EL ASESINATO DE FACUNDO

Por Enrique Manson

“¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: `¡No, no ha muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!´. ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto”.

Así iniciaba Sarmiento su “Facundo”, subtitulado “Civilización y barbarie”, pretendiendo sintetizar el drama argentino. Quiroga era la encarnación de lo bárbaro y Rosas, aunque hijo de la culta Buenos Aires, era el perfeccionamiento de un modo falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión.

Granadero de San Martín, Quiroga recibió de Pueyrredón el reconocimiento de Benemérito de la Patria. Vuelto a su provincia, impulsó la explotación del Famatina y la Casa de Moneda riojana.

Contra la acusación sarmientina de “bárbaro” habla su correspondencia, de claro lenguaje y rico vocabulario. De ideas unitarias, adhirió al federalismo por ser este el partido de las mayorías populares.

Había combatido a la usurpación rivadaviana y a los golpistas Lavalle y Paz. Vencidos éstos, creía llegada la hora de la Constitución federal. Rosas, su amigo, no pensaba igual. Antes de partir al norte para detener con su prestigio una guerra entre Salta y Tucumán, se reunió con el porteño en la hacienda de Figueroa, en San Antonio de Areco, y allí Rosas lo convenció de sus ideas.

Facundo le pidió que se las hiciera llegar por escrito para utilizarlas ante los gobernadores de las provincias del norte. Durante el regreso, fue asesinado en Barranca Yaco. En su chaqueta, manchada de sangre, quedó la carta que hoy se conserva en el Archivo General de la Nación.

“Usted y yo deferimos”, decía el Restaurador, “a que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares para que después de promulgadas, entrásemos a trabajar los cimientos de la Gran Carta Nacional… ¿Quién para formar un todo ordenado y compacto no arregla y soluciona primeramente bajo una forma regular y permanente las partes que deben componerlo? … ¿Quién forma un ser viviente y robusto con miembros muertos o dilacerados? “Una muy cara y dolorosa experiencia nos ha hecho ver prácticamente que es absolutamente necesario entre nosotros el sistema federal … el haber predominado en el país una facción que se hacía sorda al grito de esa necesidad ha destruido y aniquilado los medios que teníamos para promover a ella…. es preciso crearlo todo de nuevo, trabajando primero en pequeño y por fracciones, para entablar después un sistema que lo abrace todo. .. si en la actualidad apenas se encuentran hombres para el gobierno particular de cada provincia, ¿de donde se sacarán los que hayan de dirigir la República? ¿habremos de entregar la administración a ignorantes, aspirantes, unitarios y toda clase de bichos? No vimos que la constelación de sabios no encontró más hombre para el gobierno general que a don Bernardino Rivadavia…y que éste no pudo organizar su ministerio sino sacándole el cura a la Catedral (Agüero) y haciendo venir al doctor Lingotes (del Carril) para el ministerio de Hacienda que entendía tanto de este ramo lo mismo que un ciego de nacimiento entiende de astronomía”.

Facundo había sido advertido de que lo esperaban para matarlo, pero confiaba en su coraje y su prestigio más que en una escolta. El 16 de febrero en Barranca Yaco, se asomó por la ventanilla de su carruaje confiando en que el sólo nombre del general Quiroga detendría a los asesinos: “¿Quién manda esta partida?”, exclamó, y recibió un balazo en un ojo.

Rosas, que recibió la noticia mientras escribía una carta a uno de sus capataces, cambió el tema, y hasta la letra: “El señor Dorrego fue fusilado en Navarro por los unitarios… El general Latorre lo ha sido a lanza, después de rendido y preso en la cárcel de Salta… El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso… ¡Que tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y los principios… El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones”.