JULIO CORTÁZAR. EL CRONOPIO FUGITIVO

por Milena Heinrich

Con “Julio Cortázar. El cronopio fugitivo”, el español Miguel Dalmau impacta con una monumental y atrapante biografía sobre el autor de “Rayuela”, una hoja de ruta narrada al ritmo seductor de una novela, que repara y repone algunas “distorsiones” creadas en torno a su figura, al tiempo que indaga en el “lado oscuro” del escritor porque, como sostiene el biógrafo, detrás del “gran cronopio había un gigante con los pies de barro”.
Dalmau (Barcelona, 1957), una de las voces más originales de la narrativa española independiente, llegó a Cortázar por su padre, un gran lector del cuentista argentino, como él mismo lo describe. Y al igual que su progenitor, lo leyó y se apasionó y hasta le mandó una carta, a la que Cortázar respondió con una “carta-cuento”; también se encontraron en Barcelona y ahora, por lo menos Dalmau, lo hace en esta biografía. “Quizá yo sea escritor a causa de todo eso”, repasa en entrevista.
El antecedente de los “polémicos” ensayos sobre los hermanos Goytisolo o sobre el poeta Jaime Gil de Biedma impidió que la biografía saliera a la luz en el marco del centenario del escritor y los 50 años de “Rayuela”.
“La agente literaria no quiso que se repitieran los “escándalos” –dice Dalmau-. Se creó entonces un cordón ´policial´ alrededor de Julio, de su memoria, avalado por Aurora. Circe (la editorial que originalmente publicaría el libro) renunció y por fortuna fue rescatado por Edhasa”.
Con ese precedente, “El cronopio fugitivo” (Edhasa) llega como una esperada biografía envuelta en silencios y complicaciones. Es cierto que sobre Cortázar se ha escrito y mucho. El argentino Mario Goloboff es uno de los que más lo ha hecho, también su amiga uruguaya Cristina Peri Rossi. Pero la diferencia, identifica Dalmau, es que cuando Goloboff “publicó su estudio imprescindible no se había editado aún la monumental correspondencia, que es una herramienta de información nueva e incomparable”.
Entonces, adelanta el escritor español sobre la monumental semblanza de más de 600 páginas, “aprovechando esas miles de cartas y otras fuentes inéditas he procurado trazar un retrato más íntimo y psicológico del personaje. También he intentado que la prosa fuera muy fluida y equilibrada. Generalmente las biografías atienden más al aspecto académico que al literario. Por eso rara vez atrapan al lector de la calle”.
– ¿Por qué “El cronopio fugitivo? ¿De qué huía Cortázar?
-Dalmau: Esta idea nace de un autor argentino, Eduardo M. Bradley, que se preguntó por la existencia itinerante de Cortázar. Dado que él se limitó a la primera etapa de su vida yo decidí seguir el hilo hasta su muerte. Entonces comprobé que Cortázar había estado huyendo casi siempre: del ambiente familiar, de la atmósfera de su país, de sus propios temores, de la herencia recibida, de las neurosis, de las inclinaciones suicidas.
En realidad la literatura le proporcionó el refugio más estable y también el mejor campo de batalla para combatir sus demonios.
– Más que como una biografía tradicional, y lejos de una hagiografía, la obra está narrada como una novela. ¿Es la historia de Cortázar una novela? ¿Por qué?
-D: Una biografía es un retrato, o si lo prefiere es la novela de una vida. Por tanto el objetivo principal del biógrafo debería ser contar esa vida lo mejor posible, pero no con el deseo de canonizar al personaje sino de indagar en su lado oscuro y componer un artefacto literario que seduzca y sea creíble.
En el caso de un artista tan honesto la conexión entre vida y obra es inevitable. En esencia Cortázar era un ser diferente, un espíritu muy fino que veía y escribía sobre las mil caras de la realidad. Pese a ello no perdía de vista a sus semejantes, los que estamos prisioneros en el lado incompleto de las cosas. Julio nos enseñó a mirar y a ver.
– En las primeras páginas usted escribe: “Desde el principio las brumas envuelven a Cortázar”. Incluso, el primer capítulo del libro lo titula “Mentiras Piadosas” ¿Se ha creado en torno a él una suerte de figura mítica?
-D: Cortázar fue el escritor más querido de su tiempo, pero cuando las personas queremos a alguien solemos mitificarlo y sobreprotegerlo. Cortázar fue además un ícono de la izquierda y un paladín de las causas románticas. Todo ello fue creando un aura mítica. Pero detrás del gran cronopio había un gigante con los pies de barro y también una leyenda que no se ajustaba del todo a la realidad. Mi intención fue señalar y corregir esa distorsión. Hacerlo más humano y real.
– ¿Qué se propuso reponer, desnaturalizar o demostrar sobre la hoja de ruta del cuentista?
-D: Me interesaba analizar la novela familiar de Cortázar. En su caso esa “novela familiar” era muy sui generis: el padre malvado que le abandona de niño, la madre abnegada que ha de sacar la familia adelante, el hijo bueno que la ayuda en todo. Es casi como la letra de un tango. A esa trama se suma una huida de Argentina por motivos supuestamente políticos. Todo eso es cierto, pero debe ser revisado, ampliado y matizado. Nunca hay que conformarse con la versión oficial. Los cronopios no suelen hacerlo.
– Otro eje a fuerte de la biografía es el círculo femenino, al que usted llama “gineceo”. Es un tema que el propio Cortázar se ha ocupado de reconocer como una gran influencia en su obra. ¿Cuál es su lectura sobre esa ala femenina?
-D: Cortázar vivió una infancia muy singular, casi en régimen de internado. Sin hombres. En cierto momento su madre decidió utilizar la casa de Banfield como academia de señoritas donde se impartían clases de música, literatura, etcétera. Julio creció, pues, en un ambiente marcado por la sensibilidad, los códigos y las emociones de mujeres de todas las edades.
Eso explicaría su prodigiosa empatía con el universo femenino, su percepción a veces tan lunar y misteriosa del cosmos, su actitud dialogante, o la ternura que aflora en sus páginas.
– Entre las decisiones que asume como biógrafo, sostiene que Cortázar falleció por sida y por no leucemia. ¿A qué vincula el esfuerzo constante de negar esa enfermedad, como lo hizo su ex esposa y albacea, Aurora Bernárdez?
-D: Cortázar sufrió cefaleas severas durante toda la vida. Eso le convirtió en un adicto a la aspirina, pero al final tuvo una tremenda hemorragia gástrica que obligó a transferirle más de veinte litros de sangre en un hospital francés. Fatalmente aquella partida estaba infectada con el virus VIH.
Aunque es probable que Cortázar ya padeciera leucemia, la sangre nueva lo mató. El hermetismo sobre su enfermedad obedece a que el sida era considerado entonces un azote divino que castigaba a los disolutos y homosexuales. Era el gran tema tabú.
– A partir de esta minuciosa biografía, ¿cómo define entonces al creador de los cronopios?
-D: Cortázar ha sido uno de los grandes autores en nuestro idioma del siglo XX. El mejor cuentista en lengua castellana, por llamarla de algún modo, y un novelista experimental que alcanzó su cima en “Rayuela”. Marcó un hito revolucionario a la hora de escribir o leer un libro. Por si todo eso fuera poco, tuvo la valentía de arriesgar todo su prestigio personal y artístico defendiendo a los humildes, a los perseguidos y a los humillados. ¿Se puede pedir más?