las sedes sindicales, a las bibliotecas obreras, a la sede de los periódicos socialistas y anarquistas para incendiarlos y destruirlos, todo bajo la mirada cómplice de la policía y los bomberos. El barrio judío de Once fue atacado con saña por las bandas patrióticas que se dedicaban a la “caza del ruso”. Allí fueron incendiadas sinagogas y las bibliotecas Avangard y Paole Sión. Los terroristas de la Liga atacaban a los transeúntes, particularmente a los que vestían con algún elemento que determinara su pertenencia a la colectividad. La cobarde agresión no respetó ni edades ni sexos. Los “defensores de la familia y las buenas costumbres” golpeaban con cachiporras y las culatas de sus revólveres a ancianos y arrastraban de los pelos a mujeres y niños.

El 11 de enero el gobierno radical llegó a un acuerdo con la FORA IX basado en la libertad de los presos que sumaban más de 2.000, un aumento salarial de entre un 20 y un 40 %, según las categorías, el establecimiento de una jornada laboral de nueve horas y la reincorporación de todos los huelguistas despedidos. Poco después las autoridades de la FORA y del Partido Socialista resolvieron la vuelta al trabajo. El vespertino La Razón titulaba: “Se terminó la huelga, ahora los poderes públicos deben buscar los promotores de la rebelión, de esa rebelión cuya responsabilidad rechazan la FORA y el PS…”.

El dolor y la conmoción popular continúan. Los trabajadores se muestran renuentes a volver a sus trabajos. En las asambleas sindicales las mociones por continuar la huelga general se suceden. Por su parte, la FORA V se opone terminantemente a levantar la medida de fuerza y decide “continuar el movimiento como forma de protesta contra los crímenes de Estado”. El martes 14 de enero, el flamante jefe de la Policía Federal, general Luis Dellepiane, recibió por separado a las conducciones de las dos FORA y aceptó sus coincidentes condiciones para volver al trabajo que incluían “la supresión de la ostentación de fuerza por las autoridades” y el “respeto del derecho de reunión”. Pero pasando por encima del general, la policía y miembros de la Liga Patriótica se dieron un gusto que venían postergando: saquearon y destruyeron la sede del periódico anarquista La Protesta. Esto motivó la amenaza de renuncia de Dellepiane, que fue rechazada al día siguiente por el propio presidente Yrigoyen, quien además ordenó efectivizar la puesta en libertad de todos los detenidos.

El jueves 16, Buenos Aires era casi una ciudad normal: circulaban los tranvías, había alimentos en los mercados, y los cines y teatros volvieron a abrir sus puertas. Las tropas fueron retornando a los cuarteles y los trabajadores ferroviarios fueron retomando lentamente los servicios. Recién el lunes 20 los obreros de Vasena, tras comprobar que todas sus reivindicaciones habían sido cumplidas y que no quedaba ningún compañero despedido ni sancionado, decidieron volver a sus puestos de trabajo.

La rebelión social duró exactamente una semana, del 7 al 14 de enero de 1919. La huelga había triunfado a un costo enorme. El precio no lo pusieron los trabajadores sino los dueños del poder, que hicieron del conflicto un caso testigo en su pulseada con el gobierno al que consiguieron presionar en los momentos más graves e imponerle su voluntad represiva.

No hubo sanciones para las fuerzas represivas, ni siquiera se habló de “errores o excesos”; por el contrario, el gobierno felicitó a los oficiales y a las tropas encargadas de la represión y volvió a hablar de subversión. Por su parte, Dellepiane, el jefe de la represión, dictó la siguiente orden del día: “Quiero llevar al digno y valiente personal que ha cooperado con las fuerzas del ejército y armada en la sofocación del brutal e inicuo estallido, mi palabra más sentida de agradecimiento, al mismo tiempo que el deseo de que los componentes de toda jerarquía de tan nobles instituciones, encargadas de salvaguardar los más sagrados intereses de esta gran metrópoli, sientan palpitar sus pechos únicamente por el impulso de nobles ideales, presentándolos como coraza invulnerable a la incitación malsana con que se quiere disfrazar propósitos inconfesables y cobardes apetitos”.

Los sectores pudientes de la sociedad se mostraron muy agradecidos con los miembros de las fuerzas represivas y las premiaron. Así lo detalla el diario La Nación: “En el local de la Asociación del Trabajo se reunió ayer la Junta Directiva de la Comisión pro defensores del orden, que preside el contralmirante Domecq García, adoptándose diversas resoluciones de importancia. Se resolvió designar comisiones especiales que tendrán a su cargo la recolección de fondos en la banca, el comercio, la industria, el foro, etc., y se adoptaron diversas disposiciones tendientes a hacer que el óbolo llegue en forma equitativa a todos los hogares de los defensores del orden. […] La empresa del ferrocarril del Oeste ha resuelto contribuir con la suma de 5.000 pesos al fondo de la suscripción nacional promovida a favor de los argentinos que han tenido a su cargo la tarea de restablecer el orden durante los recientes sucesos. El resto de las contribuciones fuerón:  El Frigorífico Swift $ 1.000. Club Francais $500. Eugenio Mattaldi $500. Escalada y Cía. $100. Leng Roberts y Cía. $500. Juan Angel López. $ 200. Matías Errázuriz. $ 500. Horacio Sánchez y Elía 7.000. Jockey Club. $ 5.000. Cía. Alemana de electricidad. $ 1.000. Arable King y Cía. $ 100. Elena S. de Gómez. $200. Las Palmas Produce Cía. $1.000. Frigorífico Armour. $ 1.000

Ni los familiares de los 700 muertos ni los más de 4.000 heridos, recibieron un centavo. Eran gente del pueblo, eran trabajadores, eran, en términos de Carlés, “insolentes” que habían osado defender sus derechos. No hubo “suscripciones” ni donaciones las viudas con sus hijos sumidos en la más absoluta tristeza y pobreza. La caridad tenía una sola cara. Sólo varios meses después de terminada la represión de aquella Semana Trágica, las damas de caridad y la jerarquía de la Iglesia Católica lanzaron una colecta para reunir fondos para darle limosnas a las familias más necesitadas. Lo hacían evidentemente en defensa propia. Si a alguien le queda alguna duda, he aquí parte del texto de lanzamiento de la Gran Colecta Nacional: “Dime: ¿qué menos podrías hacer si te vieras acosado o acosada por una manada de fieras hambrientas, que echarles pedazos de carne para aplacar el furor y taparles la boca? Los bárbaros ya están a las puertas de Roma”.

Fuentes Consultadas:

Periódico Acción Directa
Revista-Anarquista Kiebre
Historia Argentina – Abad de Santillán