CRISIS ECONÓMICA, DESEMPLEO Y MUJERES

En los últimos doce años las mujeres han experimentado una mayor tasa de desempleo promedio, en relación a los hombres. En el 2017, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) en primer trimestre del año, la tasa de desempleo para las mujeres es del 10,2% mientras que la de los hombres alcanza el 8,46%. Vale tener en cuenta que en el II semestre del año 2016 la tasa de desempleo de nuestro país presentó una variación interanual de 2,7%, alcanzando un 9,3% promedio, esta situación se explica mayormente por el crecimiento en la tasa de desocupación de las mujeres.
Las medidas de ajuste económico, el aumento del costo de vida, el incremento de tarifas y el crecimiento del desempleo, afectan directamente a las mujeres. Siendo este sector el más perjudicado, debido al rol que la mujer ocupa en la sociedad: acceso a trabajo más precario, menos salario, señala el informe “La pobreza tiene género”, elaborado por el Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas.
En la mayoría de los análisis económicos, el tema más invisibilizado es la situación de la mujer en los tiempos de crisis, cuando el desempleo y la pobreza crecen. En general los estudios dan cuenta de datos macroeconómicos válidos, pero sin la discriminación por sexo. Por lo tanto, resulta importante considerar las desigualdades en términos de empleo e ingreso que sufren las mujeres respecto a los hombres, para así, poder promover políticas públicas que tengan presente esta diferenciación.
La feminización de la pobreza es un término que se viene difundiendo desde el análisis de la economía feminista en la década de los ‘70s, dando cuenta de una problemática existente que expresa la peor situación relativa en la que nos encontramos las mujeres. Según el Centro Internacional de la Pobreza, “es un cambio en los niveles de pobreza que muestra una tendencia en contra de las mujeres o los hogares a cargo de mujeres. Más precisamente, es un incremento en la diferencia en los niveles de pobreza entre mujeres y hombres, o entre los hogares a cargo de mujeres por un lado y aquellos a cargo de hombres o parejas por el otro”.
Un caso testigo de esta situación, han sido los despidos y el cierre de la planta PEPSICO, donde la mayoría eran trabajadoras mujeres y jefas de hogar. Esta situación parece no ser casual, las mujeres obtienen menos ingresos que los hombres, y acceden a trabajos vinculados con “lo femenino” en sectores que concentran menores salarios relativos, mayor grado de precarización laboral, que en Argentina vienen siendo golpeados por la globalización y la apertura comercial como textiles, comercio, etc.
La mayor participación de la mujer en el mercado laboral ha crecido con cierta carga sobre la población femenina que ha de soportar mayor precarización, menos derechos y escaso acceso a la seguridad social. El hecho de que a las horas dedicadas al trabajo asalariado se sume el tiempo dedicado al trabajo doméstico no remunerado, implica una doble explotación que empeora la situación de las mujeres. En un concepto multidimensional de la pobreza significa agudizar los niveles de pobreza. Pobreza de recursos, ingresos y tiempo.
Las mujeres que realizan trabajo remunerado alrededor de 40 horas semanales, dedican además al trabajo doméstico no remunerado 5,2 horas promedio mientras que los hombres le dedican 3,3. Y si trabajan 46 horas o más a la semana, en el hogar lo hacen 4,9 mientras que los hombres realizan 3,4. Estos datos demuestran la desigual distribución de tiempo de trabajo y por ende de ingresos entre mujeres y hombres, siendo las mujeres altamente perjudicadas.
Con lo cual no solo las mujeres trabajan más horas y tienen un mayor porcentaje de trabajo no remunerado sino que por el trabajo remunerado percibimos en promedio 24% menos que los hombres. Esta situación se encuentra promovida por construcciones culturales. La división sexual del trabajo asigna a las mujeres tareas que en el mercado están peor pagas, un trabajo de baja calificación como el doméstico o el de cuidado tiene una remuneración mucho más baja que un trabajo como el de chófer o cadete.
El ingreso de las mujeres siempre es menor si tenemos en cuenta las del hogar y de cuidado de los hijos. El mundo laboral de por sí discrimina a la mujer, ya sea por la condición para ser madres u otros prejuicios. El segmento de mujeres jóvenes que son madres solteras, es uno de los más afectados por la falta de empleo. Muchas jefas de hogar están solas en el cuidado de sus hijos y esto hace que sea muy dificultoso aceptar trabajos con jornadas completas. Esta situación es agravada por dos cuestiones, una el nivel de estudios alcanzados que suelen ser de muy baja calificación, y la otra es que sus capacidades son reducidas al estar imposibilitada de trasladarse, condicionada con carga del de cuidado de niños, ancianos y las tareas domésticas que recaen sobre ellas.
Si observamos el salario promedio de la ocupación principal por género para todos los niveles, las mujeres presentan ingresos relativamente menores al de los varones, representan aproximadamente el 70% de los salarios promedio que perciben los varones:

La precarización laboral que sufren las mujeres se puede observar en los datos de seguro de desempleo por sexo, donde la mayor cantidad de beneficiarios son varones (66%) respecto a las mujeres (32%). Esta situación es el resultado del principal requisito para acceder al seguro de desempleo: presentar un telegrama de despido, que sólo pueden presentar quienes hayan trabajado en blanco.
En los últimos dos años las políticas públicas, que ayudaban a corregir la desigualdad, han sido desarticuladas en diferentes aspectos. El recorte del programa PRO.GRE.SAR con una presencia femenina que alcanzó 61,9%, destinado a jóvenes de entre 18 y 24 años, es uno de los ejemplos. Otra de las políticas públicas desmanteladas fue la quita de la moratoria previsional. En el 2014 las personas que accedieron a este beneficio fueron en un 85% mujeres, algo que no sorprende por las características de la actividad y los tipos de trabajo donde se insertan, ya que son más precarizadas o realizan trabajos fuera del mercado formal y no remunerados. Esto fomenta la feminización de la pobreza intergeneracional, las mujeres que hoy tienen trabajo precario, o no pueden trabajar porque se dedican al cuidado, no percibirán una jubilación en el futuro.
Por otra parte, la insuficiencia de salas para la primera infancia en los lugares de trabajo o provistas por el estado, la inexistencia de hogares de ancianos gratuitos y la falta de políticas que ayuden a atender a personas con discapacidad resulta en la inexistencia de una red de cuidados gratuita. Cuando estos costos se encarecen somos las mujeres la que dejamos el mercado laboral para ocuparnos de estas tareas y se alimentan las dificultades que atravesamos a la hora de reinsertarnos al mercado laboral.
Asimismo, el hecho de entrar y salir del mercado de trabajo hace que las mujeres no puedan consolidar una carrera y siempre que se tome la iniciativa para retomar se dificulta que sea en un puesto similar. Esto pasa incluso cuando sale por un corto lapso como las licencia por maternidad. A esto se suma la insuficiente licencia por paternidad, que condena a las mujeres a quedarse cargo del cuidado los hijos, resignando mejoras en el mercado laboral. También son escasas e insuficientes las políticas destinadas para el momento de reinserción laboral posterior a las licencias: guarderías, lactarios y horarios flexibles para la lactancia.