HASTA LA VICTORIA, OCAMPO

Por Vanina Escales

La literatura argentina es la historia de un proyecto nacional, como sostiene la conocida tesis de David Viñas, fundada a través de una metáfora: la violación. “El Matadero” y “Amalia”: la violencia como escenario polarizador de civilización y barbarie; de un tipo de intromisión de afuera hacia adentro; de las masas informes sobre el poeta; y de la carne sobre el espíritu.

En la “Autobiografía” de Victoria Ocampo encontramos otra cosa: el cuerpo intensificado, rebelándose contra sí mismo, extrañado del encuentro con otro, deseante y amoroso, un pensamiento sobre el cuerpo desde el cuerpo.

Podemos pensar a partir de esto en ríos subterráneos de la literatura nacional, donde el proyecto nacional no existe, y más bien encontramos la historia del cuerpo de las minorías. En una genealogía del punto de vista femenino en las letras deberíamos incluir tanto a Alfonsina Storni como a Victoria Ocampo.

Si en la literatura de la que habla Viñas vemos la preocupación por los escritores por el destino nacional y por la construcción de un Estado, en esta otra vemos la politización y problematización de un interior, del cuerpo como campo de disputa.

El slogan “lo privado es político” colabora en el pensamiento sobre ese cuerpo al que se quiere no coercionado, no sólo en el espacio público sino frente al patriarca, la estructura familiar, el destino impuesto, “la maternidad vacuna”, dirá Victoria.

Victoria Ocampo nunca fue sencilla -antes, muerta-. Resistida desde todos los frentes, su propia clase, el terror al padre, la incomprensión a su proyecto, su impopularidad popular. Sin embargo, se las arregló para pasar por la vida sin dar demasiadas explicaciones y sin esperar comprensión para poder hacer. Fue la mayor de las Ocampo y le tocó abrir camino. No es exagerado decir que no lo abrió sólo para sus hermanas.

Si Simone de Beauvoir tiene la pulsión existencial de contarlo todo, de hacer de la interioridad una escena pública, Victoria lo hace con mayor sensibilidad y poesía en su “Autobiografía”. Se expone pero con recaudos, pide que esos escritos tan reveladores se publiquen luego de su muerte. Elude tanto al censor como a la repregunta.

Presidenta de la Unión de Mujeres Argentinas, feminista por tanto, escribe: “Los hombres argentinos, esos hombres primitivos, autoritarios, celosos, `dueños` de la mujer, dividían generalmente a nuestro sexo en dos categorías: las mujeres respetables, madres, esposas, hermanas, etc., y las mujeres que no había razón para respetar, hechas para un coito sin consecuencias, mujeres adúlteras, vírgenes locas o directamente prostitutas. En la segunda categoría (adúltera), estaba yo”.
Conoció a su amante, Julián Martínez, el gran amor de su vida, en su luna de miel con el insípido Mónaco Estrada. El amor duró casi dos décadas: “Desesperada de soledad en una pasión compartida y satisfecha. Desesperada de amor”.

Creyó estar embarazada, cuatro o cinco días infernales. El peso de su padre en la conciencia y el destino de un hijo bastardo la llevan a una única resolución: el suicidio. No el aborto y no por cuestiones morales, “se me hubiera ocurrido (lo sé) de no querer a J. como lo quería”. La fijación de la mirada en los últimos detalles que miraría, un tailleur de alpaca negra con unos jazmines del cabo en la solapa, un sombrero nuevo y la idea de que cuando lo miren se enternecerán: “Fue el último”.

La idea de matarse como insistencia, y, al día siguiente, al amanecer “sin haber dormido casi, me desperté húmeda de sangre”. Alegría y desdicha, seguir viviendo pero con un hijo que ya no nacería.

Jules Michelet en el siglo XIX había dicho de la menstruación: la mujer no es en realidad únicamente una enferma, sino una herida. Esa mancha de Victoria, la primera en la literatura argentina, debe ser repuesta en la historia de la sangre, del cuerpo y de las filiaciones en una literatura ya no avasallante de verdades sino tan revolucionaria como íntima: la de
los ríos subterráneos en donde resisten las minorías.