HISTORIA DE LA CALLE LAVALLE

PARTE IV

por Gabriel Luna

En 1866 se establece el matrimonio del hacendado y político Tomás Anchorena con Mercedes Francisca Riglos en una casa, de 11 habitaciones y un patio central, ubicada sobre la calle Lavalle en la vereda sur, a mitad de cuadra entre Suipacha y Artes -actual Carlos Pellegrini-. La pareja será próspera, tendrá 9 hijos y una larga vida. En 1867 se inaugura el Paseo de la Alameda, también llamado Paseo de Julio, un espacio arbolado de recreación para las familias en la orilla del río -que llegaba entonces hasta la actual avenida Paseo Colón-. Al año siguiente, 1868, la primera línea de tranvías de la Ciudad recorrerá ese Paseo desde Retiro hasta avenida Rivadavia. En 1869 ocurre otro acontecimiento social en el caserón con rejas de bronce de la calle Lavalle, a metros de la esquina con Suipacha, se casa el codiciado doctor Carlos Durand, a los 43 años, con Amalia Pelliza Pueyrredón, una hermosísima joven de 17 años, nieta de quien fuera director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Este enlace, largamente comentado por las damas porteñas en el Paseo de Julio, por la apostura, el refinamiento, y la posición económica de la pareja, tendría -como se verá más adelante- un final de terror.

En 1870 la Ciudad tiene 187.546 habitantes. Hay 20.858 casas de una planta, 1.980 de dos plantas, y 251 de tres. Hay una consolidación política del país y el comienzo de un auge económico, centrado particularmente en Buenos Aires. Tras el final de las guerras civiles, la guerra con Brasil, y la Guerra de la Triple Alianza, que había iniciado Mitre contra Paraguay para defender los intereses británicos en el Río de la Plata, el sector agropecuario prospera (construye casas) y gasta en diversión, mobiliario, espectáculo, y en ciertas recreaciones culturales. Solamente en la manzana que nos ocupa, de Lavalle-Esmeralda-Corrientes-Suipacha, se construirán en pocos años varios teatros: el teatro Olimpo, ubicado en los solares que pertenecieran a Miguel Galíndez y Juan Rodríguez, en la vereda norte de Lavalle al 800; el teatro Coliseum, enfrente, construido donde estaban las casas de Patricio Moore y Clara Soudidet, con salida a la vereda norte de la calle Corrientes; el teatro Odeón en la esquina SE de Esmeralda y Corrientes; y el teatro La Opera, junto a la vereda sur de Corrientes, entre Suipacha y Esmeralda. Tras el final de las guerras, los que ganaron impondrían en el país el modelo agroexportador, muy conveniente para la industria y el comercio inglés, y también para los estancieros locales, que tendrían excedentes jamás soñados.

En 1880 se adoquinan con granito todas las calles del Centro. La esquina de Lavalle y Suipacha toma color. Los hermanos Lamarque instalan una confitería parisina con toldos rojos donde tenía vivienda y despacho Pedro Chavis, y había nacido Mitre. Enfrente, en la esquina NE, abre una tienda con toldos verdes Esteban Larco -que también es empresario teatral-. Y hay un almacén con toldos amarillos, que pertenece a Miguel Rocca, en la planta baja de la casa de Juana Lastra, esquina NO. El colorido del lugar se corta abruptamente en la propiedad lindera. El caserón del doctor Durand tiene opacas las rejas de bronce, las ventanas tapiadas, y las paredes grises, manchadas, con grietas, como si hubieran sufrido un abandono de muchos años. La casa no está abandonada pero encierra una desgracia. Al poco tiempo de celebrarse la boda de Durand con la hermosísima joven Amalia Pelliza Pueyrredón, ésta sufre una viruela confluente. Cae en una laxitud profunda, siente frío, se le eriza el cabello, luego llega la fiebre, y después el rostro y su cuerpo se le cubren de pústulas cada vez más numerosas, que forman como un empedrado, un tegumento moreno opresor e irritante; la respiración se interrumpe, sus ojos parecen centelleantes, asustados. Y el tegumento arrasa las facciones, el rostro -que era delicado y armónico, ahora está hinchado y anacarado como una máscara en la noche-, la lengua le crece, el cuello también, tiene angina, ronquera, le falta la voz. Entonces llegan las fases finales y más peligrosas: la supuración, y la desecación. La máscara se fragmenta y convierte en costras negras, va despegándose de la cara entre fluidos y ardores muy fuertes, pueden producirse ulceraciones, abscesos, hemorragias fatales… Pero ella sobrevive, aunque su cuerpo hiede peor que el de un muerto. El doctor Durand, su marido insomne, la ha velado y socorrido durante dos semanas dándole bálsamos, brebajes, e innumerables cuidados. Ha consultado a todos sus colegas, a curanderos, a místicos, astrólogos. Y tal vez la haya salvado de la muerte; pero el precio fue alto, tuvo que asistir a la espantosa transformación de Amalia: la mujer más lozana y hermosa de Buenos Aires salió de la enfermedad convertida en un monstruo. Ella hubiera preferido morir, él no lo permitió. El cuerpo de ella quedó deforme, como en una contracción, y las pústulas dejaron marcas indelebles en el rostro. ¿Qué pasará entonces? El mágico acontecimiento social de la boda y la enorme admiración, se convertirán en escarnio y rechazo, razona Durand, y manda a desplegar cortinados, romper los espejos, restringir la entrada de su casa, y tapiar las ventanas.