CUIDADO CON LOS 50

Por Vanina Escales

En 1983 Néstor Perlongher escribió en la revista Alfonsina, dirigida por María Moreno, la nota “Nena, lleváte un saquito”. No era la primera vez que escribía sobre los edictos policiales que lo habían dejado, como a muchos y muchas, a merced de la gente vestida de azul.

Hasta no hace mucho tiempo reinaban esos códigos de dudosa legalidad que regulaban las costumbres callejeras dejadas a la interpretación del agente de turno: oralidad, vestimenta, mirada o compañías.

Cronista de su época, también Angel Villoldo se ocupa de la ordenanza que el jefe de policía Ramón Falcón hace circular el 28 de diciembre de 1906: “Se recuerda al personal de policía el deber que le está atribuido por la reglamentación vigente, para velar constantemente por la moral y buenas costumbres, así como el de impedir que nadie sea molestado ni provocado con ademanes o palabras que infieran ofensas al pudor”.

La finalidad de esta ordenanza era proteger a las señoras y niñas de los que “les eyaculen palabras al oído”, como dice Oliverio Girondo.

Si a Falcón le falta un año para mostrarse con su casco de corcho blanco en la huelga de inquilinos y otro par para disparar por la espalda a los obreros en la Semana Roja, ya hacía estragos en su apego a la ley. Así nace el tango “Cuidado con los 50”, de Angel Villoldo: “Una ordenanza sobre la moral / decretó la dirección policial / y por la que el hombre se debe abstener / decir palabras dulces a una mujer. / Cuando una hermosa veamos venir / ni un piropo le podemos decir / y no habrá más que mirarla y callar / si apreciamos la libertad. / ¡Caray!… ¡No sé / por qué prohibir al hombre / que le diga un piropo a una mujer! / ¡Chitón!… ¡No hablar, / porque al que se propase / cincuenta le harán pagar!”. Villoldo aclara al final “Yo, por mi parte, cuando alguna vea, / por linda que sea, nada le diré”.

Seguramente es de la misma época el tango “La reja”, muda testigo de un amor callejero interrumpido por la luz de “un botón en recorrida”.

Villoldo es recordado por sus tangos “El choclo” o “La morocha”. Es uno de los primeros letristas y compositores de tango que tuvo, además, innumerables oficios: desde linotipista hasta cuarteador y payaso. Escribía en Caras y Caretas, P.B.T. y Fray Mocho.

Autor de tangos festivos y sin moral, descarados y risueños, cantaba y tocaba la guitarra tanto en prostíbulos finos, piringundines y hospitales. Como muchos en la época, usaba pseudónimos: Fray Pimiento, Antonio Techotra, Lope de la Verga, Ángel Arroyo, Gregorio Giménez y Mario Reguero.

Había nacido en Barracas el 16 de febrero de 1861. El filósofo Gustavo Varela marca una característica fundamental en la obra de Villoldo situada en esa Argentina anterior al Centenario: “Todavía no hay madre asexuada ni novia pura ni máscaras de dicha para putas tristes”.

Murió en la pobreza y triste. Pionero en la defensa de los derechos autorales, recibió un primer cheque de Francia cuando ya había muerto. Pero su desgracia fue otra, su gran amor, una “mujer de la vida”, no lograba recordarlo luego de una enfermedad en la que perdió la memoria.