EL ARTE AYUDA A SOBREVIVIR

por María Alicia Alvado

La misma vocación actoral que fue refugio para su identidad travesti cuando no se animaba a exteriorizarla y escape imaginario para sobrevivir a múltiples violencias, es la que le permite hoy a la directora teatral y activista Daniela Ruiz hacer algo concreto por la inclusión laboral de algunas de sus pares.

“El arte es mi motor. Me ayudó a fantasear que era una chica cuando aún no lo era, y cuando no podía ser aceptada como actriz, me permitió armar una cooperativa de trabajo para que podamos ser incluidas”, contó durante una entrevista con Télam.

A sus 36 años, Daniela preside la primera cooperativa de trabajo teatral conformada casi íntegramente por personas trans, anima cada fin de semana las fiestas “Eyeliner”, y tiene con Fabián, su esposo desde hace 18 años, una florería en el barrio de Once.

Su carrera actoral, comenzó “a los cinco o seis años” en su Salta natal, casi en simultáneo con una profunda revolución interna vinculada con su identidad.

“Estaba en el jardín, había que bailar el carnavalito y a mí me pusieron un ponchito de nena. Todo el mundo me confundió y yo me sentía naturalizada”, cuenta.

A los nueve años comenzó a estudiar teatro, una actividad con la que se sentía particularmente bien porque además “ahí no hay sexualidad, ni género, ni nada sino una puesta en escena donde uno puede jugar”.

Cuando estaba en el secundario, se despertó en ella también su veta activista, la misma que luego sacaría a relucir años más tarde para defender sus derechos y el de sus compañeras.

“En el colegio siempre fui la más combativa y ya a los 13 años ponía las condiciones: les dejaba claro a los profesores que yo me asumía `la mariquita`, así no había confusiones y yo me sentía segura de que no iba a ser denigrada”, contó.

Sin saber exactamente lo que era ser una persona trans, Daniela cuenta que se refugió muchos años en la identidad gay aunque “sabía adentro mío que no era lo que más quería”.

Hasta que no pudo más, blanqueó lo que le pasaba y el rechazo fue unánime: no encontró apoyo ni siquiera en su familia o en la iglesia evangélica bautista donde estudiaba teología y hacía trabajo social.

“El arte es mi motor. Me ayudó a fantasear que era una chica cuando aún no lo era, y cuando no podía ser aceptada como actriz, me permitió armar una cooperativa”

“Justo mi mejor amiga había vuelto de unas vacaciones en la costa, ya definida como trans. Y cuando yo me decidí me acuerdo que caminé dos cuadras nomás con un jean y un topcito y sentí tanta libertad que pensé ‘acá está Dios’. A la semana siguiente ya no podía vestirme de hombre”, agregó.

Para entonces ambas tenían 18 años, y después de que Daniela pasara 60 días detenida sólo por llevar ropa de mujer, decidieron escaparse a Buenos Aires, una sociedad que veían como menos represiva y en la que podrían realizar “el sueño de ser artistas”. Eran los complicados años ’90.

En la gran ciudad las cosas no fueron fáciles: los ahorros que habían traído se terminaban y había que conseguir pronto un trabajo.

“Estuve dos meses o tres buscando laburo vestida de gay pero nunca me llamaban. Hasta que llegó el momento que mi mejor amiga salió a trabajar a la zona (roja) y yo, que no quise ir con ella, terminé comiendo por primera vez de la basura de un Mc Donald’s”, contó.

“Yo no quería volverme para amoldarme a todo lo que no quería ser, así que dije ‘mañana salgo’. Me puse el único vestido que había traído de Salta y me fui caminando porque no teníamos ni para el taxi. Y desde que pisé la zona roja, empezó una nueva etapa de mi vida”, contó.

Un año pasó Daniela en situación de prostitución, durante el cual vivió de todo: reiteradas detenciones, la hostilidad de los vecinos, los abusos de la policía, la marginación y una bronca profunda que crecía en su pecho aunque tratara de pensar que eso no le pasaba a ella realmente porque estaba dentro de una novela de Andrea del Boca.

“Es horrible la sensación: vos entre dos coches, la vecina que te tiraba ácido o huevos porque molestabas, la policía que pasaba, el cliente que necesitaba que te vendas… Yo me sentía un ciervito acorralado”, contó.

Hasta que un día conoció a su actual pareja, quien no dudó en escriturarle un departamento a su nombre para demostrarle que la quería bien y no tenía que tener ningún temor en dejar la prostitución.

“Siempre está la ilusión de que va a venir uno que nos va a salvar y nunca ocurre, pero yo viví eso. La otra vez cuando veíamos ‘Pretty Woman’ con Fabio yo le decía: ‘vos no tendrás plata ni nada, pero me pasó lo mismo’”, dice, divertida.

Ahí empezó una nueva etapa para ella, la de la Daniela ama de casa y estudiante de teatro, que duró unos cinco años.

Decidida a dedicarse por fin a la actividad que siempre había soñado para ella y ante los reiterados rechazos en los castings a los que se presentaba, Daniela y otras compañeras travestis decidieron fundar en 2012 la Cooperativa Arte Trans que ya presentó dos obras con gran éxito.

Pero el teatro no es sólo una opción laboral para las 20 integrantes de la cooperativa, sino un canal para visibilizar su identidad y concientizar contra la discriminación.

“Estoy convencida de que el teatro es el mejor lugar para hacer política por nuestros derechos”, concluyó.